Edición Inesperada

CAPÍTULO 4: RITMOS, MENTIRAS Y VERDADES OCULTAS

CAPÍTULO 4: RITMOS, MENTIRAS Y VERDADES OCULTAS

PERSPECTIVA DE BULMA

La vida parece haber adquirido un ritmo frenético que mi mente apenas alcanza a procesar. Me levanté tarde, con la confusión del día anterior aún adherida a mis párpados. Al bajar a la cocina, solo encontré una nota de Kazehaya. "Bulma, el desayuno está listo. Esta noche no pasaré por casa, tengo asuntos que resolver. PD: Sora ya se fue". Me quedé observando el plato de cereal, preguntándome qué demonios estaba ocultando mi hermano. Últimamente, su comportamiento era un enigma, pero decidí no presionarlo; la confianza es algo que se gana con tiempo, no con interrogatorios.

Sin embargo, el nombre de Sora en la nota fue como un latigazo. Ya habían pasado dos semanas desde aquel "es imposible" que nos lanzamos en el salón. Dos semanas de silencios incómodos, miradas robadas en los pasillos y una distancia profesional que, curiosamente, dolía más que cualquier conflicto abierto.

Al llegar a la universidad, el día tomó un giro inesperado. Aarón me interceptó en el pasillo, su arrogancia habitual brillando como un neón.

—Bulma, tenemos que hablar —dijo, bloqueando mi paso. —Aarón, no estoy de ánimo. Llego tarde. —Por favor, solo un minuto.

Lo seguimos hasta la cancha de básquetbol, un espacio vacío que resonaba con el eco de nuestras voces. Sus preguntas me sacaron de quicio: quería saber por qué no "caía" ante sus encantos, por qué era tan "amargada" con él. Su discurso sobre "gobernar la universidad" me hizo sentir que retrocedíamos a la secundaria. Cuando intenté irme, sus dedos se clavaron con fuerza en mi brazo.

—Ya suéltame, idiota. ¡No somos niños! —¡¿Cómo me llamaste?! —su voz se elevó, y el agarre se volvió doloroso.

Justo cuando el miedo empezaba a nublar mi juicio, un libro voló por el aire, impactando con fuerza en la nuca de Aarón. Sora. Allí estaba él, con una presencia que dominaba el lugar por completo. No necesitó gritar; su sola mirada era suficiente para hacer que el aire se tornara pesado. Tras un forcejeo físico del cual Sora salió victorioso, me pidió que me fuera a clase. No quise dejarlo, pero su tono autoritario no dejaba espacio para la discusión.

Más tarde, cuando Paula y Rebeca me contaron que Sora y Aarón se habían ido a los golpes, mi corazón se detuvo. Corrí a la enfermería, sintiendo un nudo en el pecho. Al entrar, la escena era casi cómica: Sora no tenía un rasguño, mientras que Aarón lucía como si hubiera perdido una pelea contra un camión.

—¿Qué fue lo que pasó? —exclamé, acercándome a ellos. —Aarón fue quien empezó. Solo le hice entender que no debe meterse contigo —respondió Sora con una frialdad que me heló la sangre.

Me enteré entonces de la verdad: Aarón había estado presumiendo ante sus amigos de que se había acostado conmigo, todo como parte de una estúpida apuesta. La furia y la humillación me invadieron. Forcé a Aarón a disculparse, y aunque Sora se marchó visiblemente molesto por mi insistencia en "arreglar las cosas", me quedé allí, limpiándole la cara a Aarón solo por obligación moral. Fue la última vez que le vi el rostro hasta la tarde.

Al volver a casa, encontré a Kazehaya vistiéndose con sus mejores galas de roquero. Mi sorpresa fue mayor cuando me enteré de su primer concierto. Pero la conversación dio un vuelco hacia el terreno personal.

—Bulma, ¿por qué no me dijiste que tu profesor es el mismo tipo con el que te besaste en la fiesta? —me soltó, mirándome a los ojos.

El mundo se me vino abajo. No pude negarlo. Le expliqué mi confusión, mi miedo a repetir el pasado de mamá y la sensación de que lo nuestro, a pesar de la chispa, no tenía futuro debido a nuestra situación familiar. Mi hermano, en un gesto poco común, me abrazó. Pero su tristeza era evidente; me confesó que Milk, su antigua pareja, había regresado.

La oferta de acompañarlos al concierto llegó casi por inercia. Cuando Sora bajó a la sala, la tensión era un cable de alta tensión entre nosotros. Al vernos, el silencio se apoderó del espacio. Curiosamente, ambos estábamos vestidos en tonos negros y blancos, una coincidencia que me hizo sentir expuesta.

Subimos a su auto. El camino hacia el local fue una tortura silenciosa. Podía sentir su mirada sobre mí cada vez que un semáforo nos detenía, y el perfume que desprendía su chaqueta me envolvía, recordándome la noche en el lago.

Al llegar al concierto, el ruido del bajo y la energía del lugar fueron un alivio. Kazehaya subió al escenario y, para mi sorpresa, no tocaban mal. La música vibraba en mis huesos. Sin embargo, mi atención no estaba en el escenario, sino en Sora, que permanecía a mi lado, observando todo con una reserva calculada.

—¿Sabes? —me dijo al oído, aprovechando que la música bajó de volumen—, me duele que intentes borrar lo que pasó.

—No intento borrar nada, Sora —respondí, mirándolo fijamente—. Intento sobrevivir. Es diferente.

Él no respondió, pero sus dedos rozaron los míos de manera accidental, o eso quise creer. La noche se alargó entre tragos, risas de los amigos de mi hermano y la constante, persistente presencia de Sora. En un momento de descuido, Kazehaya desapareció con Milk, dejándonos solos en una esquina del bar.

—¿Bailamos? —preguntó Sora, rompiendo el pacto de silencio.

Miré a mi alrededor. Nadie nos prestaba atención. La atmósfera cargada de humo y luces de neón parecía un refugio. Acepté, no por el deseo de bailar, sino porque ya no podía seguir fingiendo que él no era todo en lo que pensaba. Al rodearme con sus brazos, el mundo volvió a estrecharse hasta ser solo nosotros dos.

—No sé qué estamos haciendo —susurré contra su pecho. —Yo tampoco —respondió él, apretando su agarre—. Pero no quiero dejar de hacerlo.

Fue entonces cuando vi a Kazehaya discutiendo con alguien afuera del local. La angustia de mi hermano se reflejó en su rostro incluso a través del cristal. La realidad me golpeó: esto no es solo sobre nosotros. Es sobre las familias, sobre los secretos y sobre el tiempo que se agota.




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