CAPÍTULO 2: EL DESTINO Y SUS JUGADAS MALDITAS
PERSPECTIVA DE SORA
La boda de Kurama había sido, bajo cualquier estándar objetivo, un éxito estruendoso. Pero para mí, llegar tarde fue una odisea que casi me cuesta la paciencia. Cuando finalmente pisé el lugar del evento, los novios ya estaban terminando de bailar, dirigiéndose a la mesa principal para brindar. Me acerqué con paso firme, sintiendo el peso del regalo en mi bolsillo y una sonrisa genuina dibujándose en mi rostro.
—¿Cuánto tiempo sin verte, gordito? —dije, elevando la voz para que me escuchara sobre la música.
Kurama se detuvo en seco. Su expresión pasó de la molestia por la interrupción a una sorpresa absoluta cuando me identificó. No pudo evitar soltar una carcajada que resonó en todo el recinto.
—¡Sora! —exclamó, lanzándose hacia mí y estrechándome en un abrazo que casi me quita el aire—. Hace años que nadie se atrevía a llamarme así. ¡Qué alegría tenerte aquí después de tanto tiempo! —También me alegra verte, primo. Aunque me alegraría más si me presentaras a la desafortunada que ha decidido convertirse en tu esposa —bromeé, guiñándole un ojo.
Él rió de nuevo y llamó a su pareja. Haruhi se acercó, radiante, y se colocó a su lado.
—Amor, déjame presentarte a mi mejor amigo y primo, Sora. Sora, ella es Haruhi, el amor de mi vida.
Le estreché la mano con cortesía, dedicándole una sonrisa cálida. —Bienvenida a la familia, Haruhi. Espero que este "gordito" sepa cuidarte como mereces. Y, por cierto, si alguna vez te hace algo, solo llámame; con gusto te puedes venir conmigo.
Sentí un golpe seco en el hombro de parte de Kurama. Haruhi soltó una carcajada cristalina. —Ten más respeto, idiota —replicó él, aunque no había veneno en su voz. —Perdón, gordito. No pude evitarlo, tenía que intentarlo antes de que comience el tormento de la convivencia contigo.
La noche transcurrió entre risas, chistes internos y la calidez de ver a mi primo, el eterno mujeriego, finalmente sentado con una mujer que parecía entenderlo a la perfección. Le entregué el regalo de parte de la tía Katy: un collar de diamantes que, a pesar de nuestra fortuna, siempre me pareció un accesorio sin alma, aunque ella insistió en su valor sentimental. Luego, le entregué mi propio obsequio: dos pasajes a París con todos los gastos pagados.
—Oye, esto es genial. Gracias, primo —dijo, luciendo genuinamente conmovido. —Muchas gracias, Sora —intervino Haruhi—, pero el vuelo sale mañana. No puedo dejar a los niños tanto tiempo.
Fue entonces cuando lo vi claro. —Creo que tengo la solución. Si están de acuerdo, puedo cuidar de ellos mientras viajan. —Me parece una idea maravillosa —dijo Kurama, aliviado—. Podemos enviar a Nana con mis padres; le encantará pasar tiempo con sus abuelos. Bulma y Kazehaya se quedarán con el resto.
Vi una sombra de duda en los ojos de Haruhi, pero tras un breve momento, aceptó. Fue ahí cuando me presentó a los niños. Nana, una niña pequeña con un vestido azul, bailaba alegremente con Alice, quien lucía deslumbrante en un traje plateado. Mis otros sobrinos, sin embargo, parecían haberse esfumado en la multitud.
—Está bien, después los conoceré —dije, sintiendo que mi labor ya estaba cumplida.
Dejé que los novios disfrutaran su noche y me dediqué a saludar a mis tíos y primos: Carlos, Gabriel, Fernando y Paula. Conversar con ellos fue como viajar al pasado, cinco años de ausencia se desvanecieron entre copas y abrazos. Pero, quizás, bebí más de la cuenta. El mareo empezó a ser una señal de alerta, así que me alejé del bullicio buscando el aire frío del jardín.
La oscuridad me recibió con los brazos abiertos. A lo lejos, las luces de la fiesta reflejaban destellos en la superficie de un lago artificial. Mientras caminaba, la figura solitaria sentada en una piedra llamó mi atención. Cuando ella volteó, el tiempo pareció suspendido.
Tenía el cabello castaño, ojos de un azul penetrante y un vestido negro con un escote de corazón que le sentaba como una segunda piel. Mi corazón, que durante años había mantenido un ritmo monótono y frío, comenzó a latir con una fuerza salvaje.
—Oh, perdón... pensé que este lugar estaba solo —dijo ella, con una voz que era música en medio del silencio. —Está bien. Yo también buscaba un poco de paz —respondí, acercándome con una sonrisa que no pude contener. —¿Te importaría si te acompaño? Estoy algo tomado y necesito aire fresco, lejos de los tórtolos de la pista —dije, señalando hacia donde estaban mis primos.
Ella soltó una risa deliciosa. Fue entonces cuando, para probarla, cité el poema de Lina Ru. —"Todo por sobrevivir, parece el instinto de supervivencia regresa a nuestra piel". Ella no dudó ni un segundo. —"Nos carcome la fortaleza al perder un pedazo de cabeza, ya que nos acecha como si conociera la raíz a nuestro dolor".
Me quedé estupefacto. Jamás, en mis veintisiete años de vida, había conocido a alguien que compartiera esa predilección por la literatura melancólica. Durante las siguientes tres horas, el champán fue solo un acompañante; la verdadera droga fue nuestra conversación.
—¿Cómo sabes tanto de esto? —le pregunté, cautivado. —Estudié literatura en Francia durante cuatro años —respondí, mirándola fijamente—. ¿Y tú? ¿Cómo es que una chica tan joven tiene tanta profundidad?
Vi cómo su sonrisa flaqueaba. El dolor cruzó su rostro como un relámpago, y aunque intentó esconderlo detrás de una fachada de ligereza —mencionando que fue su distracción de niña—, supe que había tocado una fibra sensible.
—Debió ser duro —dije, buscando honestidad—. Pero eso te hizo la mujer maravillosa que eres ahora.
El silencio fue el puente hacia nuestro primer beso. Fue tierno, tímido, una descarga eléctrica que me recorrió hasta los huesos. Cuando ella me pidió que lo repitiera, mi sangre se encendió. El segundo beso fue salvaje, una necesidad física que pedía mucho más de lo que podíamos tener en ese rincón oculto.
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Editado: 10.07.2026