Edición Inesperada

CAPÍTULO 1: EL ENIGMA EN EL AULA

CAPÍTULO 1: EL ENIGMA EN EL AULA

PERSPECTIVA DE BULMA

Después de lo que parecieron siglos de tormentas, finalmente el cielo se despejó. Mi madre y mi padre, Kurama, finalmente se han unido en un matrimonio que parecía imposible. La fiesta fue un evento que, siendo sincera, rayaba entre lo romántico y lo, bueno, "asqueroso" —sus palabras, no las mías— al verlos bailar sin separarse ni un centímetro, perdiéndose en besos y abrazos que hacían que cualquiera se sintiera un intruso.

La noche avanzada trajo consigo un silencio necesario. Nana, mi pequeña, se quedó profundamente dormida; por fortuna, Alice se ha hecho cargo de ella, llevándosela a casa para que pudiera descansar en paz. Kazehaya, por su parte, se ha mantenido un poco apartado, sumido en sus propios pensamientos. Creo que ver este despliegue de amor familiar le ha traído recuerdos dolorosos sobre la última vez que Milk y él estuvieron juntos. A veces, en mis momentos de mayor lucidez, deseo que esa historia jamás hubiera tenido un final tan abrupto, o al menos, que hubiera terminado de una forma distinta.

He bailado con uno que otro familiar de Kurama, personas que, aunque recién conocidas, han demostrado una calidez que me hace sentir que, por fin, tenemos esa gran familia amorosa que tanto anhelábamos. Ya es tarde, la mayoría de los invitados se han marchado, y el cansancio empieza a pesar en mis hombros. Decido alejarme del ruido y la música que aún resuena débilmente, buscando un poco de aire fresco en el jardín.

Me dirijo hacia la zona donde se encuentra un pequeño lago. La orilla está bañada por una luz tenue que proviene de los faroles del fondo, y me siento en una piedra, observando el reflejo de las estrellas sobre el agua. No busco compañía, solo un instante de introspección para procesar este nuevo comienzo. Sin embargo, después de un rato, escucho el crujido de la hierba bajo unas botas.

—Oh, perdón... pensé que este lugar estaba solo —dice una voz profunda.

Al voltear, mis ojos tardan un segundo en acostumbrarse a la oscuridad. Es un hombre, alto y con una presencia que se impone incluso antes de que la luz de los faroles lo alcance plenamente. Su cabello anaranjado resalta en la penumbra y sus ojos negros parecen observar todo sin esfuerzo. Viste un traje gris impecable que parece haber sido hecho a medida.

—Está bien —respondo, tratando de sonar relajada—. También necesitaba alejarme un poco. —¿Te importaría si te acompaño? Estoy algo tomado y necesito aire fresco, lejos de esos tórtolos de la pista de baile —dice, señalando vagamente hacia la fiesta.

Me echo a reír. No tendría idea de que esos "tórtolos" son mis padres. —Está bien, puedes sentarte. Pero te advierto: sé defenderme. "Todo por sobrevivir, parece el instinto de supervivencia regresa a nuestra piel".

El hombre se queda en silencio un segundo, sorprendido por mi réplica. Luego, con una voz suave, completa la frase: —"Nos carcome la fortaleza al perder un pedazo de cabeza, ya que nos acecha como si conociera la raíz a nuestro dolor".

Lo miro boquiabierta. Ese es un poema de Lina Ru. —Es uno de mis favoritos —susurro, incrédula. —El mío también —responde, sentándose a mi lado.

Saca de su chaqueta una botella de champán y la ofrece con elegancia. Empezamos a beber y a hablar de poesía, de autores malditos y de versos olvidados. Jamás, en toda mi existencia, había encontrado a alguien con quien pudiera conectar de una manera tan rápida y profunda. El tiempo parece detenerse mientras discutimos sobre el simbolismo de las metáforas en la literatura francesa.

—¿Cómo sabes tanto sobre esto? —le pregunto, genuinamente curiosa. —Estudié literatura en Francia durante cuatro años —responde, mirándome con atención—. ¿Y cómo es posible que una chica tan joven y radiante como tú conozca poemas tan profundos y cargados de dolor?

Mi sonrisa se desvanece de inmediato. El recuerdo de mi pasado, de las sombras que he tenido que atravesar para llegar hasta aquí, golpea mis defensas. —De niña, digamos que la literatura fue mi única distracción. Mi único refugio. —Debió haber sido duro —dice él, y su voz no suena a lástima, sino a comprensión real. Es como si pudiera ver a través de las capas que he construido a mi alrededor—. Pero ese dolor te hizo la chica maravillosa que eres hoy.

El silencio que sigue es pesado, pero no es incómodo. Es un silencio eléctrico. Volteo a verlo y él ya tiene sus ojos fijos en mí, con una sonrisa magnética que me desarma por completo. Sin pensarlo mucho, movida por la inercia del alcohol y la intensidad del momento, acorto la distancia entre nosotros.

Nuestros labios se encuentran. Es un beso tierno, vacilante al principio, casi como una pregunta. Pero en cuanto sus labios rozan los míos, siento una descarga que recorre mi espina dorsal. Él se separa un poco, luciendo genuinamente desconcertado. —Perdón... no quería ser grosero. No sé qué me pasó, yo...

Sin dejarlo terminar, tomo la decisión más impulsiva de mi vida. —¿Puedes volver a hacerlo? —le pido.

Él me mira con los ojos abiertos de par en par, impresionado por mi audacia. Yo misma me pregunto de dónde salió esa pregunta, pero el deseo que comienza a burbujear en mi pecho es más fuerte que cualquier lógica. Él se acerca de nuevo, y esta vez el beso no tiene nada de tierno. Es una respuesta, una declaración de guerra contra la frialdad del mundo. Es apasionado, urgente, devorador. El corazón me late con tal fuerza que temo que pueda escucharlo. Necesito aire, pero no quiero separarme de él.

—¿Quién eres tú? —pregunto cuando finalmente nos separamos, sus ojos oscurecidos por el deseo. —¿Por qué no intentas descubrir quién soy? —respondo con una sonrisa pícara que no sabía que poseía. —Pues que empiece el juego —dice él, riendo antes de volver a reclamar mis labios.

Pasamos horas en esa burbuja, besándonos, riendo y conversando en las sombras del jardín. Volvimos a la fiesta solo para bailar, intercambiando miradas cómplices que nadie más notaba. No hicimos nada más, pero la intensidad de ese contacto fue suficiente para dejarme marcada. No soy una chica de romances pasajeros, mi vida no me permite ese lujo, pero por primera vez en años, simplemente me dejé llevar. Y, para mi sorpresa, me encantó.




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