CAPÍTULO 7: LA FIEBRE DE LAS PALABRAS Y LOS SILENCIOS
PERSPECTIVA DE BULMA
No podía dejar de pensar en Sora. Su imagen, desde la determinación salvaje con la que irrumpió en el apartamento de Jesús hasta la vulnerabilidad que mostró al enfermar, se reproducía en mi mente como una película de la que no podía escapar. ¿Cómo había logrado encontrarme? ¿Qué parte de su ser se activaba cuando yo estaba en peligro? Esa pregunta pesaba más que cualquier otra cosa en mi conciencia.
Me levanté temprano, sintiendo el aire fresco de la mañana entrando por mi ventana. Me arreglé con cuidado, optando por una camisa floreada, un chaleco sin mangas en tono marrón claro y pantalones a juego, combinados con botines negros que me daban una seguridad extra. Amarré mi cabello en una cola de caballo alta, intentando despejar, de una vez por todas, el caos que habitaba en mi interior.
Bajé al comedor, buscando un poco de normalidad. Encontré a Kazehaya en la cocina, inmerso en una llamada telefónica.
—Hablamos después —dijo, colgando con rapidez al verme. Se acercó a mí, frotándose las sienes—. Tengo que irme con los chicos de la banda. Te tocará hacer el desayuno sola hoy; Sora está enfermo.
Mis ojos se abrieron de par en par.
—Espera, ¿Sora está enfermo? ¿Qué tiene?
—Le toqué la puerta para avisarle algo y fue cuando me lo dijo. Estaba pálido. Tú puedes avisar a la universidad que no irá, ¿a qué hora piensas irte?
Un pensamiento cruzó mi mente como un relámpago. Era la oportunidad perfecta.
—No iré —dije, firme.
Mi hermano me miró como si hubiera perdido la razón.
—¿Qué fue lo que dijiste?
—Que no iré a la universidad hoy. Me quedaré a cuidar a Sora.
Kazehaya me observó con una mezcla de sorpresa y sospecha.
—¿Estás segura? Jamás has faltado a una clase. Eres la alumna ejemplar.
—Lo sé —respondí, tratando de ocultar el rubor que subía por mis mejillas—, pero Sora me ha estado cuidando mucho últimamente. Es lo mínimo que puedo hacer a cambio.
Él me analizó, cruzándose de brazos y esbozando una sonrisa ladina.
—¿Estás segura de que es solo por eso?
Apenas pude asentir, sintiendo que mis mejillas ardían. Él se acercó y, tras un breve silencio, su actitud cambió a una más suave.
—Bien. Perdón por no estar pendiente de ti estos días, Bulma. He estado demasiado metido en lo mío.
—Está bien —sonreí genuinamente—. Sé que tienes tus propias batallas, hermanito.
—¿Qué te parece si esta tarde vemos una película juntos, como hermanos? Necesitamos desconectar.
—Eso me encantaría —nos abrazamos y él se marchó, dejándome sola con la responsabilidad de un día que se sentía decisivo.
Apenas se cerró la puerta, mi teléfono vibró. Era un mensaje de Rebeca.
Rebeca: Buenos días, amiga. ¿Cómo amaneces? ¿Nos vemos en nuestro lugar de siempre?
Bulma: Buenos días, amiga. No, hoy no voy a clases.
Rebeca: ¿¡QUÉ!? ¿Pasó algo? ¿Estás bien?
Bulma: Sí, estoy bien. Solo que tengo que verme con mi madre y el cambio de horario es difícil. Además, la casa está muy sucia.
Mentirle a Rebeca me provocaba una punzada de culpa. Ella era mi mejor amiga, pero ¿cómo explicarle mi situación actual? La relación prohibida con Sora, los secretos de mi familia, el cofre que ocultaba la verdad sobre mi origen... todo era un nudo que no sabía cómo desatar. Prefería guardar el silencio, al menos hasta que yo misma entendiera qué estaba pasando conmigo y con nosotros.
Rebeca: ¿Quieres que vaya a ayudarte? No me importaría faltar a un par de clases por ti ;)
Bulma: Qué linda, pero no gracias. Tengo a mi hermano y cosas pendientes con él. Gracias de verdad.
Rebeca: Para eso están las amigas. Tranquila, suerte, chaooo.
Bulma: Chaooo…
Suspiré, dejando el teléfono sobre la mesa. Me sentía una extraña en mi propia vida. Decidí que la mejor forma de distraer mi mente sería preparar algo nutritivo. Cociné una sopa de vegetales y preparé un analgésico. Subí a la habitación de Sora, tocando con suavidad. Al no recibir respuesta, entré lentamente.
El cuarto estaba impecable, un orden que contrastaba con el caos de la casa y con la rebeldía de mi hermano. La cama estaba desordenada, pero el espacio parecía vacío. Dejé la bandeja en la mesa.
—¿Sora? ¿Estás aquí?
Al voltear, el aliento se me escapó del cuerpo. Sora salía del baño, descalzo, vistiendo solo un mono ancho que apenas se sostenía en sus caderas. No tenía camisa. Mis ojos recorrieron, sin poder evitarlo, su torso esculpido, los músculos definidos que se tensaban con cada movimiento. Sentí un calor repentino que no tenía nada que ver con la calefacción.
—Bueno, yo... te traje algo de comida —dije, tartamudeando, mientras mis nervios se disparaban.
Él dio un paso hacia mí y, de repente, vaciló. Se tambaleó y cayó sobre mis brazos. Su piel estaba hirviendo.
—Sora, ¿qué estás haciendo? —estaba sudando, una fiebre alta lo consumía—. Tienes mucha fiebre. Vamos, debes regresar a la cama.
Lo ayudé a recostarse, cubriéndolo con varias mantas.
—Deberías estar en la universidad —susurró, con voz apenas audible.
—Shhh, no te preocupes por eso. Tú me has cuidado todo este tiempo; ahora es mi turno.
Le di un poco de sopa, observando cómo luchaba contra la tos.
—¿De dónde sacaste este resfriado? —pregunté.
—Fue cuando te estaba buscando bajo la lluvia —volvió a toser, cerrando los ojos con fuerza—. No te preocupes, solo necesito descansar.
Me quedé allí, observándolo. Cuando finalmente se quedó dormido, bajé a lavar los platos y limpiar el resto de la casa. El trabajo físico me ayudó a estabilizar mi pulso, pero no a calmar mis pensamientos. ¿Por qué me importaba tanto? ¿Por qué cada vez que estaba cerca de él sentía que el mundo exterior dejaba de tener importancia?
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Editado: 10.07.2026