Edición Inesperada

CAPÍTULO 5: MÁS ALLÁ DEL LÍMITE

CAPÍTULO 5: MÁS ALLÁ DEL LÍMITE

PERSPECTIVA DE SORA

El hormigueo que sentí al tocarla no era solo deseo; era una descarga eléctrica que desafiaba toda lógica y autoridad. Mis manos, que segundos antes habían servido para golpear a un idiota en la enfermería, ahora temblaban con una delicadeza extrema al acariciar el rostro de Bulma. Ella, sumergida en el sopor del alcohol y la vulnerabilidad, era un lienzo de contradicciones que me invitaba a perderme.

Cuando sus labios presionaron contra los míos, el mundo exterior —la universidad, el parentesco político, las miradas de los estudiantes y la responsabilidad del profesor— se desintegró. La besé con una intensidad que llevaba acumulando durante semanas, una mezcla de frustración y un anhelo que me quemaba la garganta. Sin embargo, en el fondo de mi mente, una señal de alerta parpadeaba. Sabía que, al despertar, la culpa sería un peso insoportable, pero en ese momento, la supervivencia de nuestra cordura era secundaria ante la urgencia de nuestros cuerpos.

Me aparté apenas unos milímetros, manteniendo mis pulgares sobre su cuello, sintiendo el pulso acelerado de su corazón bajo mi tacto.

—Bulma —susurré, con la voz ronca—, no sabes lo que estás pidiendo.

Ella no respondió con palabras. Sus manos, pequeñas pero firmes, se enredaron en mi cabello, tirando de mí hacia abajo, borrando cualquier rastro de duda. La habitación, iluminada apenas por la luz de la luna que se colaba por las cortinas, se convirtió en nuestro único universo. No había pasado, no había futuro; solo existía la piel, el aliento compartido y el sonido de nuestras respiraciones mezclándose en la penumbra.

Sin embargo, el destino tiene una forma cruel de recordarnos que somos parte de un teatro mucho más grande. En medio de aquel torbellino, un ruido sordo provino del pasillo. Era el sonido de alguien abriendo la puerta principal. Me separé de ella de golpe, con el pecho agitado. Era Kazehaya.

La realidad me golpeó como un cubo de agua helada. Estaba en la habitación de la hija de mis anfitriones, en una situación que arruinaría mi carrera, mi reputación y la paz de esta familia. Me levanté de la cama con movimientos torpes, tratando de recuperar la compostura mientras Bulma se quedaba ahí, con los ojos entreabiertos, sumida en un sueño profundo y desconcertante.

Salí al pasillo antes de ser visto. Kazehaya caminaba hacia su cuarto con una expresión sombría. No me vio, o decidió ignorarme, pero el aire estaba cargado de una tensión tan pesada que casi podía palparse. Me encerré en mi habitación, apoyando la espalda contra la madera de la puerta, tratando de regular mis latidos.

¿Qué había hecho? Había cruzado la línea roja, la única frontera que me quedaba. Y lo peor de todo, no sentía remordimiento. Sentía una claridad aterradora: ella era el riesgo más grande que había tomado en mi vida, y estaba dispuesto a correrlo una y otra vez.

La mañana siguiente fue un ejercicio de actuación profesional. Me desperté antes del amanecer, el café sabía a ceniza. Cuando Bulma bajó a la cocina, sus ojos estaban hinchados, y una sombra de confusión cruzaba su rostro. No hablamos. Ella me evitó deliberadamente, sus movimientos eran mecánicos, precisos, casi fríos. La mujer que se había entregado a mis besos apenas unas horas antes parecía haber desaparecido, reemplazada por la estudiante reservada y distante que se ocultaba detrás de sus libros.

En la universidad, el panorama era aún más desolador. La tensión en el salón de clases era insoportable. Durante mi explicación sobre el simbolismo en la poesía, mis ojos se desviaban constantemente hacia ella. Ella, en cambio, miraba por la ventana, concentrada en cualquier cosa que no fuera mi presencia. Aarón, desde su pupitre, me observaba con una sonrisa ladina, una burla silenciosa que me confirmaba que él sabía algo o, al menos, sospechaba lo suficiente como para hacerme daño.

Al finalizar la clase, la detuve en la puerta.

—Bulma, tenemos que hablar —dije, bajando la voz para no ser oído. —No hay nada de qué hablar, profesor —respondió ella, sin mirarme—. Lo que pasó anoche fue culpa del alcohol. Nada más.

Esas palabras fueron como una estocada. "Nada más". ¿Cómo podía ser tan cruel? Me negué a aceptarlo. La tomé del brazo, obligándola a mirarme. Sus ojos, llenos de un dolor que intentaba ocultar, me demostraron que estaba mintiendo.

—Sabes que no fue solo el alcohol —sentencié. —¡Suéltame! —exclamó, aunque su voz no salió con la fuerza que esperaba—. Estás arruinando todo. Mi vida, mi carrera, mi familia... ¡Tú no eres quien dice ser!

Sus palabras me dejaron aturdido. ¿A qué se refería? Antes de que pudiera preguntar, ella se soltó y salió corriendo hacia el jardín sur. La seguí, pero me detuve al verla encontrarse con un desconocido, un hombre que parecía estar esperándola. Un escalofrío recorrió mi espalda. No era Aarón. Este hombre era más viejo, más imponente, y la forma en que Bulma lo miraba no era de miedo, sino de... ¿traición?

Me escondí detrás de un pilar, escuchando fragmentos de una conversación que me paralizó.

—Tu madre no podrá protegerte siempre, Bulma —decía el extraño—. El acuerdo que firmaron hace años está por expirar. Y cuando eso pase, la verdad sobre el apellido Galindo y el verdadero legado de los Sosa saldrá a la luz.

Sentí que el mundo se detenía. ¿Qué acuerdo? ¿Qué legado? La complejidad de la situación de Bulma iba mucho más allá de una simple relación prohibida entre profesor y alumna. Estaba atrapada en una red de secretos familiares que yo apenas empezaba a comprender.

Regresé a mi oficina con la mente en llamas. Busqué mis notas, mis archivos, cualquier información que pudiera arrojar luz sobre la historia de la familia de Bulma. No eran solo personas adineradas; había algo oscuro, algo que se remontaba a generaciones atrás. Mi atracción por ella ya no era solo una cuestión de deseo; se había convertido en una obsesión por protegerla de algo que ella misma no terminaba de entender.




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