Ecos Perdidos

Capítulo 1: El Manuscrito que No Debía Existir

La primera anomalía no fue el hallazgo. Fue el silencio. Un silencio denso, antinatural, como si el aire hubiese sido reemplazado por algo que no debía existir. El doctor Adrián Velar lo sintió en el instante en que su pie tocó el último escalón de piedra. No era el frío del subsuelo lo que lo inquietaba. Era la certeza de haber descendido a un lugar que no estaba destinado a ser encontrado.

El Archivo Subterráneo de Valdoria no figuraba en ningún registro. No existía en planos, ni en documentos, ni en memoria institucional. Y, sin embargo, estaba allí. Esperándolo. Como si siempre hubiese estado destinado a llegar.

La voz del mensaje seguía intacta en su mente. “No todos los documentos están hechos para ser encontrados, doctor Velar.” No había amenaza en esas palabras. Había algo peor. Verdad.

La sala se abrió ante él con una amplitud inquietante. Columnas erosionadas sostenían un techo bajo, cubierto por grietas que parecían más antiguas que el tiempo mismo. La luz era tenue, insuficiente, como si el lugar se resistiera a ser iluminado. Y en el centro, inmóvil, estaba Elena Virek.

No se movió al verlo. No se sorprendió. Solo habló.

—Llegó.

Adrián avanzó unos pasos, midiendo cada respiración.

—No suelo ignorar lo imposible.

Elena inclinó levemente la cabeza.

—Entonces sabrá que esto no es un hallazgo.

Se acercó a la mesa cubierta por una tela oscura.

—Es una consecuencia.

Retiró la tela.

El mundo pareció detenerse.

El libro estaba allí.

No reposaba sobre la piedra. Dominaba el espacio. Su cubierta tenía una textura imposible, como si no hubiese sido creada, sino… formada. No reflejaba la luz. La devoraba. Adrián sintió una presión en el pecho, una opresión que no provenía del miedo, sino de algo más profundo. Reconocimiento.

—Esto no puede existir —murmuró.

—Y sin embargo, lo hace —respondió Elena.

Adrián extendió la mano. Dudó. Algo dentro de él le pedía que se detuviera. Que retrocediera. Que olvidara todo. Pero otra fuerza, más fuerte, más antigua, lo empujó hacia adelante.

Lo tocó.

La tibieza lo atravesó.

No era calor. Era presencia.

Retiró la mano bruscamente.

—Está… vivo.

Elena no negó.

—Está despierto.

Adrián abrió el libro.

Las páginas no contenían palabras. No en el sentido conocido. Eran formas que parecían moverse cuando no las miraba directamente. Símbolos que no se dejaban fijar. Lenguaje que se negaba a ser comprendido.

—No puedo leer esto.

—Nadie puede —dijo Elena—. Hasta que puede.

Un sonido seco resonó en la distancia. Adrián levantó la mirada.

—¿Hay alguien más aquí?

Elena tardó en responder.

—Siempre lo hay.

El aire se volvió más pesado. Adrián sintió un leve pulso en la palma de su mano. Miró el libro. No se movía. Pero algo en él latía.

—¿Lo sientes? —preguntó Elena.

Adrián asintió lentamente.

—Sí…

—Entonces ya empezó.

—¿Qué empezó?

Elena lo miró fijamente.

—La parte que no tiene regreso.

Las luces titilaron. Una vez. Dos veces. Luego se apagaron.

La oscuridad fue absoluta.

Y en esa oscuridad, Adrián escuchó algo.

No un sonido.

Una voz.

No provenía del exterior.

Venía de dentro.

“Nos encontraste.”

Adrián retrocedió violentamente, soltando el libro. Las luces regresaron de golpe. Todo estaba en su lugar. El libro cerrado. La sala intacta. Como si nada hubiera ocurrido.

—¿Qué escuchaste? —preguntó Elena.

Adrián respiró con dificultad.

—Nada.

Elena sostuvo su mirada.

—Siempre dicen eso la primera vez.

Un golpe retumbó en la puerta.

Ambos se quedaron inmóviles.

Otro golpe. Más fuerte.

Y entonces un tercero.

La puerta se estremeció. El polvo cayó de las paredes.

—¿Quién es? —susurró Adrián.

Elena no respondió.

Solo dijo:

—Nos encontraron.

La puerta se abrió de golpe.

Pero no había nadie.

Solo oscuridad.

Y desde esa oscuridad…

algo respiraba.

El libro comenzó a abrirse solo.

Las páginas pasaron lentamente, una tras otra, hasta detenerse en una.

Adrián se acercó. No quería hacerlo. Pero no pudo evitarlo.

Las formas dejaron de moverse.

Y se volvieron legibles.

Adrián sintió cómo la sangre se le helaba.

Porque lo que estaba escrito…

no era un idioma antiguo.

No era un código.

Era su nombre.

Y debajo…

una fecha.

La de su muerte.




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