Ecos Perdidos

Capítulo 6: El Que No Salió

Los ojos no reflejaban la luz. La absorbían. No eran negros como ausencia de color, sino como profundidad. Como si detrás de ellos hubiese un espacio al que no se podía mirar sin caer. Adrián no se movió. No podía. La figura terminó de emerger de la grieta con una lentitud insoportable, apoyando ambas manos en el borde de piedra como quien recuerda un gesto aprendido hace mucho tiempo. Cuando su rostro quedó completamente expuesto, no hubo duda. Era él. No una semejanza. No una coincidencia. Era la misma estructura, los mismos rasgos, la misma cicatriz tenue junto a la ceja izquierda. Pero la expresión… la expresión no era la suya.

—No… —susurró Adrián—. Eso no es posible.

El otro Adrián inclinó la cabeza apenas, como si escuchara esa negación y la encontrara irrelevante. Sus labios se movieron, pero el sonido no salió de su boca. Llegó desde la grieta. Desde abajo. Desde donde la campana seguía latiendo.

—Tardaste.

Elena apretó el libro contra su pecho. La funda ya no contenía la luz; la atravesaba.

—No lo mires fijo —dijo en voz baja—. No dejes que te ancle.

—¿Anclarme a qué? —preguntó Adrián sin apartar la vista.

—A su versión.

El hombre enmascarado avanzó hasta quedar a la altura del borde. No mostró sorpresa. Solo una atención concentrada, casi reverente.

—El que no salió —dijo—.

El otro Adrián giró la cabeza hacia él. Sus ojos negros parecieron dilatarse un instante, como si evaluaran algo más allá de la carne.

—El que se quedó —corrigió, ahora sí con voz. Una voz que no vibraba en el aire sino en la estructura de la cámara.

Un pulso de la campana atravesó el suelo. Más cercano. Más invasivo. La grieta se ensanchó unos centímetros, como si respondiera a la presencia de la figura.

Adrián dio un paso atrás. Su talón rozó la pared. No había más espacio.

—Esto es una ilusión —dijo, intentando sostenerse en algo que ya no estaba—. Una proyección del libro.

Elena negó.

—Ojalá lo fuera.

El otro Adrián dio un paso fuera de la grieta. Sus pies tocaron la piedra de la cámara con un sonido seco. La temperatura descendió de inmediato. El aire se volvió más pesado, más lento.

—No me recuerdas completo —dijo, mirándolo—. Eso siempre pasa al principio.

—¿Qué eres? —preguntó Adrián.

La figura sonrió apenas. Una curvatura mínima, sin alegría.

—Lo que queda cuando decides no salir.

El hombre enmascarado intervino.

—No le respondas así. No está en ese punto.

El otro Adrián lo miró de reojo.

—Nunca están en el punto cuando llego. Ese es el problema.

Elena dio un paso adelante, interponiéndose.

—No vas a tocarlo.

—No necesito tocarlo —replicó la figura—. Ya lo toqué.

Elena apretó los dientes.

—Eso no fue esta vez.

—Para mí sí lo es —dijo él.

El libro vibró con violencia. La funda terminó de desgarrarse. La cubierta quedó expuesta. Las letras que habían aparecido antes se hundieron y nuevas líneas comenzaron a formarse, trazadas desde dentro como si algo las empujara hacia la superficie.

NO HAY DOS.

Adrián leyó en voz alta, sin poder evitarlo.

—No hay dos…

La frase continuó.

HAY UNO QUE NO SALIÓ… Y UNO QUE OLVIDÓ.

El silencio se volvió denso.

—¿Qué significa eso? —preguntó Adrián.

El otro Adrián dio otro paso hacia él.

—Que no somos dos.

—Eso es absurdo.

—Es cómodo —corrigió la figura—. Pero no es cierto.

El hombre enmascarado habló, sin apartar la vista del duplicado.

—No te acerques más. Sabes lo que ocurre si se superponen.

El otro Adrián detuvo su avance.

—Lo sé mejor que tú.

—Entonces no lo fuerces.

—No lo estoy forzando —respondió—. Lo estoy esperando.

La campana sonó de nuevo. Esta vez no como un pulso aislado, sino como una secuencia. Tres golpes rápidos. Una pausa. Dos más. El patrón se repitió.

Adrián sintió que algo en su pecho respondía a ese ritmo. Su respiración se sincronizó sin que pudiera evitarlo. Inhalar. Golpe. Exhalar. Golpe.

—No… —murmuró—. No…

Elena se acercó y le tomó la cara con ambas manos.

—Mírame —dijo—. No lo sigas. No entres en ese ritmo.

Adrián intentó enfocarse en sus ojos. Pero detrás de ella, la figura seguía allí. Presente. Innegable.

—Tú ya lo hiciste —dijo el otro Adrián—. Y por eso me conoces.

Elena se tensó.

—Cállate.

—¿No le dijiste? —continuó él—. ¿No le contaste cómo fue la primera vez que bajaste?

Adrián giró la cabeza hacia ella.

—¿Bajaste… conmigo?

Elena no respondió de inmediato.

—Elena.

Ella cerró los ojos un segundo.

—No era contigo —dijo—. No exactamente.

—¿Qué significa eso?

—Que no eras este tú.

El otro Adrián sonrió de nuevo.

—Siempre intenta suavizarlo.

El hombre enmascarado dio un paso adelante.

—Basta.

La figura lo miró con una calma que rozaba el desprecio.

—No puedes detener esto. No aquí.

—No intento detenerlo —dijo el hombre—. Intento mantenerlo en secuencia.

—La secuencia ya se rompió —respondió la figura—. Él me vio antes de la torre.

Elena soltó a Adrián.

—¿Qué?

—La plaza —dijo el otro Adrián—. La caída. El empujón. Todo antes de la torre.

Elena giró hacia Adrián, horrorizada.

—Eso no debería haber pasado.

—Pasó —dijo él, aún desorientado—. Lo vi.

—Entonces ya no hay orden —murmuró ella—. Ya no hay forma de guiar esto.

El libro se abrió de golpe.

Las páginas comenzaron a pasar con violencia.

Imágenes fragmentadas aparecieron y desaparecieron en ráfagas: la torre derrumbándose, la plaza inundada, un grupo de figuras encadenando el libro, Elena gritando, el hombre enmascarado con el rostro descubierto, y Adrián… cayendo.

—¡Detén esto! —gritó Adrián.

—No puedo —respondió Elena—. Ya no responde a mí.

El otro Adrián levantó la mano.




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