La figura no bajó con prisa. Apoyó primero una bota sobre el primer peldaño de la escalera, luego la otra, como si midiera el espacio, como si cada centímetro de descenso requiriera una negociación con la oscuridad. La luz que venía de arriba delineó su silueta: abrigo largo, máscara de cuero envejecido, manos cubiertas. Pero había algo distinto en él. No era solo uno más de los que habían irrumpido en la sala. Había una gravedad en su presencia, una densidad que comprimía el aire alrededor. Adrián lo sintió antes de poder nombrarlo. El libro también. La luz que emanaba de sus páginas se contrajo, como si reconociera a quien descendía.
Elena dio un paso atrás, casi imperceptible, pero Adrián lo vio. Y en ese gesto entendió algo que ella no había dicho en voz alta: no todos los Vigilantes eran iguales.
—No deberían haber llegado tan lejos —dijo la figura, su voz resonando con una claridad que no parecía provenir solo de su garganta.
Adrián se incorporó lentamente, aún con el pulso desbordado por la visión que acababa de atravesarlo. La imagen de la mano empujando, su propia mano, seguía latiendo detrás de sus ojos. No quería mirarlo. Pero no podía apartar la vista.
—¿Quién eres? —preguntó, con la voz más firme de lo que esperaba.
El hombre terminó de bajar. La trampilla quedó abierta detrás de él, un rectángulo de luz que no iluminaba, sino que recortaba.
—Alguien que llegó tarde la primera vez —respondió—. Y no piensa hacerlo de nuevo.
Elena se interpuso entre él y el libro.
—No vas a tocarlo.
El hombre inclinó levemente la cabeza.
—No necesito hacerlo.
La linterna de Elena parpadeó, como si la presencia del intruso alterara incluso lo más básico. Adrián sintió una presión en los oídos, un zumbido que se instalaba lentamente, como una frecuencia demasiado baja para ser oída y demasiado intensa para ser ignorada.
—Te dije que no bajaras —continuó Elena—. Sabes lo que hay debajo.
—Lo sé mejor que tú —respondió él—. Yo estuve cuando lo sellaron.
Adrián frunció el ceño.
—¿Sellaron qué?
El hombre giró hacia él por primera vez. Sus ojos, visibles detrás de la máscara, no eran grises como los del anterior. Eran oscuros. Demasiado oscuros. Como si la pupila hubiese devorado todo lo demás.
—A ti —dijo.
El aire se congeló.
Adrián soltó una risa breve, cargada de incredulidad.
—No tengo tiempo para esto.
—No lo tienes —replicó el hombre—. Y esa es precisamente la razón por la que estamos aquí.
Elena tensó la mandíbula.
—No empieces.
—Ya empezó —dijo él, señalando el libro—. Lo sabes.
Adrián miró las páginas. La frase seguía allí. TÚ NO LO EMPUJASTE… PERO SABES QUIÉN LO HIZO. Las letras parecían más profundas ahora, como si hubiesen sido grabadas con una intención creciente.
—Explícame esto —dijo Adrián, señalando la página—. Ahora.
El hombre no se movió.
—Lo que viste no es un recuerdo lineal. Es un fragmento de una secuencia que se repite.
—¿Repite qué?
—La caída.
Adrián sintió un golpe seco en el pecho.
—El niño…
—No era solo un niño —interrumpió el hombre—. Era el punto de inicio.
Elena cerró los ojos un segundo.
—No lo hagas —murmuró—. No aquí.
—¿Dónde entonces? —respondió él—. ¿Arriba, cuando ya no haya tiempo?
Adrián los observó, sintiendo cómo la conversación lo rodeaba sin permitirle entrar completamente.
—Dejen de hablar como si yo no estuviera aquí —dijo—. Quiero entender.
El hombre lo miró fijamente.
—Entender no es el problema. Recordar es el problema.
—Ya dijiste eso.
—Y lo volveré a decir hasta que deje de ser cierto.
El libro vibró.
Esta vez con violencia.
Las páginas comenzaron a pasar solas, más rápido que antes. El resplandor aumentó, proyectando sombras que no correspondían con las formas de la cámara. Adrián sintió que algo lo tiraba hacia adelante, como si la gravedad se hubiese desplazado hacia el libro.
—Aléjate —ordenó Elena.
Pero ya era tarde.
Las páginas se detuvieron de golpe.
Una nueva imagen emergió.
No era la plaza.
Era la cámara en la que estaban.
Pero distinta.
Más antigua.
Las paredes no estaban erosionadas. Las inscripciones eran nítidas. La mesa era diferente. Y en el centro… el libro.
Cerrado.
Sellado con cadenas negras.
Adrián se acercó, incapaz de resistir.
En la imagen, tres figuras rodeaban la mesa.
Una era el hombre frente a él. Más joven. Sin máscara.
La segunda… era Elena.
Y la tercera…
Adrián dejó de respirar.
Era él.
Pero no como ahora.
Su rostro era el mismo, pero su expresión… no. Había algo en su mirada. Algo que no reconocía. Algo que no quería reconocer.
—No… —susurró.
Elena abrió los ojos, clavándolos en la imagen.
—Esto no debería estar mostrándose —dijo, con una tensión que rozaba el pánico.
El hombre no apartó la vista.
—Lo advertí.
En la imagen, su versión pasada extendía la mano hacia el libro.
Elena intentaba detenerlo.
El hombre también.
Pero no lo lograban.
La mano tocaba la cubierta.
Y entonces…
las cadenas se rompían.
Un sonido agudo atravesó la cámara real.
El libro en la mesa vibró con violencia.
Adrián cayó hacia atrás, como si hubiese sido empujado.
—¡Detén esto! —gritó.
—No puedo —respondió Elena—. Ya lo estás viendo.
—¡Entonces haz algo!
El hombre dio un paso hacia el libro.
—Si continúa, lo recordará todo.
—¡Y eso es exactamente lo que debemos evitar! —replicó Elena.
—No hay nada que evitar —dijo él—. Solo retrasar.
Elena lo miró con furia.
—¡Retrasar es lo único que tenemos!
El libro emitió un sonido.
No era un crujido.
Era una voz.
Múltiple.
Superpuesta.
“Ya no.”
Las páginas comenzaron a arder.