Edición Inesperada

CAPÍTULO 3: ENTRE EL DEBER Y EL DESEO

CAPÍTULO 3: ENTRE EL DEBER Y EL DESEO

PERSPECTIVA DE BULMA

Por primera vez en mis años de estudiante, la clase de literatura se convirtió en una tortura silenciosa. Mi cuaderno estaba abierto sobre el pupitre, pero las páginas permanecían en blanco. Mi mente, en cambio, era un torbellino de imágenes: la luz de los faroles sobre el lago, el sabor del champán en sus labios, y la mirada eléctrica que él me dedicaba cada vez que caminaba cerca de mi lugar. Estar en la misma habitación que Sora me hacía sentir expuesta, como si él pudiera leer mis pensamientos a través del aire que ambos compartíamos.

El sonido de la campana de salida fue el único alivio que recibí en casi una hora. No esperé a nadie; recogí mis cosas con manos temblorosas y salí disparada del salón, atravesando los pasillos con la urgencia de alguien que huye de un incendio. Mis pies me llevaron por inercia hacia el techo de la universidad, mi santuario. Es el único lugar donde la presión social, las expectativas de mis padres y esta nueva y aterradora complicación que llamo "Sora" se desvanecen. Allí, bajo el cielo abierto, pude finalmente respirar.

Sin embargo, el refugio no duró lo suficiente. Tuve que bajar para la clase de lenguaje, donde Paula y Rebeca ya me esperaban.

—¿Oye, a dónde te fuiste durante el descanso? —preguntó Paula, mirándome con esa curiosidad incisiva que me obligaba a levantar muros.

—Solo salí a caminar, no me sentía muy bien —respondí, sentándome entre ambas.

Rebeca, siempre protectora, me observó con preocupación. — ¿Estás enferma? Tengo algunas pastillas en mi bolso si quieres una.

—Estoy bien, solo necesitaba un poco de aire —les aseguré. Durante el resto de la clase, traté de enfocarme, pero las palabras del profesor se mezclaban con el recuerdo de nuestra conversación en la fiesta. ¿Qué estaba haciendo yo? ¿Cómo es que un completo extraño de una noche se había convertido en mi profesor y, para colmo, en un huésped en mi propia casa?

Al terminar, me dirigí al estacionamiento con la esperanza de irme rápido. Pero al ver el auto de Sora cerca del mío, una parte de mí quiso correr en la dirección opuesta. Él me esperaba, con esa sonrisa radiante que me desarmaba y me obligaba a ruborizarme.

—Parece que el juego terminó más pronto de lo que esperaba —dijo él, apoyándose contra la carrocería de mi coche. —Creo que así parece —respondí, cruzándome de brazos para ocultar cuánto me temblaban las manos. —Es el destino, Bulma —se acercó, reduciendo el espacio entre nosotros hasta que sentí el calor de su respiración—. Pero tenemos que hablar.

Mi corazón dio un vuelco. La seriedad en su voz me asustó más que sus bromas. —Si bueno, debe ser en otra oportunidad. Tengo que irme, me están esperando. —Bueno, al menos dame tu teléfono —dijo, sacando el suyo con una persistencia que no pude ignorar.

—No creas que será todo fácil —le dije, dándole mi número mientras me subía al auto—. Aún tenemos que conocernos. Adiós.

Arranqué a toda velocidad, intentando alejarme de esa tentación. Al llegar a casa, encontré a mi hermano Kazehaya comiendo en la cocina. Mientras hablábamos, una llamada de mi madre interrumpió el momento. Era una videollamada desde París. Estaban felices, radiantes, lejos de nuestras preocupaciones cotidianas. Pero cuando estaba a punto de contarles sobre el nuevo profesor, un golpe en la puerta cambió el rumbo de mi vida.

Al abrirla, la sorpresa fue total: Sora estaba allí, con una maleta y una expresión de confusión que reflejaba la mía. —¿Tú qué haces aquí? —pregunté, sin poder ocultar mi asombro.

—¿Esta es la casa donde vive Haruhi? —preguntó él, mirando su teléfono—. ¿Tú eres su hija?

La conversación que siguió fue un desfile de confusiones. Mi madre, al otro lado de la pantalla, explicó que Sora no era solo un profesor cualquiera, sino su primo político y mejor amigo de la infancia. La noticia de que viviría con nosotros durante la ausencia de mis padres me dejó en un estado de shock absoluto. El chico que besé bajo la luna, el hombre al que intentaba evitar para proteger mi corazón, ahora dormiría al frente de mi habitación.

Tras un recorrido tenso por la casa, donde mi hermano le mostró su cuarto —que era la antigua habitación de invitados—, me encerré en mi cuarto. Pasé horas meditando, frustrada. Conté mentalmente la lista de desastres:

  1. Besé a un extraño en una fiesta.

  2. Ese extraño es mi nuevo profesor.

  3. Resulta ser parte de mi familia política.

  4. Ahora vive bajo mi mismo techo.

Llegué a una conclusión drástica: esto es imposible. Debo mantenerme al margen. Debo concentrarme en mi libro. He estado escribiendo sobre el amor durante meses, buscando la "persona ideal", y aunque Sora despertó algo que nunca antes había sentido, el riesgo de repetir los errores del pasado de mi madre es demasiado alto. No puedo permitirme salir herida.

Al día siguiente, me levanté decidida. Elegí un conjunto amarillo vibrante, una falda negra y mis botas más elegantes. Me maquillé con cuidado, tratando de proyectar una seguridad que estaba lejos de sentir. En la cocina, me encontré con mi hermano, quien actuaba de forma extraña, pero no tuve tiempo de interrogarlo. Recibí un mensaje de Rebeca.

"Buenos días, amiga. Necesito un favor, nos vemos en el jardín sur".

Al salir de la cocina, Sora apareció. Llevaba su traje de profesor, viéndose peligrosamente atractivo. —Buenos días —dijo, y la tensión en el aire se volvió tangible. —Nos vemos en clase, profesor —dije, evitando mirarlo a los ojos. —Por favor, dime Sora en privado —corrigió él. —Nos vemos, Sora —sentencié antes de salir corriendo hacia mi auto.

Al llegar a la universidad, Rebeca me esperaba con una revista de farándula en mano. —¡No vas a creer esto! —exclamó—. Resulta que nuestro nuevo profesor es un famoso escritor y poeta en Londres. Ha ganado premios internacionales.




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