ecos del silencio entre nosotros

LA LEY DEL DESVELO

El reloj de pared de la oficina de la tía Beatriz marcaba las once de la noche. El tic-tac rítmico se mezclaba con el repiqueteo de la lluvia que había vuelto a desatarse sobre las tejas del Valle de los Ecos, como si el cielo se negara a darles una tregua. La única iluminación en la habitación provenía de una lámpara de escritorio de luz cálida y de la pantalla parpadeante de una computadora portátil vieja que Valentina había logrado encender.
Julián estaba sentado frente al escritorio de roble, con las mangas de la camiseta negra enrolladas hasta los codos y el vendaje del brazo izquierdo un poco más flojo para permitirle escribir. Valentina, a su lado, revisaba por tercera vez las copias del Código de Procedimientos Civiles y el diario de Beatriz, buscando la redacción exacta para la suspensión de plano.
— Si el juez de guardia abre el expediente a las seis de la mañana, lo primero que buscará será un defecto de forma para desecharlo —dijo Julián, tecleando con una velocidad implacable—. Necesitamos que el concepto de violación sobre el daño irreparable al patrimonio histórico sea tan contundente que, si lo niega, incurra en una responsabilidad administrativa grave.
Valentina se inclinó sobre el escritorio, apoyando una mano cerca de la de él. La cercanía física, después de la noche en la posada de la montaña, ya no se sentía como una invasión a su espacio, sino como una descarga de energía silenciosa. El aroma a pino y humo que aún persistía en la ropa de ambos parecía sellar el ambiente.
— Añade esto en el segundo agravio —sugirió Valentina, señalando la pantalla con el dedo—. «La demolición del inmueble no solo extingue un derecho de propiedad en litigio, sino que destruye de manera irreversible el acervo cultural protegido por los artículos institucionales del municipio». Si metemos la jurisprudencia del Tercer Tribunal Colegiado sobre derechos culturales, no tendrá salida.
Julián se detuvo un momento y la miró de reojo. Una sonrisa sutil, carente de la arrogancia de sus años universitarios, apareció en sus labios.
— Eres implacable cuando te lo propones, Soler. A veces olvido que casi me dejas sin la mención honorífica en la tesis de grado.
— Te dejé en segundo lugar en el debate de constitucional, Torres. No lo olvides —replicó ella, sosteniéndole la mirada con un brillo desafiante.
— Eso es discutible. El juez de ese debate era socio de tu despacho de prácticas.
— Excusas de mal perdedor.
Julián soltó una carcajada baja, pero la diversión se desvaneció rápidamente cuando el sonido de un mensaje de texto vibró en el teléfono de Valentina sobre la mesa. Ella lo tomó de inmediato. Era un número desconocido, pero el contenido del texto hizo que la poca calidez de la habitación se congelara

"La maquinaria de demolición sale del almacén de Cumbres del Valle a las cinco de la mañana. No pierdan el tiempo con papeles."

Valentina sintió que el estómago se le caía al suelo. Le mostró la pantalla a Julián, cuyo rostro se tornó de piedra en un instante. Miró el reloj: eran las once y media.
— Mi padre no va a esperar a que el juzgado abra —dijo Julián, levantándose bruscamente de la silla—. Va a tumbar la parte trasera de la librería antes de que el secretario de acuerdos pueda sellar nuestro recibo. Estrada le avisó que Mariana Lorca firmó con nosotros.
— Faltan menos de seis horas —Valentina sintió que el pánico intentaba colarse en su voz, pero la recordó a la tía Beatriz y la carta de su abuelo. No iba a permitir que la historia se repitiera—. Tenemos que terminar de redactar esto ahora mismo. Si no conseguimos la firma del juez de guardia antes de las cinco, nos pararemos frente a las máquinas nosotros mismos.
Julián caminó hacia ella y le tomó los hombros con firmeza, obligándola a mirarlo directamente a los ojos. La intensidad de su mirada era magnética, despojada de cualquier duda.
— No nos vamos a parar frente a ninguna máquina, Valentina. Vamos a ganarles en su propio juego. Tú termina de armar el archivo digital con los anexos del contrato de 1920. Yo voy a ir directamente a la casa del secretario del juzgado de guardia. Sé dónde vive; iba a la escuela con mi hermano mayor. Lo obligaré a recibir el documento en su sala si es necesario.
— Julián, eso es arriesgado. Si tu padre se entera, usará el tráfico de influencias en tu contra.
— Mi padre ya me quitó todo lo que podía quitarme, Val —susurró él, acercándose lo suficiente para que ella sintiera el calor de su respiración—. Lo único que me queda por defender es lo que está en esta habitación. Y a ti.
Antes de que ella pudiera responder, él se inclinó y le dio un beso rápido, un roce firme en los labios que sabía a café amargo y a promesa de batalla. Luego, tomó su chaqueta de la silla y salió de la oficina, dejando a Valentina sola con el sonido de la lluvia y el teclado, lista para escribir las páginas legales más importantes de su vida.




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