ecos del silencio entre nosotros

KILOMETROS DE SILENCIO

El motor del viejo sedán de Valentina roncaba con un esfuerzo asmático mientras subían por las serpenteantes carreteras de la Sierra Norte. El Valle de los Ecos se quedaba atrás, oculto bajo una sábana de neblina gris, pero la tensión dentro del vehículo era más densa que cualquier fenómeno meteorológico.
Julián iba en el asiento del copiloto, con el brazo vendado descansando sobre la guantera. Se había quitado la chaqueta de diseño y ahora vestía una camiseta negra que Valentina nunca le había visto; le daba un aire menos de abogado y más de hombre real, alguien que podía ensuciarse las manos.
— Tu coche suena como si estuviera pidiendo clemencia, Soler —comentó él, rompiendo un silencio que había durado casi cuarenta kilómetros.
— Se llama "personalidad", Torres. Algo que no entenderías con tus coches alemanes que se conducen solos —replicó ella, apretando el volante. El cuero desgastado le recordaba las veces que la tía Beatriz la llevaba a comprar helados en ese mismo asiento—. Además, este "trasto" es lo único que nos separa de caminar bajo la lluvia.
Julián soltó una risa nasal y miró por la ventana. El paisaje cambiaba: los edificios de adobe daban paso a pinos altos y barrancos profundos que quitaban el aliento.
— ¿Por qué nunca me respondiste aquel correo en tercer semestre? —soltó él de repente.
Valentina casi pierde el control del volante. El coche dio un pequeño bandazo antes de que ella recuperara la trayectoria. El corazón le latía con fuerza.
— ¿De qué correo hablas? Solo recibía tus burlas en el foro de la facultad.
— El correo después del examen de Civil —insistió él, girándose para verla. Su mirada era intensa, despojada de cualquier máscara—. Te escribí para decirte que tu argumento sobre la propiedad intelectual era brillante. Que merecías esa décima más que yo. Pero nunca contestaste. Al día siguiente me bloqueaste de todas partes.
Valentina sintió un vacío en el estómago.
— Julián... yo nunca recibí ese correo. Mi bandeja de entrada estaba llena de mensajes de "anónimos" de la facultad burlándose de que la "niña perfecta" finalmente había quedado en segundo lugar. Pensé que tú estabas detrás de eso.
Julián cerró los ojos y se frotó la sien.
— Maldita sea. Mi padre... él controlaba mi servidor de correo en esa época. Me dijo que habías respondido de forma insultante. Supongo que borró lo que yo envié y creó una guerra de la nada.
El silencio que siguió fue diferente. Ya no era un silencio de odio, sino de lamento por el tiempo robado. Valentina sintió que una presión en su pecho, que había cargado por años, finalmente se liberaba. No era que él no la valorara; era que alguien se había encargado de que no pudieran escucharse.
— Siete años, Julián —susurró ella, mientras el coche entraba en un túnel oscuro—. Siete años pensando que me odiabas tanto como para humillarme frente a todos.
— Nunca podría odiarte, Valentina. Eras la única persona que me hacía sentir que tenía que ser mejor. No por el dinero, ni por mi apellido, sino por ti.
El coche salió del túnel y la luz del mediodía los golpeó de frente. En ese momento, un ruido metálico y violento provino del motor, seguido de una nube de vapor blanco que empezó a salir por el capó.
— ¡Maldita sea! —Valentina orilló el coche como pudo en un estrecho acotamiento frente a un precipicio—. ¡Ahora no!
— Tranquila —Julián ya estaba abriendo la puerta, olvidando su herida—. Quédate dentro.
Él bajó y abrió el capó. El vapor lo envolvió como un fantasma. Valentina bajó tras él, sintiendo el aire frío de la sierra calarle los huesos. Estaban en medio de la nada, rodeados de bosque y con la tarde empezando a caer.
— Es el radiador —dijo Julián, con la cara manchada de hollín—. Se ha roto una manguera. No vamos a llegar a la sierra hoy, Val.
Miraron a su alrededor. A lo lejos, una pequeña cabaña de madera con un letrero de "Posada" apenas visible entre los pinos parecía ser su única opción.
— Solo hay una cama, ¿verdad? —preguntó Valentina, intentando bromear para no llorar de la frustración.
Julián la miró, y por la chispa en sus ojos, ella supo que la tensión que habían acumulado en el despacho, en la librería y en el coche, estaba a punto de estallar.
— En estas posadas de montaña, agradeceremos si al menos hay una manta, Soler.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.