Ecos Perdidos

Capítulo 5: La Campana Bajo la Piedra

La campana no sonó como un objeto golpeado. No hubo eco inicial ni vibración metálica que anunciara su origen. Fue un pulso. Grave. Profundo. Como si la tierra misma hubiese exhalado un sonido que llevaba siglos contenido. Adrián lo sintió antes de oírlo. Un golpe seco en el pecho. Luego otro. Y otro. Cada resonancia parecía ajustar algo dentro de su cuerpo, como si estuviera siendo afinado por una frecuencia que no reconocía pero que, de alguna forma, le resultaba familiar.

Elena cerró los ojos al primer pulso. Su rostro se tensó, no por sorpresa, sino por confirmación.

—No… —murmuró—. No tan pronto.

El hombre enmascarado no se movió. Pero su postura cambió. Su cabeza se inclinó apenas, como si escuchara más allá de lo audible.

—Ya la oyes —dijo—. Eso significa que las galerías están abiertas.

Adrián miró hacia el suelo, como si pudiera ver a través de la piedra.

—¿De dónde viene?

—De donde siempre vino —respondió el hombre—. De debajo de lo que crees que es el fondo.

Otro pulso. Más fuerte. La mesa vibró. El tablero de corcho dejó caer una fotografía que se deslizó hasta los pies de Adrián. Era la misma imagen del niño bajo la lluvia. Pero algo había cambiado. El niño ya no estaba de espaldas.

Lo miraba.

Adrián sintió que el aire se le volvía espeso.

—Esto… no estaba así.

Elena abrió los ojos. Se agachó, tomó la fotografía y la observó apenas un segundo antes de apartarla como si quemara.

—Está respondiendo a la campana.

—¿El libro?

—No solo el libro. Todo lo que ya tocó. Todo lo que ya vio.

El tercer pulso llegó con un temblor más evidente. Un crujido recorrió la cámara. El polvo cayó del techo. La trampilla vibró sobre sus bisagras, como si algo arriba hubiese decidido moverse también.

—Tenemos que bajar —dijo el hombre.

Elena lo miró con incredulidad.

—¿Estás loco? Eso es exactamente lo que quieren.

—No —respondió él—. Es lo que ya empezó. Si no descendemos ahora, la siguiente apertura no será controlable.

Adrián alternó la mirada entre ambos.

—Dejen de hablar como si hubiera reglas claras. No entiendo nada.

El hombre lo observó.

—Eso cambiará en cuanto pongas un pie más abajo.

—No es una razón suficiente.

—No necesitas razones —intervino Elena—. Necesitas tiempo.

—No hay tiempo —replicó el hombre—. La campana marca el ritmo.

Otro pulso. Más cercano. Más invasivo. Adrián llevó una mano a la sien. La vibración no era solo externa. Se estaba instalando en su cabeza. Cada golpe arrastraba fragmentos. Imágenes. Sensaciones. No completas. No lineales. Pero insistentes.

La plaza.

La torre.

El niño.

Y algo más.

Una puerta.

Una puerta bajo la torre.

—La puerta… —murmuró sin darse cuenta.

Elena lo miró de inmediato.

—¿Qué puerta?

Adrián parpadeó, desorientado.

—No sé… está debajo… siempre está debajo…

El hombre dio un paso más cerca.

—La entrada a la cámara inferior.

—¿Cámara inferior? —repitió Adrián.

—Donde se selló la primera vez.

Elena negó con la cabeza.

—No vamos a llevarlo ahí. No ahora.

—No tienes elección —dijo el hombre—. Él ya la está viendo.

Adrián sintió un vértigo repentino. La cámara pareció inclinarse. Las paredes se desplazaron apenas, como si la geometría del lugar ya no fuese fija.

—Esto no está pasando —susurró.

—Está pasando —dijo Elena, acercándose a él—. Y necesito que te mantengas conmigo.

—¿Contigo? —replicó él, con una risa nerviosa—. Tu padre dejó escrito que no confiara en ti.

El golpe de esas palabras fue inmediato. Elena se quedó inmóvil. No herida. No sorprendida. Confirmada.

—Lo sé —dijo en voz baja.

—¿Y aun así quieres que confíe?

—No —respondió ella—. Quiero que sobrevivas.

El hombre observó el intercambio sin intervenir. Luego habló, con una calma que no suavizaba nada.

—La frase completa no está en ese diario.

Adrián lo miró.

—¿Qué quieres decir?

—Que Halvek no terminó esa línea.

Elena cerró los ojos.

—No lo digas.

—“Si el niño regresa, no confíe nunca en mi hija…” —continuó el hombre— “…hasta que ella recuerde por qué lo traicionó.”

El silencio fue absoluto.

Adrián sintió que algo se rompía en la forma en que miraba a Elena.

—¿Qué significa eso?

Elena no respondió.

—Elena —insistió—.

Ella lo miró. Y en su mirada había algo nuevo. No solo culpa. No solo miedo. Había memoria intentando emerger.

—Significa que ya estuve ahí —dijo finalmente—. Contigo.

Otro pulso.

Más fuerte.

El suelo se abrió.

No en toda la cámara. Solo en el centro. Una grieta perfecta, circular, como si alguien hubiese trazado un límite invisible durante siglos y ahora decidiera revelarlo. La piedra se deslizó hacia los lados con un sonido grave, dejando al descubierto una abertura oscura.

Y desde esa abertura…

el sonido de la campana se volvió ensordecedor.

Adrián retrocedió.

—No… no voy a bajar ahí.

El hombre avanzó hasta el borde. Miró hacia abajo sin vacilar.

—No es un descenso. Es un retorno.

Elena tomó el libro, aún dentro de la funda, y lo sostuvo con ambas manos.

—Si bajamos, no hay forma de controlar lo que va a mostrar.

—Ya no lo estás controlando —respondió el hombre—. Solo estás retrasando el momento en que deje de fingir que lo haces.

Adrián miró la abertura. La oscuridad no era uniforme. Se movía. Como si algo respirara ahí abajo.

—¿Qué hay ahí? —preguntó.

El hombre lo miró.

—La versión de ti que no salió.

Adrián sintió un escalofrío que le recorrió la columna.

—Eso no tiene sentido.

—Lo tendrá —dijo Elena—. Cuando lo veas.

Otro pulso.

La campana ya no marcaba intervalos regulares. Se aceleraba.

El libro vibró con violencia en manos de Elena.




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