Edición Inesperada

CAPÍTULO 6: SOMBRAS DEL PASADO Y PROMESAS EN EL AIRE

CAPÍTULO 6: SOMBRAS DEL PASADO Y PROMESAS EN EL AIRE

PERSPECTIVA DE BULMA

El camino de regreso a casa fue un ejercicio de silencios incómodos y miradas furtivas. Sora, con sus manos fuertemente aferradas al volante, parecía estar librando una batalla interna, sus nudillos blancos destacaban contra el cuero oscuro del volante. Yo, por mi parte, observaba el paisaje, pero mis pensamientos no estaban en los árboles que pasábamos, sino en la intensidad con la que Sora había irrumpido en el apartamento de Jesús. Había una ferocidad en sus ojos, una posesividad que, lejos de asustarme, me hacía sentir una extraña y peligrosa seguridad.

—¿Sora? —intenté romper el hielo, mi voz sonando extrañamente pequeña en el espacio reducido del coche.

Él no giró la cabeza, su mirada seguía fija en la carretera, pero sentí cómo su postura se relajaba apenas un milímetro.

—Dime —respondió secamente.

—¿Por qué te importa tanto? —La pregunta escapó de mis labios antes de que pudiera detenerla. Sabía que estábamos caminando por la cuerda floja, que tocar ese tema era abrir una caja de Pandora que probablemente no podríamos cerrar.

Sora soltó una carcajada amarga, una que no llegaba a sus ojos.

—Esa es la pregunta del millón, ¿no? —se detuvo en un semáforo y finalmente me miró. La intensidad de su escrutinio me obligó a sostenerle la mirada—. Eres mi alumna, Bulma. Eres la hermana de Kazehaya. Eres, técnicamente, alguien de quien debería mantener una distancia profesional estricta. Pero cuando te vi ahí, en esa habitación, con ese sujeto... lo único que pude pensar es que si algo te pasaba, no habría universidad ni reglas que me impidieran quemar todo hasta los cimientos.

El aire en el coche se volvió denso, cargado de una electricidad que casi podía saborear. No supe qué responder. Mis sentimientos eran una madeja enredada; por un lado, el miedo a lo que nuestra cercanía podía causar a nuestras familias y, por otro, esta necesidad incontrolable de estar cerca de él, de ser el centro de su atención, incluso si eso significaba entrar en un territorio lleno de espinas.

Al llegar a casa, el silencio de la vivienda se sentía diferente. Ya no era opresivo; se sentía expectante. Sora me acompañó hasta la puerta, como si temiera que, si me soltaba, pudiera desvanecerme en el aire.

—Entra —dijo, su tono volviéndose más suave, casi protector—. Necesitas descansar. Ese desmayo no fue normal, Bulma. Mañana iremos al médico. No acepto un no por respuesta.

—Sora, estoy bien, solo fue cansancio...

—No, no lo estás —me interrumpió, dando un paso adelante y acortando la distancia entre nosotros. Su mano se elevó, dudando un instante, antes de rozar suavemente el raspón en mi brazo—. Esto es un recordatorio de que no puedes moverte por ahí sola. Hay gente que busca aprovecharse de tu bondad, y yo... yo no voy a permitir que te conviertas en la víctima de alguien más.

Entré en casa mientras él se quedaba afuera, asegurándose de que la puerta quedara bien cerrada. Me dejé caer sobre el sofá de la sala, el corazón latiéndome con una fuerza que me dejaba sin aliento. ¿Qué estaba pasando? ¿Era esto amor, obsesión, o simplemente el resultado de una vida llena de secretos que finalmente empezaban a salir a la superficie?

Subí a mi habitación, necesitando el refugio de mis cuadernos. Necesitaba escribir, organizar el caos que era mi cabeza. Pero al abrir mi diario, mis ojos se detuvieron en la página donde había descrito el encuentro con Jesús años atrás. Jesús... el niño de los cerezos. Ahora era un hombre con una mirada vacía, alguien que buscaba en mí un salvavidas que yo no estaba segura de poder ofrecer.

Me acosté, pero el sueño era un terreno inalcanzable. Cada vez que cerraba los ojos, veía el rostro de Sora, su desesperación, y luego el rostro de Jesús, su tristeza infinita. Estaba atrapada entre dos hombres que, de formas radicalmente distintas, me necesitaban. Y lo peor de todo, Kazehaya seguía sin aparecer, lo que me hacía temer que su reunión con Milk no había salido exactamente como él esperaba.

La noche avanzó, y con ella, los fantasmas del pasado. Me pregunté qué habría pasado si mi madre nunca hubiera conocido al hombre con el que peleaba tanto. ¿Habría terminado siendo una persona más feliz? ¿Habría evitado que nosotros, sus hijos, cargáramos con esta mochila de inseguridades y lealtades divididas?

De repente, un golpe suave en la ventana me sobresaltó. Me levanté, el corazón en la garganta. Era una rama de árbol, pero el simple hecho de haber reaccionado con tanto miedo me confirmó que mi sistema nervioso estaba al límite. Me acerqué a la ventana y miré hacia afuera. En el jardín, una figura estaba parada bajo la luz tenue de una farola. Era Sora. Seguía ahí.

Me quedé observándolo por lo que parecieron horas. ¿Por qué se quedaba fuera? ¿Estaba cuidándome? ¿O estaba huyendo de algo que él mismo no quería enfrentar? La vulnerabilidad de su posición me golpeó más fuerte que cualquier otra cosa. Él, el hombre que siempre tenía el control, el profesor respetado, el hombre que todos admiraban, estaba allí, bajo la lluvia fina, vigilando mi ventana como un guardián silencioso.

Tomé una decisión. No podía dejar que siguiera ahí fuera, expuesto a los elementos y a las miradas de los vecinos. Bajé las escaleras, mis pasos silenciosos contra la madera, y abrí la puerta principal.

—Sora —llamé, mi voz apenas un susurro.

Él se giró, su rostro mojado por la lluvia, sus ojos buscando los míos en la penumbra. No dijo nada, pero sus hombros se desplomaron, como si acabara de soltar un peso invisible.

—No deberías estar aquí —dije, aunque en el fondo sabía que quería que se quedara.

—No podía irme —respondió él, su voz quebrada—. Si me iba, me sentiría como si estuviera dejando la única parte de mi cordura atrás.

Lo invité a pasar, y el resto de la noche se transformó en una confidencia. Bebimos té, sentados en el suelo de la cocina, rodeados por la oscuridad, y por primera vez en años, hablé. No de los planes de la universidad, ni de la clase, ni de los secretos familiares. Hablé de mí. De mis miedos, de mis inseguridades como escritora, de cómo sentía que mi vida era un borrador que nunca terminaba de escribirse correctamente.




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