Ecos Perdidos

Capítulo 22: La Mano que Elige

La ruptura no fue limpia.

El libro no se abrió.

Se partió.

Como si algo desde adentro hubiese decidido que ya no necesitaba la forma que lo contenía. La cubierta cedió primero, luego las páginas, y finalmente el centro… donde el punto había latido.

De allí emergió la mano.

No como un gesto humano.

Como una afirmación.

El hombre enmascarado retrocedió un paso.

—No…

La mano no temblaba.

No dudaba.

Se apoyó sobre el borde del libro partido, marcando su presencia en el mundo con una precisión imposible.

Luego…

empujó.

El aire se distorsionó.

Y algo comenzó a cruzar.

—Se está abriendo —murmuró el hombre—.

La presencia detrás de él no respondió.

Porque no hacía falta.

Porque esto…

era lo que había estado esperando.

La segunda mano apareció.

Luego los brazos.

La forma no estaba completa.

No del todo.

Pero suficiente.

Un cuerpo comenzaba a definirse.

—No puedes dejarlo salir —dijo el hombre enmascarado.

—No puedo detenerlo —respondió la presencia.

El silencio se volvió insoportable.

—No completamente.

El hombre tensó los hombros.

—Entonces todavía hay un punto.

La presencia no negó.

—Sí.

El silencio cayó.

—Pero no aquí.

El hombre miró el libro.

La abertura no era estable.

No era un portal fijo.

Era una ruptura.

Y dentro…

algo seguía moviéndose.

—Está usando lo que quedó —dijo.

La presencia asintió apenas.

—Siempre lo hace.

El hombre avanzó un paso.

—Entonces tenemos que cerrarlo desde afuera.

—No puedes —respondió la presencia—.

—No como antes.

El silencio se tensó.

—Entonces cómo.

La respuesta no llegó.

Porque en ese instante…

la forma se completó.

No completamente.

Pero lo suficiente.

Un torso.

Un rostro.

O lo que intentaba ser uno.

Las facciones no eran estables.

Cambiaban.

Buscaban.

Probaban formas.

—No…

El hombre enmascarado se detuvo.

Porque lo reconoció.

No por lo que era.

Por lo que imitaba.

—Está tomando referencia.

La presencia observó.

—Todavía no elige.

El silencio cayó.

La forma giró.

Miró el espacio.

Luego…

lo miró a él.

Y por un instante…

el rostro…

fue Adrián.

El hombre retrocedió.

—No.

La forma sonrió.

No como él.

Como algo que lo había aprendido.

—Casi.

El silencio se volvió insoportable.

—Todavía no.

La forma se inclinó.

Como si evaluara su propia estructura.

Luego…

la ajustó.

Y el rostro…

cambió.

Ahora…

no era Adrián.

No era nadie.

Pero estaba más cerca.

—Está eligiendo —dijo el hombre.

La presencia respondió.

—Sí.

—Y cuando termine…

—Será estable.

El silencio cayó.

El hombre apretó los puños.

—No podemos dejar que termine.

La presencia lo miró.

—No puedes impedirlo.

—Entonces ayúdame.

El silencio se tensó.

—No estoy aquí para ayudarte.

El aire se volvió denso.

—Estoy aquí para asegurar que algo salga.

El hombre la miró.

—¿Algo?

—Sí.

El silencio cayó.

—No necesariamente eso.

El hombre comprendió.

—Entonces todavía hay una elección.

La presencia no respondió.

Pero no lo negó.

El libro crujió.

Los restos vibraron.

Y dentro…

algo más se movió.

—No…

El hombre giró.

—Todavía hay alguien adentro.

La presencia lo observó.

—Sí.

El silencio se volvió insoportable.

—Elena.

El aire se tensó.

—Y lo que queda de Adrián.

La forma emergente se detuvo.

Como si también escuchara.

Como si eso…

le interesara.

—No puedes dejar que lleguen primero —dijo el hombre.

—No depende de mí —respondió la presencia.

El silencio cayó.

La forma avanzó un paso.

Su estructura ya no se deshacía.

Se mantenía.

—Está casi listo.

El hombre miró el libro.

Luego la forma.

Luego la presencia.

—Entonces tenemos que romper el punto antes de que lo use.

La presencia inclinó la cabeza.

—No puedes romper lo que ya fue fijado.

—No completamente.

El silencio se tensó.

—Pero puedes desplazarlo.

El hombre la miró.

—¿A dónde?

La respuesta fue simple.

—A donde ya está abierto.

El aire se volvió pesado.

—No…

El hombre entendió.

—No quieres cerrarlo.

—No —respondió la presencia—.

—Quiero que termine.

El silencio cayó como una sentencia.

La forma dio otro paso.

Ahora…

era casi completa.

—Entonces no hay forma de detener esto.

La presencia lo miró.

—No de detenerlo.

El silencio se tensó.

—Solo de decidir…

La forma alzó la cabeza.

Y por primera vez…

habló.

—Quién sale.

El aire se volvió insoportable.

El hombre enmascarado retrocedió.

El libro vibró con violencia.

Y desde su interior…

una segunda ruptura se abrió.

Más pequeña.

Más débil.

Pero real.

—Ahí —dijo el hombre.

La presencia no se movió.

—Ese es el punto.

El silencio cayó.

—El que queda.

El hombre respiró hondo.

—Entonces todavía hay una forma.

La presencia lo miró.

—Sí.

El silencio se volvió absoluto.

—Pero no la decides tú.

Dentro del punto…

Elena tomó la mano de Adrián…

y el espacio…

comenzó a cerrarse sobre ellos.




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