El libro se cerró sin resistencia.
No como un objeto.
Como un límite.
El impacto no resonó en la cámara.
Resonó en el hombre enmascarado.
En su pecho.
En su respiración.
En la forma en que el silencio se volvió… demasiado completo.
Y entonces…
la voz.
—No debiste dejarla entrar.
No venía del libro.
No venía del espacio.
Venía de atrás.
El hombre enmascarado no giró de inmediato.
Porque sabía.
Porque lo había esperado.
—No tenía opción —respondió.
El silencio se tensó.
—Siempre hay una opción.
El hombre cerró los ojos un instante.
—No para nosotros.
Giró.
Y lo vio.
No una figura.
No una forma definida.
Una presencia.
Sostenida en el borde de la percepción.
Como si no quisiera ser vista completamente.
Pero suficiente.
Para ser reconocida.
—Tú… no deberías estar aquí.
La presencia no respondió de inmediato.
Se movió.
No hacia él.
Alrededor.
Como si evaluara el espacio que había quedado.
—Yo siempre estuve aquí.
El silencio cayó.
—No de esta forma.
—Esa es la diferencia —respondió—.
El hombre no retrocedió.
—Entonces esto no terminó.
La presencia se detuvo.
—Nunca termina.
El aire se volvió más pesado.
—Solo cambia de contenedor.
El hombre tensó los hombros.
—Ya se fijó.
—No completamente —dijo la presencia.
El silencio se volvió insoportable.
—Quedó algo afuera.
El hombre no respondió.
Porque lo sabía.
El punto.
El residuo.
El fragmento de Adrián.
—Eso no es suficiente —dijo.
La presencia respondió sin dudar.
—Es suficiente para abrir.
El aire se tensó.
—No vamos a abrir otra vez.
La presencia inclinó la “cabeza”.
—No ustedes.
El silencio cayó.
—Entonces quién.
La respuesta no llegó con palabras.
Llegó con dirección.
La presencia miró el libro.
El hombre enmascarado también.
El libro no vibraba.
No reaccionaba.
Pero…
algo dentro…
se movía.
—No…
El hombre dio un paso hacia él.
—No debería seguir activo.
La presencia respondió.
—No está activo.
El silencio se tensó.
—Está esperando.
El hombre se detuvo.
—¿A qué?
La presencia no dudó.
—A que alguien más lo toque.
El aire se volvió insoportable.
—No hay nadie más.
La presencia no respondió.
No de inmediato.
Porque no hacía falta.
Porque en ese instante…
algo cambió.
No en la cámara.
No en el libro.
En el mundo.
Un sonido.
Lejano.
Pero claro.
No la campana.
No un eco.
Un paso.
Luego otro.
El hombre enmascarado giró.
—No…
La entrada que ya no existía…
volvió.
No como antes.
Más débil.
Más inestable.
Pero abierta.
Y desde ella…
alguien entró.
No era Adrián.
No era Elena.
Era…
otro.
Un hombre.
Rostro desconocido.
Ojos atentos.
Respiración agitada.
Como si hubiera corrido.
—¿Dónde… estoy? —preguntó.
El silencio cayó.
El hombre enmascarado no respondió.
Porque ya entendía.
La presencia habló.
—Llegó.
El nuevo hombre miró alrededor.
Confundido.
—¿Qué es este lugar?
El hombre enmascarado lo observó.
—Un punto de entrada.
—¿Entrada a qué?
El silencio se volvió insoportable.
La presencia respondió.
—A lo que sigue.
El nuevo hombre dio un paso.
—No entiendo nada.
El libro…
vibró.
Por primera vez desde que Elena entró.
El hombre enmascarado reaccionó.
—No lo toques.
Pero ya era tarde.
El hombre se acercó.
—¿Qué es esto?
La presencia no intervino.
Solo observó.
El hombre extendió la mano.
—No —dijo el enmascarado—.
Pero el contacto…
ya había ocurrido.
El libro se abrió.
No lentamente.
De golpe.
Y el punto…
volvió.
Más grande.
Más intenso.
La voz…
regresó.
—Elena…
El nuevo hombre se congeló.
—¿Quién dijo eso?
El silencio se rompió.
El hombre enmascarado cerró los ojos.
—Ya empezó otra vez.
La presencia sonrió.
Si es que podía hacerlo.
—Nunca se detuvo.
El aire se volvió denso.
El libro se expandió.
El punto creció.
Y entonces…
dos voces.
Superpuestas.
Inestables.
—No abras…
—Déjame salir…
El nuevo hombre retrocedió.
—¿Qué está pasando?
El hombre enmascarado lo miró.
—Estás repitiendo el inicio.
El silencio cayó.
—¿Inicio de qué?
La respuesta no fue inmediata.
Pero cuando llegó…
no dejó espacio para duda.
—De lo que él intentó cerrar.
El aire se volvió insoportable.
El libro latió.
Una vez.
Dos.
Y el punto…
comenzó a abrirse.
Dentro del libro…
Elena abrió los ojos…
y no estaba sola.