Ecos Perdidos

Capítulo 12: La Ciudad que No Está

La abertura no se abrió como una puerta. La piedra no giró ni se deslizó con un mecanismo reconocible. Simplemente dejó de estar. Donde antes había muro, ahora había profundidad. No oscuridad. No vacío. Profundidad. Y dentro de esa profundidad… una ciudad.

No era una ilusión proyectada sobre la pared. No era una imagen. Tenía volumen. Tenía aire. Tenía distancia. Adrián dio un paso hacia el borde y sintió algo imposible: una brisa. No venía de la cámara. Venía de ahí dentro.

Elena no habló.

El hombre enmascarado tampoco.

Porque ninguno de los dos podía negar lo que veían.

Calles.

Estructuras.

Luz.

Pero no la luz del sol ni la de lámparas humanas. Era una luminosidad difusa, como si la propia materia de la ciudad emitiera un resplandor tenue. Las sombras no se comportaban como sombras. Se desplazaban con un ritmo propio, como si no dependieran de una fuente fija.

—Esto… —murmuró Elena— no es Praga.

—No —dijo Adrián—. Pero está en Praga.

El hombre enmascarado avanzó hasta el borde.

—No es un lugar físico.

—Sí lo es —respondió Adrián—. Solo que no está donde debería.

El silencio cayó.

—Está superpuesto —añadió él—. Como todo lo demás.

Elena lo miró con atención.

—¿Cómo sabes eso?

Adrián no respondió de inmediato.

Miró la ciudad.

Y sintió el pulso.

Más claro.

Más cercano.

—Porque ya estuve aquí.

El hombre enmascarado giró hacia él.

—¿Cuándo?

Adrián no apartó la vista.

—Antes de salir.

El silencio se volvió denso.

—No —dijo Elena—. Eso no coincide.

—Nada coincide —respondió él—. Ese es el problema.

El libro vibró suavemente entre las manos de Elena.

La cubierta se abrió apenas.

Y una línea apareció.

NO CAMINES DONDE YA CAÍSTE.

Elena la leyó en voz baja.

—Eso es una advertencia.

—O una instrucción —dijo Adrián.

El hombre negó.

—Es ambas cosas.

La ciudad se movió.

No en su totalidad.

Un detalle.

Una ventana que no estaba abierta, ahora lo estaba.

Una sombra que no estaba ahí, ahora cruzaba una esquina.

Adrián sintió un tirón en el pecho.

—Nos está viendo.

Elena retrocedió un paso.

—¿Quién?

Adrián no respondió.

Porque no era alguien.

Era el lugar.

—No es una ciudad —dijo el hombre enmascarado—. Es un estado.

—No —respondió Adrián—. Es una memoria.

El silencio se tensó.

—¿De quién? —preguntó Elena.

Adrián cerró los ojos un instante.

El pulso respondió.

—De lo que salió.

El libro vibró con más intensidad.

La cubierta se abrió completamente.

Y esta vez no mostró palabras.

Mostró movimiento.

Calles que cambiaban.

Edificios que se reconfiguraban.

Un mapa vivo.

—Está ajustándose —dijo el hombre—.

—A nosotros —añadió Elena.

Adrián abrió los ojos.

—No.

El silencio cayó.

—A mí.

Elena lo miró, con una mezcla de miedo y comprensión.

—Entonces no deberías entrar.

—No puedo no hacerlo —respondió él—.

—Eso no es una respuesta.

—Es la única que tengo.

El hombre enmascarado observó la ciudad.

—Si entras, no hay garantía de que puedas salir por el mismo punto.

—Ya no hay garantía de nada —respondió Adrián.

Elena apretó el libro contra su pecho.

—No voy a dejarte entrar solo.

Adrián la miró.

—No deberías venir.

—No te estoy preguntando.

El silencio se suavizó apenas.

—Y tú —añadió ella, mirando al hombre—.

Él no dudó.

—No puedo quedarme atrás.

Adrián asintió.

—Entonces vamos.

Dio el primer paso.

No hubo transición.

No hubo salto.

Un instante estaba en la cámara.

Al siguiente…

en la calle.

El aire cambió.

No era húmedo como el subsuelo.

Era seco.

Pero no natural.

Como si hubiese sido filtrado demasiadas veces.

Elena apareció detrás de él.

El hombre enmascarado, después.

La abertura en la pared seguía allí.

Pero no se veía como una puerta.

Era un borde irregular en el aire.

—No se alejen demasiado —dijo Elena—.

—No podremos —respondió Adrián—.

—¿Por qué?

Adrián miró alrededor.

Las calles no eran rectas.

No seguían una lógica urbana.

Se curvaban.

Se cruzaban en ángulos imposibles.

Y cada vez que intentaba fijar un punto…

cambiaba.

—Porque no hay dirección —dijo.

El silencio cayó.

Un sonido surgió.

No la campana.

Pasos.

Lentos.

Desde una calle lateral.

El hombre enmascarado se tensó.

—No estamos solos.

Una figura apareció.

No llevaba máscara.

No llevaba abrigo.

Su ropa era moderna.

Pero sus ojos…

no lo eran.

Eran negros.

Como los del otro Adrián.

Adrián lo miró.

—Tú…

La figura sonrió.

—No soy yo.

El silencio se volvió denso.

—¿Entonces quién eres?

La figura inclinó la cabeza.

—El que encontró la salida.

Elena dio un paso atrás.

—Eso no es posible.

—Nada lo es —respondió la figura—. Y sin embargo, aquí estamos.

Adrián sintió el pulso intensificarse.

—¿Saliste de aquí?

La figura asintió.

—Una vez.

—¿Y después?

La sonrisa se desvaneció.

—Volví.

El silencio cayó.

—¿Por qué? —preguntó Elena.

La figura miró la ciudad.

—Porque no era el final.

Adrián dio un paso adelante.

—¿Qué es este lugar?

La figura lo miró directamente.

—El punto donde todo lo que no debería existir… encuentra forma.

El libro vibró.

La cubierta se abrió.

Y una nueva frase apareció.

NO TODOS LOS QUE ENTRAN SON LOS MISMOS QUE SALEN.

Elena la leyó.

—Eso ya lo sabemos.

La figura negó.




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