Ecos Perdidos

Capítulo 10: El Cruce

El grito no fue un sonido. Fue una fractura. El libro no emitió un ruido audible en el sentido humano; desgarró la estructura del lugar, como si una capa invisible se hubiese rasgado de extremo a extremo. Adrián lo sintió en los dientes, en los huesos, en el centro del pecho. La mano que acababa de tomar no estaba fría ni caliente. Era firme. Real. Y al mismo tiempo… ajena.

La grieta se cerró con un golpe seco.

Las dos figuras de abajo desaparecieron.

No se desvanecieron lentamente. No gritaron. No dejaron rastro.

Simplemente… ya no estaban.

El silencio que siguió fue más violento que cualquier ruido.

Adrián intentó soltar la mano, pero no pudo. No porque la otra figura lo retuviera, sino porque algo en su propio cuerpo se negaba a separarse. Como si ese contacto no fuese una unión externa, sino una alineación interna.

—Ya está —dijo la figura frente a él—.

Su voz era estable. Sin esfuerzo. Sin tensión.

Elena subió dos peldaños de golpe.

—¡Suéltalo!

Pero Adrián no la escuchó.

No completamente.

Porque algo más había comenzado.

No en el entorno.

En él.

Las imágenes no llegaron como recuerdos sueltos. Llegaron como una corriente.

La torre.

La puerta.

El niño.

La caída.

El empujón.

La mano de Elena.

La suya.

El vacío.

Y luego…

la oscuridad.

Pero no una oscuridad externa.

Una interna.

Un espacio sin forma donde algo permanecía.

Esperando.

—Eso es —dijo la figura frente a él—. No lo resistas.

Adrián sintió que su respiración se desfasaba.

—¿Qué… está pasando?

—Estás recordando sin fragmentos.

Elena llegó a su altura y agarró su brazo con fuerza.

—No. Está colapsando.

—No —respondió la figura—. Está integrando.

El hombre enmascarado subió un peldaño, pero se detuvo.

—Si continúa, no podremos separarlo.

—No hay nada que separar —dijo la figura—. Nunca lo hubo.

El libro volvió a vibrar.

Esta vez no en manos de Elena.

En el aire.

Se elevó apenas, como si la gravedad hubiese dejado de aplicarse sobre él.

La cubierta se abrió.

Pero no mostró páginas.

Mostró profundidad.

Un espacio oscuro dentro de sí mismo.

Y desde ese espacio…

una voz.

No múltiple.

No ajena.

Propia.

“Recuerda por qué lo dejaste.”

Adrián cerró los ojos.

Y lo vio.

La torre desde dentro.

La puerta abierta.

El niño al borde.

Elena detrás.

Y él…

sosteniendo la puerta.

No para cerrarla.

Para mantenerla abierta.

—No… —murmuró—.

La figura frente a él no se movió.

—Sí.

—Yo no…

—Lo hiciste —interrumpió—. Y sabes por qué.

Elena apretó su brazo con más fuerza.

—No lo dejes seguir. Si cruza completamente, no hay forma de traerlo de vuelta.

—No hay a dónde traerlo —respondió la figura—. Ya está aquí.

El hombre enmascarado habló, por primera vez con urgencia.

—Dime qué recuerdas. Ahora.

Adrián respiró con dificultad.

—Yo… no cerré la puerta…

—¿Por qué? —preguntó Elena.

El silencio se volvió insoportable.

Adrián abrió los ojos.

Y la miró.

—Porque… tú me lo pediste.

Elena retrocedió como si hubiese recibido un golpe.

—No…

—Dijiste que si la cerrábamos…

La frase se quebró.

—Que si la cerrábamos… él se quedaba dentro.

El silencio fue absoluto.

—¿Quién? —preguntó el hombre enmascarado.

Adrián no respondió de inmediato.

Miró el libro.

La oscuridad en su interior parecía observarlo.

—El niño —dijo finalmente.

La campana…

sonó de nuevo.

Pero no desde abajo.

Desde el libro.

Un pulso.

Luego otro.

Elena negó con la cabeza.

—No… eso no es…

—Es coherente —dijo el hombre—. Si el niño no salió…

—Entonces algo ocupó su lugar —completó la figura frente a Adrián.

El silencio se volvió insoportable.

Adrián sintió que el suelo desaparecía.

—No…

—Sí —dijo la figura—. No dejaste la puerta abierta para salvarlo.

Adrián dejó de respirar.

—La dejaste abierta…

La voz se volvió más grave.

Más cercana.

—…para que algo más saliera.

El libro se abrió completamente.

La oscuridad en su interior se expandió.

No hacia la cámara.

Hacia Adrián.

Elena gritó.

—¡Aléjate!

Pero ya era tarde.

La oscuridad lo tocó.

No como una sustancia.

Como una idea.

Como una memoria que no había sido suya…

hasta ahora.

Y entonces…

lo vio.

No al niño.

No a la torre.

No a la puerta.

Vio lo que estaba detrás.

Algo que no tenía forma.

Algo que no pertenecía a ese lugar.

Algo que no debía haber salido.

Adrián abrió los ojos de golpe.

Y gritó.

La figura frente a él no retrocedió.

—Ahí está —dijo—.

Elena lo sostuvo.

—¡Adrián, mírame!

Pero él no la veía.

No completamente.

—Lo dejé salir… —murmuró—.

El silencio cayó.

El hombre enmascarado cerró los ojos.

—Entonces ya sabemos qué eres.

Adrián alzó la vista.

—¿Qué soy?

El hombre lo miró.

—El que abrió la puerta desde dentro.

La frase quedó suspendida.

El libro se cerró de golpe.

La oscuridad desapareció.

La luz dorada regresó.

Pero algo había cambiado.

No en el lugar.

En Adrián.

Su respiración se estabilizó.

Su mirada se volvió clara.

Demasiado clara.

—Ya lo recuerdo —dijo.

Elena sintió un escalofrío.

—¿Qué recuerdas?

Adrián la miró.

Y en sus ojos…

no había duda.

—Por qué no debía salir.

El silencio fue absoluto.

El hombre enmascarado retrocedió un paso.

—Eso no es bueno.




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