Ecos Perdidos

Capítulo 13: El Que Ya Salió

El cierre no hizo ruido. No hubo golpe ni fricción. La abertura simplemente dejó de existir. Un instante antes estaba allí, irregular, vibrando en el aire como una herida abierta. Al siguiente… nada. Piedra. Sólida. Inmutable. Como si nunca hubiera sido atravesada.

Elena giró de inmediato.

—No…

Extendió la mano hacia la pared, palpándola como si buscara una grieta, un borde, una falla que confirmara que aquello era reversible. No encontró nada.

—No hay salida —murmuró.

—La hay —respondió la figura frente a ellos—. Solo que no es la misma por la que entraron.

El hombre enmascarado se mantuvo inmóvil, evaluando el entorno.

—Entonces estamos dentro de un sistema cerrado.

—No —corrigió la figura—. Están dentro de una selección.

El silencio cayó con peso.

Adrián no apartó la vista de la figura.

—Dijiste que uno de nosotros ya salió.

—Sí.

—¿Quién?

La figura sonrió.

—Esa es la pregunta incorrecta.

Adrián dio un paso más cerca.

—No estoy para acertijos.

—No son acertijos —respondió—. Son residuos de decisiones que aún no recuerdas.

Elena dejó la pared y volvió hacia Adrián.

—Esto no es una conversación. Es una manipulación.

—Todo aquí lo es —dijo la figura—. Incluyéndote.

Elena se tensó.

—No me incluyas en esto.

—Ya estás incluida —replicó la figura—. Desde la primera vez que bajaste.

El hombre enmascarado intervino.

—Basta. No vinimos a discutir semántica.

—No —dijo la figura—. Vinieron a cerrar lo que dejaron abierto.

Adrián sintió el pulso en el pecho.

Más fuerte.

Más cercano.

—La puerta…

La figura asintió.

—Siempre la puerta.

—Pero dijiste que uno ya salió.

—Sí.

El silencio se volvió insoportable.

—Entonces no necesitamos cruzarla —dijo Adrián.

La figura lo miró con una calma inquietante.

—Necesitas cruzarla de la forma correcta.

—¿Y cuál es esa?

La sonrisa regresó.

—La que no deja restos.

El libro vibró.

La cubierta se abrió.

Y esta vez no mostró palabras.

Mostró reflejo.

No un espejo.

Una superficie líquida donde tres figuras se proyectaban.

Adrián.

Elena.

El hombre enmascarado.

Pero algo estaba mal.

Una de las figuras no coincidía.

Adrián lo vio primero.

—Eso… no soy yo.

El reflejo de “Adrián” en el libro no se movía exactamente igual.

Había un desfase.

Mínimo.

Pero evidente.

Elena lo notó.

—No está sincronizado.

—No —dijo la figura—. Ya salió.

El silencio cayó.

Adrián sintió que el estómago se le contraía.

—¿Qué quieres decir?

La figura dio un paso hacia el libro.

—Que el que está aquí… no es el que llegó.

El aire se volvió pesado.

—Eso no tiene sentido —dijo Adrián.

—Lo tendrá —respondió la figura—. Cuando aceptes que una parte de ti ya no está aquí.

El hombre enmascarado habló, con una tensión que no había mostrado antes.

—¿Cuál parte?

La figura lo miró.

—La que sabía cerrar la puerta.

El silencio fue absoluto.

Adrián sintió un vacío repentino.

No físico.

Interno.

Como si algo hubiese sido retirado sin que él lo notara hasta ahora.

—No…

Elena se acercó.

—Adrián, mírame.

Él no la miró.

Miró el libro.

El reflejo seguía ahí.

Desfasado.

—Si una parte de mí salió…

El silencio se tensó.

—¿Qué soy yo?

La figura no dudó.

—El que se quedó incompleto.

La frase lo atravesó.

El hombre enmascarado dio un paso adelante.

—Eso no es estable.

—No —respondió la figura—. Por eso están aquí.

—¿Para qué? —preguntó Elena.

La figura señaló la ciudad.

—Para decidir qué se queda… y qué se va.

El silencio cayó.

—Eso no es una decisión —dijo Elena—. Es una condena.

—Es lo mismo —respondió la figura—. Desde el punto de vista correcto.

Adrián respiró hondo.

—Si una parte de mí ya salió…

Miró a la figura.

—¿Dónde está?

La figura sonrió.

—Arriba.

—¿Arriba dónde?

—Donde la torre ya fue reconstruida.

El silencio se volvió denso.

—Eso no es posible —dijo Elena.

—Lo es —respondió la figura—. Porque la torre no es un lugar.

Adrián sintió el pulso intensificarse.

—¿Qué es?

La figura lo miró directamente.

—Un estado al que solo puedes llegar completo.

El silencio cayó.

—Entonces no puedo llegar —dijo Adrián.

—No así —respondió la figura.

El libro vibró.

La superficie líquida cambió.

Mostró otra imagen.

Una calle.

Una esquina.

Un edificio antiguo.

Y en su base…

la puerta.

La misma.

Pero cerrada.

Adrián sintió un golpe en el pecho.

—Praga…

Elena lo miró.

—¿La reconoces?

—Sí.

El hombre enmascarado asintió.

—Entonces ese es el punto.

—No —corrigió la figura—. Ese es el destino.

El silencio se volvió insoportable.

—¿Cuál es el punto? —preguntó Adrián.

La figura dio un paso atrás.

—Aquí.

La ciudad vibró.

Las calles cambiaron.

Las sombras se desplazaron.

Y entonces…

aparecieron.

Tres caminos.

No estaban antes.

No eran calles normales.

Eran trazos.

Directos.

Claros.

Imposibles de ignorar.

Uno hacia la izquierda.

Uno hacia la derecha.

Y uno…

directo al frente.

El libro mostró una última frase.

ELIGE SIN RECORDAR… O RECUERDA SIN ELEGIR.

Elena lo leyó.

—No…

El hombre enmascarado bajó la cabeza.

—Ahí está.

Adrián miró los caminos.

El pulso en su pecho se descontroló.

—¿Qué pasa si elijo?

La figura respondió.

—Pierdes lo que ya salió.

—¿Y si no elijo?




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