Elena no despertó.
Porque nunca se durmió.
Abrir los ojos no fue un regreso.
Fue una adaptación.
El espacio no tenía arriba ni abajo. No había suelo ni paredes, pero tampoco vacío. Era una extensión contenida, como si el lugar existiera solo para sostener lo que estaba dentro.
Y dentro…
no estaba sola.
No lo vio primero.
Lo sintió.
Una presencia conocida.
Fragmentada.
—Adrián…
El nombre no se proyectó hacia adelante.
Se absorbió en el lugar.
Y la respuesta…
no vino desde un punto.
Vino desde todas partes.
—Elena…
La voz no estaba completa.
No tenía una dirección clara.
Pero era él.
O lo que quedaba de él.
Elena dio un paso.
No avanzó.
Pero algo cambió.
—¿Dónde estás?
El silencio se tensó.
—Aquí.
—Eso no me sirve.
—No puedes ubicarme como antes.
Elena respiró hondo.
—Entonces ayúdame a entender.
El silencio se volvió denso.
—No estoy en un lugar.
—Entonces qué eres.
La respuesta tardó.
Como si tuviera que formarse.
—Una fijación incompleta.
El aire se volvió pesado.
—Eso no es una respuesta —dijo Elena.
—Es lo más cercano que puedo darte.
Elena cerró los ojos un instante.
No para escapar.
Para concentrarse.
—Dijiste que podía traerte.
—Puedes.
El silencio cayó.
—Entonces dime cómo.
La respuesta no fue inmediata.
—No puedes traerme como estoy.
—Entonces cómo.
—Tienes que…
La frase se quebró.
No por duda.
Por interferencia.
El espacio vibró.
Algo más…
estaba ahí.
Elena lo sintió.
—No estamos solos.
El silencio se volvió absoluto.
—No —respondió Adrián—.
—Nunca lo estuvimos.
La presencia se manifestó.
No con forma.
Con presión.
Como si el espacio mismo se comprimiera alrededor de un punto invisible.
—Otra vez…
Elena se giró.
—¿Quién eres?
La respuesta no vino como antes.
No fue directa.
Fue… distorsionada.
—Lo que quedó cuando intentó fijarme.
El aire se volvió insoportable.
—No…
Adrián reaccionó.
—No lo escuches.
—No puedo ignorarlo.
La presencia se intensificó.
—No tienes que ignorarme.
Elena sintió un tirón en el pecho.
—Tienes que elegirme.
El silencio se rompió.
—No —dijo Adrián—.
—Sí —respondió la presencia—.
El espacio comenzó a cambiar.
No en forma.
En comportamiento.
Se volvió inestable.
Como si dos fuerzas intentaran definirlo al mismo tiempo.
—Esto no puede sostenerse —dijo Adrián—.
—No tiene que sostenerse —respondió la presencia—.
Elena retrocedió.
—¿Qué quieres?
La respuesta fue inmediata.
—Salir.
El silencio cayó.
—No voy a dejarte salir.
—No puedes detenerme.
—Sí puedo.
La presencia se tensó.
—No sin él.
El aire se volvió denso.
Elena giró.
—Adrián…
—No —respondió él—.
—No le des lo que quiere.
—¿Y tú? —preguntó ella—.
El silencio se tensó.
—¿Qué necesitas tú?
La respuesta tardó.
—Que me elijas.
Elena sintió que el espacio se cerraba.
—Eso no es una elección.
—Lo es —dijo la presencia—.
—Siempre lo fue.
El silencio cayó.
—Si me eliges…
La frase se detuvo.
—¿Qué?
—Él sale.
El aire se volvió insoportable.
Elena no respondió.
—Y tú te quedas.
El silencio se rompió.
—No.
—Sí.
Adrián intervino.
—Está mintiendo.
—No —respondió la presencia—.
—Solo no dice todo.
Elena respiró con dificultad.
—Entonces dilo tú.
El silencio se tensó.
—Si lo eliges…
La presencia se acercó.
—Tú también sales.
El aire se congeló.
—¿Qué?
—Pero no como eres ahora.
El silencio fue absoluto.
—¿Qué significa eso?
La respuesta fue clara.
—Significa que uno de ustedes… deja de ser necesario.
Elena sintió que algo dentro de ella se rompía.
—No…
Adrián reaccionó.
—No le creas.
—No es mentira —dijo la presencia—.
—Es equilibrio.
El espacio vibró.
Más fuerte.
Más inestable.
—Esto se está rompiendo —dijo Adrián.
—No —respondió la presencia—.
—Se está definiendo.
Elena cerró los ojos.
Sintió.
No el espacio.
No la presencia.
A él.
—Sigues ahí —murmuró.
—Sí.
—Entonces no voy a elegir eso.
El silencio cayó.
La presencia reaccionó.
—Entonces no sales.
Elena abrió los ojos.
—No vine a salir.
El aire se volvió denso.
—Vine a traerte.
El silencio fue absoluto.
Adrián respondió.
—Entonces tienes que hacerlo diferente.
—Dime cómo.
El silencio se tensó.
—No me traigas.
Elena dejó de respirar.
—¿Qué?
—Termíname.
El espacio se detuvo.
—No…
—Sí.
El silencio se volvió insoportable.
—No puedo hacer eso.
—Tienes que hacerlo.
—No.
—Es la única forma.
Elena retrocedió.
—No voy a destruirte.
—No es destruir.
El silencio cayó.
—Es cerrar.
La palabra quedó suspendida.
La presencia reaccionó.
—No.
—Sí —respondió Adrián—.
El espacio vibró con violencia.
—Si me completas…
El silencio se tensó.
—No queda nada para que él use.
La presencia se distorsionó.
—Eso no es posible.
—Lo es —dijo Adrián—.
—Pero no puedes hacerlo.
Elena tembló.
—No sé cómo.
El silencio cayó.
—Tienes que elegir.
—¿Elegir qué?
—No a quién.
El silencio se volvió absoluto.
—Qué termina.
El aire se volvió insoportable.