Ecos Perdidos

Capítulo 25: La Mitad que Permanece

No hubo sonido.

No hubo luz.

No hubo señal clara que indicara cuál de las dos mitades estaba siendo elegida.

Solo una sensación.

Un desplazamiento imperceptible que alteró el equilibrio del espacio.

Y luego…

la pérdida.

Elena lo sintió primero.

No en el cuerpo.

En el vínculo.

—No…

La mitad frente a ella comenzó a perder definición.

No se rompía.

No colapsaba.

Se diluía.

Como si el espacio dejara de reconocerla como necesaria.

—No… Adrián…

Él no respondió de inmediato.

Porque también lo sentía.

Pero de otra forma.

—No soy yo —dijo finalmente.

El silencio cayó.

—¿Qué?

—No es mi mitad la que está desapareciendo.

El aire se volvió insoportable.

Elena dio un paso adelante.

—No…

La línea no estaba.

No había barrera.

Pero tampoco había paso.

El espacio entre ellos ya no era una división.

Era una negación.

—No…

La figura frente a ella…

ya no coincidía.

No completamente.

—Elena…

La voz era suya.

Pero no del todo.

—Escúchame.

El silencio se volvió insoportable.

—No…

—No soy el que puede salir.

La frase cayó como una fractura.

—No…

—Sí.

El espacio vibró.

La mitad de Adrián que permanecía estable…

no era la que ella sostenía.

—No puede ser…

—Tiene que ser.

El silencio cayó.

—Si yo salgo…

La figura se desdibujó un poco más.

—Él sale conmigo.

El aire se volvió denso.

—No…

—Y entonces nada se cierra.

El silencio se volvió insoportable.

Elena sintió que algo dentro de ella se rompía.

—Entonces…

La frase no se completó.

Porque ya lo sabía.

—Tú no sales.

El silencio fue absoluto.

La figura asintió.

—No.

El aire se volvió insoportable.

—No…

—Sí.

El espacio reaccionó.

No con violencia.

Con aceptación.

La otra mitad…

la que no estaba frente a ella…

se volvió más sólida.

Más definida.

Más real.

—Esa es la que va a salir —dijo Adrián.

Elena no lo miró.

No podía.

—No te voy a dejar.

—No es una elección.

—Sí lo es.

El silencio se tensó.

—No aquí.

El aire se volvió pesado.

—Entonces rompemos esto.

—No puedes.

—Lo hicimos antes.

—No así.

El espacio vibró.

Más fuerte.

—Esto ya decidió.

El silencio cayó.

—Entonces yo decido otra cosa.

El aire se tensó.

—No hay otra cosa.

Elena avanzó.

No físicamente.

En intención.

—Entonces la creo.

El silencio se volvió absoluto.

—No puedes.

—Sí puedo.

El espacio reaccionó.

La mitad que se desvanecía…

titubeó.

—No…

—Sí.

Elena cerró los ojos.

Sintió.

No el punto.

No la división.

A él.

—No te voy a perder.

El silencio se tensó.

—No me estás perdiendo.

—Sí.

—No.

El aire se volvió insoportable.

—Me estás terminando.

La frase cayó con una calma devastadora.

Elena dejó de respirar.

—No…

—Sí.

El silencio se volvió denso.

—Eso es lo que significa cerrar.

El espacio vibró.

—No quiero cerrar.

—Entonces no salimos.

El aire se volvió insoportable.

—No me importa.

—A mí sí.

El silencio cayó.

—Porque ya sé lo que pasa si no lo hacemos.

Elena abrió los ojos.

—¿Qué pasa?

La figura ya casi no tenía forma.

—Se repite.

El silencio se volvió absoluto.

—Todo.

El aire se volvió denso.

—Otra vez.

Elena sintió el peso de la palabra.

—No…

—Sí.

El espacio se estabilizó.

La decisión ya estaba tomada.

—Entonces hazlo.

Elena tembló.

—No puedo.

—Sí puedes.

—No.

—Elena.

La voz fue clara.

Completa.

Por un instante.

—Mírame.

Elena lo hizo.

Y lo vio.

No fragmentado.

No incompleto.

Él.

—Esto no es perderme.

El silencio cayó.

—Es terminarme bien.

El aire se volvió insoportable.

—No…

—Sí.

El espacio reaccionó.

La mitad comenzó a cerrarse.

—Hazlo tú.

El silencio se tensó.

—No dejes que el lugar lo haga.

Elena respiró con dificultad.

—No sé cómo…

—Ya lo hiciste antes.

El silencio cayó.

—Elige qué queda.

El aire se volvió pesado.

Elena cerró los ojos.

Sintió.

No el miedo.

No la pérdida.

A él.

—Tú.

La palabra salió.

Sin duda.

Sin quiebre.

—Tú te quedas.

El espacio respondió.

La mitad se fijó.

Y luego…

se cerró.

No como desaparición.

Como conclusión.

El silencio fue absoluto.

La otra mitad…

se estabilizó completamente.

Más real.

Más firme.

Más presente.

Elena abrió los ojos.

Y lo vio.

Adrián.

Completo.

De pie frente a ella.

Respirando.

Mirándola.

—…

El silencio se sostuvo.

—Adrián…

Él no respondió.

No de inmediato.

Porque algo…

no coincidía.

—Salimos —dijo finalmente.

El aire se volvió insoportable.

Elena sintió el cambio.

—Sí…

Pero no dio un paso.

Porque lo sintió.

—No…

El silencio se tensó.

—No eres tú.

Adrián la miró.

Sin emoción.

—Sí lo soy.

El aire se volvió denso.

—No.

El silencio cayó.

—Eres lo que salió.

La frase quedó suspendida.

Adrián sonrió.

No como antes.

—Exacto.

Afuera…

el hombre enmascarado…

vio salir a Adrián…

y supo…

que había perdido.




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