La grieta no obedeció al cierre. La piedra avanzó unos centímetros y se detuvo, como si hubiese encontrado resistencia desde el otro lado. No fue un empuje violento. Fue persistente. Preciso. La abertura vibró con cada pulso de la campana, ahora irregular, como si alguien hubiera alterado su ritmo. Adrián sintió ese cambio en el pecho antes de comprenderlo. Ya no era una llamada. Era una insistencia.
La primera figura, el otro Adrián, no se movió. Sus ojos negros siguieron fijos en la grieta, como si reconociera lo que estaba a punto de emerger.
—No —dijo Elena, apenas audible—. No pueden ser dos a la vez.
El hombre enmascarado dio un paso atrás por primera vez.
—Pueden —respondió—. Si el orden se rompió.
La piedra cedió un poco más. Un borde irregular quedó al descubierto. Y entonces apareció la segunda mano.
No era idéntica a la primera. Tenía cicatrices. Marcas antiguas, como quemaduras mal curadas. La piel no era pálida. Era grisácea, como si hubiese permanecido demasiado tiempo en un lugar sin luz ni aire. Los dedos se cerraron sobre el borde con una fuerza que hizo crujir la roca.
Adrián sintió un escalofrío profundo.
—Eso… no soy yo.
El otro Adrián inclinó la cabeza.
—Lo eres. En un punto al que aún no llegaste.
Elena negó con la cabeza.
—No. Eso no es una variación. Es una corrupción.
El hombre enmascarado la miró.
—O una consecuencia.
La segunda figura emergió un poco más. Su rostro aún estaba cubierto por la sombra, pero su respiración era audible. No era regular. Era áspera. Forzada. Como si cada inhalación doliera.
—Detén esto —dijo Adrián, sin saber a quién se dirigía.
Nadie respondió.
El libro vibró.
La cubierta se abrió apenas, sin desplegar las páginas. Solo lo suficiente para que una línea de luz escapara y trazara un arco sobre el suelo. Y en ese arco, las palabras comenzaron a formarse, no sobre el libro, sino sobre la piedra.
NO TODO LO QUE REGRESA ES EL MISMO.
Elena lo leyó en voz baja.
—Eso… no lo había visto antes.
—Porque no había pasado antes —respondió el hombre.
La segunda figura logró sacar el torso de la grieta. Su ropa estaba desgarrada, cubierta de una sustancia oscura que no era polvo ni sangre, sino algo intermedio, algo que parecía absorber la luz.
Adrián retrocedió un paso.
—No voy a quedarme aquí para ver esto.
Elena lo tomó del brazo.
—Si te mueves ahora, lo arrastras contigo.
—¿Arrastrar qué?
—La sincronización —respondió ella—. Si rompes la proximidad, lo que emerja buscará completarse en otro lugar.
—Eso no tiene sentido.
—Nada lo tiene —intervino el hombre—. Pero funciona.
La segunda figura alzó la cabeza.
Sus ojos no eran negros.
Eran opacos.
Sin brillo.
Sin profundidad.
Como si ya no hubiese nada detrás.
Adrián sintió un golpe seco en el estómago.
—No…
La figura abrió la boca.
Y habló.
Pero no con voz propia.
Con muchas.
Superpuestas.
Desfasadas.
“No cerraste la puerta.”
El sonido no llenó la cámara. La atravesó. Las paredes vibraron. La mesa crujió. El libro se abrió de golpe, esta vez completamente.
Las páginas comenzaron a pasar con una velocidad imposible.
Imágenes.
Fragmentos.
La torre cayendo.
El niño gritando.
Elena llorando.
El hombre enmascarado con las manos ensangrentadas.
Y Adrián…
De pie frente a la puerta.
Sin cerrarla.
—No… —murmuró—. Eso no…
El otro Adrián dio un paso hacia él.
—Sí.
—No recuerdo eso.
—Porque no quisiste —respondió la figura—. Porque cerrar la puerta significaba dejarlo dentro.
Adrián sintió que algo se quebraba.
—¿Dejar a quién?
La segunda figura respondió.
“A mí.”
El silencio se volvió insoportable.
Elena soltó el brazo de Adrián.
—Eso no es posible.
—Es lo que ocurre cuando decides dos veces —dijo el hombre enmascarado—. Dos elecciones incompatibles en el mismo punto.
—Eso no puede sostenerse —replicó Elena—. El sistema colapsa.
—Está colapsando —respondió él, señalando la grieta—.
La segunda figura terminó de salir.
Se incorporó lentamente.
Y al hacerlo, la grieta dejó de cerrarse.
Quedó abierta.
Respirando.
Adrián miró a ambas versiones.
Una con ojos negros.
Otra con ojos vacíos.
Y él…
En el medio.
—No puede haber tres —dijo.
El libro respondió.
Las páginas se detuvieron.
Una sola línea emergió, esta vez con una claridad brutal.
HAY UNO QUE RECUERDA… UNO QUE SE QUEDÓ… Y UNO QUE NO DEBERÍA EXISTIR.
Elena retrocedió.
—No…
—¿Cuál soy yo? —preguntó Adrián.
El otro Adrián lo miró.
—Aún no lo sabes.
La segunda figura dio un paso.
El suelo vibró.
—Pero lo vas a ser —dijo, con esa voz múltiple—.
El hombre enmascarado alzó la mano.
—¡Basta!
Un sonido agudo atravesó la cámara.
No de la campana.
De algo más profundo.
Algo que no había sonado antes.
El libro comenzó a cerrarse.
Pero no obedecía.
Las páginas resistían.
Como si algo desde dentro empujara hacia afuera.
Elena reaccionó.
Tomó el libro con ambas manos.
—Ayúdame —dijo, mirando a Adrián.
—¿Qué haces?
—Si no lo cerramos, se abre completamente.
—¿Y qué pasa si se abre completamente?
El hombre enmascarado respondió.
—Deja de mostrar.
—¿Y entonces?
—Trae.
El silencio fue absoluto.
Adrián dudó un segundo.
Luego se acercó.
Puso las manos sobre la cubierta.
La sensación lo atravesó de inmediato.
No era calor.
No era frío.
Era memoria.
Fragmentos que no eran suyos.
Pero que lo reconocían.
—Ahora —dijo Elena.
Ambos empujaron.