La ciudad no se derrumbó.
Se retiró.
Como una marea que reconoce que ya no es necesaria. Las estructuras perdieron definición, las líneas se diluyeron y las sombras dejaron de sostener forma. No hubo caos. Hubo desinterés.
El lugar ya no los necesitaba.
Elena lo sintió primero.
—Se está yendo…
El hombre enmascarado no respondió.
Observaba a Adrián.
No la ciudad.
—No —dijo en voz baja—. Nos está soltando.
Adrián no miró alrededor.
Miró al frente.
Como si algo ya estuviera ahí.
Aunque aún no se viera.
—Tenemos que movernos —dijo.
Su voz era estable.
Demasiado.
Elena dio un paso hacia él.
—¿Adrián…?
Él la miró.
Y por un instante…
hubo algo humano.
—No tenemos mucho tiempo.
El instante desapareció.
El hombre enmascarado habló.
—¿Tiempo para qué?
Adrián no dudó.
—Para que esto se mantenga cerrado.
El silencio cayó.
Elena bajó la mirada hacia el libro.
—¿Cerrado… dónde?
Adrián llevó la mano a su pecho.
—Aquí.
El pulso volvió.
No como antes.
Más profundo.
Más constante.
El hombre dio un paso hacia él.
—Eso no es sostenible.
—No tiene que serlo —respondió Adrián—. Solo tiene que durar lo suficiente.
—¿Suficiente para qué?
Adrián alzó la vista.
—Para llegar a la torre.
El silencio se tensó.
Elena negó.
—La torre no está aquí.
—No —respondió Adrián—.
Y por primera vez…
sonrió.
No con alegría.
Con certeza.
—Pero ahora sí sé dónde está.
El libro vibró.
La cubierta se abrió.
Y el mapa regresó.
Praga.
La misma zona.
El mismo edificio.
Pero algo había cambiado.
El punto ya no estaba fijo.
Se movía.
—Eso no es un destino —dijo el hombre—.
—No —respondió Adrián—. Es una sincronización.
Elena lo miró.
—Explícamelo.
Adrián no respondió con palabras.
Cerró los ojos.
Y el mapa…
se expandió.
No en el libro.
En el espacio.
Las calles aparecieron alrededor.
Pero no como la ciudad anterior.
Más definidas.
Más reales.
Faroles.
Ventanas.
Pavimento.
—Esto… sí es Praga —susurró Elena.
El hombre enmascarado asintió.
—Pero no completamente.
Adrián abrió los ojos.
—Es el punto de superposición.
El silencio cayó.
—¿Qué significa eso? —preguntó Elena.
—Que estamos donde ambos lugares existen al mismo tiempo.
—Eso no es posible.
—Lo es ahora —respondió él.
El pulso en su pecho marcó un ritmo más rápido.
—Y no va a durar.
El hombre lo observó con atención.
—¿Qué pasa si se pierde la sincronización?
Adrián no dudó.
—Se abre.
El silencio se volvió insoportable.
Elena apretó el libro.
—¿Se abre… qué?
Adrián la miró.
—Todo.
El aire se volvió pesado.
Un sonido surgió.
No la campana.
No pasos.
Algo más profundo.
Como si una estructura enorme…
respirara.
—Ya empezó —dijo el hombre.
Adrián giró.
Y lo vio.
No el edificio.
No la torre.
Una deformación.
En el aire.
A unos metros.
Como si la realidad estuviera siendo estirada desde un punto invisible.
—Ahí —dijo.
Elena lo miró.
—No veo nada.
—No aún —respondió él.
El pulso se intensificó.
La deformación creció.
Y entonces…
apareció.
El contorno.
Una estructura antigua.
No completamente visible.
Como si estuviera atravesando capas.
—La torre… —susurró Elena.
—No —corrigió el hombre—.
El silencio cayó.
—La entrada.
Adrián avanzó un paso.
—Tenemos que llegar antes de que se estabilice.
—¿Por qué? —preguntó Elena.
—Porque si se estabiliza…
La frase se detuvo.
El pulso golpeó con fuerza.
—No vamos a poder cerrarla desde afuera.
El silencio se tensó.
—¿Entonces desde dónde?
Adrián la miró.
Y por primera vez…
hubo algo oscuro.
—Desde adentro.
El hombre enmascarado negó.
—Eso no es una opción.
—Es la única —respondió Adrián.
Elena dio un paso hacia él.
—No vas a entrar ahí.
Adrián no respondió.
Miró la deformación.
La estructura ya era más clara.
La base.
La puerta.
La misma.
—Ya estoy entrando —dijo.
El silencio fue absoluto.
Elena lo tomó del brazo.
—No.
Adrián la miró.
Y por un instante…
solo un instante…
volvió.
—Confía en mí.
El instante desapareció.
El hombre enmascarado habló con firmeza.
—Si cruzas, no podemos seguirte.
Adrián asintió.
—Lo sé.
—Entonces no lo hagas.
Adrián negó.
—Ya lo hice.
El silencio cayó.
El pulso alcanzó su punto máximo.
La estructura se completó.
La puerta…
se abrió.
Sin sonido.
Sin resistencia.
Como si siempre hubiera estado esperando ese momento.
Adrián dio un paso hacia ella.
Elena lo sostuvo.
—No te voy a perder otra vez.
Adrián la miró.
Y esta vez…
no hubo rastro de duda.
—No me estás perdiendo.
Hizo una pausa.
Y la verdad cayó.
—Me estás dejando cerrar.
El silencio se rompió.
Adrián avanzó.
El límite cedió.
El aire cambió.
El pulso se detuvo.
Y la puerta…
lo absorbió.
La puerta se cerró detrás de Adrián…
y del otro lado…
algo lo estaba esperando…
que ya sabía su nombre.