No hubo señal.
No hubo conexión visible.
No hubo rastro que uniera ese lugar con lo que estaba ocurriendo.
Y aun así…
sucedió.
—Creo que soy el siguiente.
La frase no fue pensada.
No fue construida.
Salió.
Como si siempre hubiera estado ahí.
Esperando.
El hombre…
no entendió por qué la dijo.
Se quedó quieto.
Confundido.
—¿Qué…?
Miró alrededor.
Nada había cambiado.
La habitación seguía igual.
La luz.
El aire.
El tiempo.
Todo normal.
Y sin embargo…
no lo estaba.
—No…
Sintió algo.
No en el cuerpo.
En la forma en que percibía.
—No…
El mundo…
se volvió más claro.
No más brillante.
Más definido.
—¿Qué está pasando…?
El silencio no respondió.
Pero algo dentro de él…
sí.
—Ahora empiezas.
La voz no fue externa.
No fue ajena.
Pero tampoco era suya.
—No…
El hombre retrocedió un paso.
—No…
—Sí.
La certeza no permitió negación.
—Ya estás en el punto.
El aire se volvió denso.
—¿Qué punto?
El silencio cayó.
—El que no elegiste.
El hombre dejó de respirar por un instante.
—No entiendo…
—No necesitas entender.
El aire se volvió pesado.
—Necesitas sostener.
El silencio se tensó.
—¿Sostener qué?
La respuesta fue inmediata.
—Lo que aparece.
El mundo…
cambió.
No en forma.
En estructura.
Las cosas no se movieron.
Pero dejaron de ser exactamente lo mismo.
—No…
El hombre cerró los ojos.
Intentó negar.
Pero no había a qué volver.
—No…
Cuando los abrió…
ya estaba.
El centro.
No visible.
Pero presente.
—…
No dolía.
No pesaba.
No invadía.
Simplemente…
se sostenía.
—¿Esto…?
La voz respondió.
—Sí.
El aire se volvió denso.
—Es tuyo.
El hombre tembló.
—No quiero esto.
El silencio no reaccionó.
—No es opcional.
El aire se volvió pesado.
—No lo elegiste.
El silencio se tensó.
—Pero ahora te define.
El hombre respiró con dificultad.
—No…
—Sí.
El aire se volvió insoportable.
—Eres el siguiente.
El silencio cayó.
El centro…
creció.
No en tamaño.
En presencia.
Y con él…
el mundo…
respondió.
No todo.
Pero algo.
—No…
El hombre lo sintió.
—Esto no está solo en mí.
El silencio se tensó.
—No.
El aire se volvió pesado.
—Se extiende.
El silencio cayó.
—Entonces esto no es interno.
—Nunca lo fue.
El aire se volvió denso.
El hombre miró sus manos.
No eran distintas.
Pero ya no eran suficientes para definirse.
—¿Qué hago?
El silencio no dudó.
—Nada.
El aire se volvió insoportable.
—Solo sostén.
El silencio cayó.
—Y observa.
El hombre no entendió.
Pero no podía dejar de hacerlo.
Porque ahora…
todo lo que percibía…
giraba alrededor de ese centro.
—No…
El mundo no había cambiado.
Pero su relación con él…
sí.
—Esto no se detiene.
El silencio respondió.
—No.
El aire se volvió pesado.
—Y no vuelve atrás.
El silencio cayó.
—Nunca.
El hombre cerró los ojos.
Y por primera vez…
no intentó escapar.
Solo…
sostuvo.
Y en ese instante…
el centro…
se estabilizó.
Mientras tanto…
Elena lo sintió.
No como punto.
No como red.
Como aparición.
—Ya pasó.
El silencio cayó.
El hombre enmascarado la miró.
—¿Qué?
El aire se volvió denso.
—Otro.
El silencio se tensó.
—Ya hay otro centro.
El aire se volvió insoportable.
La presencia asintió.
—Entonces el patrón continúa.
El silencio cayó.
Adrián sonrió.
Pero ahora…
no estaba solo dentro de él.
—Te lo dije.
El aire se volvió pesado.
—No termina conmigo.
El silencio se tensó.
Elena no respondió.
Porque ya no se trataba de uno.
Ni de dos.
—Esto…
El aire se volvió denso.
—ya no se puede contar.
El silencio cayó.
—Se está multiplicando sin límite.
El aire se volvió insoportable.
La presencia habló con calma.
—Entonces el equilibrio que propusiste…
El silencio se tensó.
—va a ser puesto a prueba.
El aire se volvió pesado.
Elena cerró los ojos.
Sintió el campo.
No como uno.
No como red.
Como múltiples centros.
Interfiriendo.
Coexistiendo.
Expandiéndose.
—Sí.
El silencio cayó.
—Y esto recién empieza.
Uno de esos nuevos centros…
no se estabilizó…
y en lugar de sostenerse…
colapsó…
llevándose consigo…
todo lo que lo rodeaba.