La voz no venía desde arriba como un eco común. Descendía con una claridad imposible, sin deformarse, sin perderse en la piedra, sin quebrarse en los ángulos de la escalera. Era su voz. No una imitación. No un recuerdo. La misma entonación, la misma cadencia, la misma pausa entre sílabas cuando dudaba.
—Adrián…
Elena se detuvo un peldaño más abajo, sosteniendo el libro contra su pecho como si intentara impedir que la voz lo alcanzara.
—No respondas —dijo—.
Adrián no respondió.
Pero tampoco dejó de escuchar.
—Adrián… si estás ahí… no sigas subiendo.
El hombre enmascarado alzó la vista desde la base, sin moverse de su posición entre las dos figuras que permanecían abajo.
—Llegó antes que nosotros —murmuró—.
—¿Quién? —preguntó Elena, sin apartar la vista de la trampilla.
—El que cerró la puerta la última vez.
Elena sintió un golpe seco en el pecho.
—Eso no es posible.
—Nada de esto lo es —respondió él—.
La luz dorada titiló.
El brazo que descendía desde arriba se detuvo a medio camino, como si la voz lo hubiese contenido. La forma que lo seguía quedó parcialmente oculta, pero su presencia era innegable. No respiraba. No se movía. Pero estaba.
Adrián subió otro peldaño.
La voz regresó.
—No subas más. Si cruzas, no hay forma de volver a dividirlo.
Elena giró hacia él.
—¿Dividir qué?
Adrián no respondió.
Porque algo en esa frase había encajado.
No como información.
Como recuerdo.
—Ya lo hiciste —continuó la voz—. Y viste lo que pasó.
La escalera pareció inclinarse.
No físicamente.
En su percepción.
Adrián cerró los ojos un segundo.
Y lo vio.
La torre desde dentro.
La puerta abierta.
Y él…
cerrándola.
Desde el otro lado.
—No… —murmuró—.
Elena lo sostuvo por el brazo.
—¿Qué estás viendo?
Adrián abrió los ojos.
—Yo la cerré.
El silencio fue absoluto.
—¿Qué? —preguntó Elena.
—La puerta… la cerré desde arriba.
El hombre enmascarado levantó la cabeza bruscamente.
—Eso no coincide.
—Sí —dijo la voz desde arriba—. Esta vez sí.
Elena miró hacia la trampilla, con una mezcla de miedo y urgencia.
—Muéstrate.
Un instante de quietud.
Luego…
la luz cambió.
No se intensificó.
Se retiró.
Como si alguien hubiese dado un paso atrás.
Y en ese espacio que dejó…
apareció una figura.
De pie, justo en el borde de la abertura.
No descendió.
No avanzó.
Solo se mostró.
Adrián sintió que el aire desaparecía.
Era él.
Pero no como el de abajo.
No como el de ojos negros.
No como el de ojos vacíos.
Este…
estaba completo.
Los ojos eran los suyos.
La piel tenía color.
La respiración era regular.
Y la mirada…
la mirada sabía.
—Llegaste —dijo, con una calma que helaba la sangre.
Elena no pudo evitar dar un paso atrás.
—No… no puede haber cuatro…
El hombre enmascarado habló, sin apartar la vista de la figura superior.
—No son cuatro.
Elena lo miró.
—¿Entonces qué es eso?
—El que cruzó.
El silencio se volvió más denso.
Adrián subió un peldaño más, sin darse cuenta.
—¿Cruzó qué?
La figura de arriba lo miró directamente.
—La puerta.
—¿Y tú eres…?
—El que la cerró.
Adrián sintió que algo dentro de él se desmoronaba.
—Pero yo…
—Tú la abriste —dijo la figura—. Dos veces.
Elena apretó el libro con fuerza.
—Esto no puede sostenerse. Se están superponiendo demasiadas versiones.
—No son versiones —corrigió el hombre enmascarado—. Son estados.
—Eso no cambia nada —replicó ella—. El resultado es el mismo. Colapso.
La figura de arriba inclinó la cabeza.
—No si se elige uno.
El silencio cayó con un peso insoportable.
—¿Elegir? —repitió Adrián.
—Siempre fue una elección —dijo la figura—. Solo que no la recuerdas completa.
El brazo que descendía desde la abertura se retiró lentamente. La sombra detrás también retrocedió. Como si la presencia de la figura superior hubiese impuesto un orden que las otras no podían romper.
—Sube —dijo la figura—.
Elena reaccionó de inmediato.
—No.
—Si no sube —continuó él—, lo de abajo sube. Y entonces ya no habrá forma de contenerlo.
El hombre enmascarado asintió apenas.
—Tiene razón.
Elena lo miró, incrédula.
—¿Ahora estás de acuerdo con él?
—No estoy de acuerdo —respondió—. Estoy reconociendo el patrón.
Adrián sintió que todo se reducía.
La grieta.
Las dos figuras abajo.
La figura arriba.
El libro.
La escalera.
Todo convergía en un punto.
Él.
—Si subo… —dijo— ¿qué pasa con ellos?
El de ojos negros respondió.
—Se integran.
El de ojos vacíos añadió:
—O se pierden.
La figura de arriba lo miró sin titubear.
—Desaparecen.
El silencio fue absoluto.
—¿Desaparecen…? —repitió Adrián.
—Como deben —dijo la figura—.
Elena dio un paso hacia él.
—No te fíes.
—¿Por qué no? —preguntó Adrián, desesperado—. Todos dicen cosas distintas.
—Porque él ya eligió —respondió ella—. Y no sabemos qué dejó atrás para hacerlo.
La figura de arriba no reaccionó a la acusación.
—Elegí porque no había otra forma de cerrar la puerta —dijo—.
—¿Y qué pasó con los otros? —preguntó Adrián.
—Se quedaron.
El silencio se volvió insoportable.
Adrián miró hacia abajo.
Las dos figuras seguían allí.
Una lo observaba.
La otra parecía desvanecerse lentamente, como si su forma no pudiera sostenerse demasiado tiempo fuera de la grieta.
—No puedo dejarlos —dijo.
—Ya lo hiciste —respondió la figura de arriba.
La frase lo atravesó.