Ecos Perdidos

Capítulo 8: La Luz que No Ilumina

La luz no cayó como un rayo ni se expandió como una llama. Descendió. Lenta. Compacta. Como si tuviera peso. No iluminaba las paredes ni proyectaba sombras reconocibles. Se adhería a las superficies, revelando formas que no estaban antes y ocultando otras que sí. Adrián alzó la vista y sintió un tirón inmediato en el pecho, el mismo que lo había atravesado en la plaza, el mismo que ahora parecía venir desde arriba.

—No la mires directo —dijo Elena, en un susurro tenso—. No es luz.

El hombre enmascarado dio un paso hacia la escalera.

—Es una señal.

—Es un anzuelo —corrigió Elena.

La luz tocó el borde de la grieta y la oscuridad retrocedió apenas, como si cediera terreno ante algo que reconocía pero no aceptaba. Las dos figuras de Adrián se tensaron. El de ojos negros inclinó la cabeza hacia arriba. El de ojos vacíos retrocedió un paso, como si aquella claridad le resultara insoportable.

—Sube —dijo el primero, sin apartar la vista—. Es ahí donde termina esto.

—No termina —respondió el segundo, con su voz múltiple—. Se completa.

Adrián sintió que la palabra “completa” le perforaba el estómago.

—No voy a moverme hasta entender qué está pasando.

—Entonces nunca te moverás —dijo el hombre enmascarado—. Porque entender no es parte del proceso.

El libro vibró entre las manos de Elena. No con la violencia de antes, sino con una insistencia más controlada, más dirigida. Como si ahora supiera exactamente qué hacer. La cubierta se abrió apenas y una línea se trazó en el borde, no visible como tinta, sino como una incisión en el material.

SUBE ANTES DE QUE BAJE.

Elena lo leyó en voz baja.

—¿Qué significa eso?

El hombre alzó la vista hacia la trampilla.

—Que no somos los únicos que escuchamos la campana.

Un sonido distinto se filtró desde arriba. No pasos. No voces. Un arrastre. Como si algo pesado se desplazara por el nivel superior del archivo. La luz dorada titiló un instante, como si respondiera a ese movimiento.

Adrián retrocedió un paso hacia la pared.

—No voy a subir hacia eso.

—No subes hacia eso —dijo el hombre—. Subes antes de que eso baje.

Elena tomó la decisión antes de verbalizarla. Guardó el libro contra su cuerpo, ajustando los restos de la funda como pudo, y se dirigió hacia la escalera.

—Vamos.

Adrián no se movió.

—Elena…

Ella se detuvo en el primer peldaño y lo miró.

—Si te quedas, eliges.

—¿Elegir qué?

—Qué versión de ti se queda abajo.

El silencio cayó con peso.

Adrián miró a sus otras dos presencias. El de ojos negros lo observaba con una calma inquietante. El de ojos vacíos parecía temblar levemente, como si su forma no estuviera completamente fijada a este plano.

—No puedes llevártelo todo —dijo el segundo—. Algo siempre se queda.

—No esta vez —respondió Elena.

El hombre enmascarado se colocó al pie de la escalera, bloqueando el paso de las otras dos figuras.

—Sube —dijo a Adrián—. Yo me encargo de mantenerlos aquí.

—¿Mantenerlos? —repitió Adrián—. ¿Cómo?

—Como siempre —respondió él—. Hasta que deje de funcionar.

La frase no tranquilizó a nadie.

Otro arrastre desde arriba. Más cerca. Más definido. La luz dorada descendió un poco más, rozando el rostro de Adrián. Y en ese instante, algo cambió.

No vio la cámara.

No vio la grieta.

Vio la torre.

Pero no desde abajo.

Desde dentro.

Una escalera en espiral.

Piedra húmeda.

Y en lo alto…

una puerta abierta.

La misma.

—Ya la viste —dijo el de ojos negros, como si hubiera presenciado la visión—. Sabes que es ahí.

Adrián respiró hondo.

—Si subo…

—Recuerdas más —respondió la figura—. Y eso nos acerca.

—¿A qué?

—A ser uno.

El de ojos vacíos dio un paso adelante, ignorando la presencia del hombre enmascarado que se interponía.

—O a desaparecer —dijo—.

El aire vibró.

El hombre levantó la mano.

—No des otro paso.

La segunda figura se detuvo. No por obediencia. Por cálculo.

Elena subió un peldaño más.

—Adrián.

Él la miró.

—No puedo llevarlos conmigo.

—No tienes que hacerlo —dijo ella—. Solo tienes que subir.

—Eso no responde nada.

—Lo sé.

El arrastre desde arriba se convirtió en un golpe.

Uno.

Dos.

Tres.

La trampilla vibró.

La luz dorada se intensificó.

Y algo cruzó el borde.

No completamente.

Una sombra.

Pero no una sombra proyectada.

Una forma que bloqueaba la luz desde arriba.

Elena se detuvo.

—Llegó.

El hombre enmascarado no se movió.

—Aún no bajó.

—Pero va a hacerlo —respondió ella.

Adrián sintió que el tiempo se comprimía. Como si las opciones se redujeran a una sola.

Miró la escalera.

Miró la grieta.

Miró a sus otras versiones.

Y entonces…

subió el primer peldaño.

La sensación fue inmediata.

No física.

Interna.

Como si algo dentro de él hubiese dado un paso que el cuerpo apenas acompañaba.

El de ojos negros sonrió.

—Ahí está.

El de ojos vacíos emitió un sonido bajo, como un suspiro contenido durante años.

—Se va —dijo.

Elena subió otro peldaño.

—Rápido.

El hombre se mantuvo firme, bloqueando el paso.

—No los dejen acercarse.

Adrián subió el segundo peldaño.

La visión volvió.

La torre.

La escalera.

La puerta.

Y detrás de la puerta…

una figura.

De espaldas.

Esperando.

—No estás solo arriba —dijo el de ojos negros.

—Nunca lo estuve —respondió Adrián, sin saber de dónde salía esa certeza.

El tercer peldaño.

El golpe desde arriba se volvió más fuerte.

La trampilla comenzó a abrirse más.

La sombra se movió.

Y un brazo descendió.

No humano.

Demasiado largo.




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