Ecos sobre una balada de melancolía

Capitulo 2 : La culpa

NOVIEMBRE 2018

Después de aquel beso todo cambió.

Y al mismo tiempo…

nada cambió realmente.

Alastor y yo nunca hablamos directamente de lo que pasó aquella mañana en mi

apartamento.

No hubo una conversación formal.

Ni promesas.

Ni definiciones.

Solo empezamos a buscarnos más.

Como si ambos hubiéramos entendido silenciosamente que cruzamos una línea de la

cual ninguno quería regresar.

Las noches de karaoke se volvieron n uestra rutina favorita.

Richard siempre llegaba diciendo que esta vez sí cantaría sobrio y quince minutos después

ya estaba destruyendo canciones románticas mientras Aurora le gritaba que dejara de

humillarse.

Adriana apenas empezaba a integrarse al grupo y siempre terminaba riéndose de

nosotros como si llevara años conociéndonos.

Y Alastor…

Alastor siempre terminaba sentado a mi lado.

A veces nuestras piernas se rozaban debajo de la mesa.

Otras veces nuestras manos terminaban chocando accidentalmente al buscar b ebidas.

Pequeñas cosas.

Insignificantes para cualquiera más.

Pero para mí se sentían enormes.

Una noche Richard decidió irse temprano con una chica que conoció en el bar.

Aurora también desapareció poco después alegando que tenía clases temprano.

Y sin darme cuenta Alastor y yo volvimos a quedar solos.

—Creo que oficialmente sobrevivimos otra salida grupal —dije mientras caminábamos

por la calle húmeda.

—No sé cómo seguimos soportando a Richard.

—Porque alguien tiene que recordarle que no puede cantar.

Alastor soltó una risa tan genuina que terminé riéndome también.

Había algo peligroso en verlo feliz.

Porque me hacía querer quedarme ahí para siempre.

El frío esa noche era insoportable.

Entramos a una cafetería pequeña que todavía seguía abierta.

Alastor pidió café negro.

Yo chocolate caliente.

—Eso explica muchas cosas sobre ti —dijo burlándose.

—¿Qué cosas?

—Pareces serio pero realmente eres un anciano emocional.

—Y tú eres un niño traumado atrapado en el cuerpo de alguien atractivo.

Alastor casi escupe el café riéndose.

Y fue en ese momento cuando me di cuenta de algo:

me encantaba hacerlo reír.

La conversación se volvió más tranquila conforme avanzaba la noche.

Hablamos de música.

Películas.

Familia.

Hasta que Alastor empezó a jugar nerviosamente con la taza de café.

—¿Puedo preguntarte algo?

—Depende.

—¿Te ha gustado alguien… de verdad?

La pregunta me tomó desprevenido.

Lo observé unos segundos antes de responder.

—Sí.

—¿Y cómo se siente?

No entendía por qué su voz sonaba tan seria.

Bajé la mirada al chocolate caliente intentando ordenar mis pensamientos.

—Se siente como querer quedarte en un lugar incluso cuando sabes que eventualmente

te va a destruir.

Alastor dejó de mover la taza.

Y durante unos segundos ninguno habló.

Porque ambos entendimos perfectamente lo que acababa de decir.

Las semanas siguientes empezamos a pasar más tiempo juntos fuera del grupo.

Alastor llegaba a mi apartamento después del trabajo diciendo que solo estaría unos

minutos y terminaba quedándose hasta la madrugada.

A veces estudiábamos.

Otras veces simplemente hablábamos acostados en el sofá.

Y otras veces…

solo nos besábamos durante horas como si estuviéramos intentando recuperar tiempo

perdido.

Una madrugada Alastor estaba recostado sobre mi pecho mientras afuera llovía

nuevamente.

—¿Nunca te da miedo? —preguntó de pronto.

—¿Qué cosa?

—Esto.

Su voz sonó distinta.

Más pequeña.

Miré el techo unos segundos antes de responder.

—Sí. Todo el tiempo.

Alastor levantó apenas la cabeza para verme.

—Entonces… ¿por qué sigues aquí?

Lo miré directamente.

Y esa fue probablemente la primera vez que fui completamente honesto con él.

—Porque cuando estoy contigo todo se siente más fácil de soportar.

Alastor no respondió.

Solo volvió a abrazarme más fuerte.

Como si también tuviera miedo de que desapareciera.

DICIEMBRE 2018

Los meses pasaban volando entre compras navideñas, visitas familiares y turnos

agotadores en el trabajo.

Parecía que no quedaba tiempo para nada más.

Salvo para Alastor.

Porque de alguna manera siempre terminaba apareciendo en mi apartamento i ncluso

cuando juraba que solo se quedaría “cinco minutos”.

Cinco minutos que normalmente terminaban convirtiéndose en horas.

Alastor llegaba muchas veces todavía con el uniforme del trabajo medio desacomodado y

apenas entraba se dejaba caer en mi sofá como si ese lugar también fuera suyo.

Y honestamente…

empezaba a sentirse así.

Hablábamos de cualquier cosa.

De compañeros insoportables.

De jefes ridículos.

De películas.

De música.

O simplemente de temas absurdos.

Una noche pasamos casi una hora discutiendo seriamente sobre si los gatos ocultaban

una civilización secreta y dominaban el mundo desde las sombras.

Alastor estaba acostado usando mis piernas como almohada mientras yo le acariciaba el

cabello entre risas.

—Te juro que los míos me observan demasiado fijamente.

—Eso es porque saben cosas.

—No me ayudas.

Y verlo reírse así…

libre,

sin miedo,

sin pensar demasiado,

empezaba a convertirse lentamente en mi cosa favorita del mundo.

Pero diciembre también empezó a mostrarme partes de Alastor que antes no veía.

Partes más oscuras.

Más rotas.

Una noche mientras afuera llovía y las luces navideñas iluminaban apenas la sala, Alastor

se quedó extrañamente callado mirando el techo.

—Mi primo es gay.

Lo dijo de golpe.




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