CAPÍTULO 8: EL PESO DE LAS MÁSCARAS Y EL AMOR PROHIBIDO
PERSPECTIVA DE BULMA
La mañana se sentía pesada, como si el aire en la casa hubiera adquirido una densidad nueva tras los eventos de la noche anterior. Desperté temprano, con el corazón martilleando contra mis costillas. Me peiné frente al espejo, tratando de adivinar qué pasaba por la mente de Sora. ¿Por qué había evitado mirarme a los ojos después de nuestra conexión en la cocina? Me puse una bata, anudándola con fuerza, y bajé a la cocina buscando respuestas o, al menos, un poco de normalidad.
Kazehaya estaba allí, sirviéndose café.
—Buenos días, hermanito —dije, sentándome y tratando de ignorar el vacío que sentía en el estómago.
—Buenos días, hermanita. Te levantaste temprano.
—Es que quería saber si Sora ya estaba mejor para irme a la universidad.
—Está en el patio, buscando naranjas. Parece que tus "remedios" funcionaron de maravilla —respondió él, con un deje de ironía.
Justo en ese momento, Sora entró. Se veía impecable, casi como si estuviera a punto de una entrevista de trabajo: camisa blanca, chaleco marrón, corbata y pantalones negros. Su presencia llenó la habitación, pero el silencio que trajo consigo era un muro de hielo.
—Buenos días —dijo, sin dirigirnos una mirada fija.
—Buenos días —respondí yo.
La tensión era tan tangible que podía cortarse con un cuchillo. Intenté romperla.
—Sora, ¿cómo amaneció hoy?
—Bien, gracias a Jehová. Te agradezco tus cuidados. Hoy regreso a la universidad y, hablando de eso —miró su reloj con frialdad—, es hora de irme. Nos vemos en clase, señorita Bulma.
Y se fue, dejando un vacío helado a su paso. Kazehaya me miró con curiosidad.
—Bulma, ¿acaso pasó algo entre tú y Sora?
Empecé a jugar con mi taza, tratando de ordenar el caos en mi cabeza. La verdad no sé, hermano, ni yo entiendo qué pasa entre nosotros.
—¿Qué tan serio es lo de ustedes? ¿O hasta dónde han llegado?
—He tratado de alejarme de él, pero no está funcionando. Nada de esto funciona.
—Bulma, ¿acaso estás enamorada de él?
—¡No, hermano! ¿Cómo vas a decir eso? ¿Cómo me voy a enamorar de alguien que es mi profesor, mi familiar político, alguien tan serio, duro... y a la vez tan lindo y protector? —me detuve en seco, viendo a mi hermano soltar una carcajada mientras yo me cubría el rostro, horrorizada—. Estoy enamorada. ¿Qué voy a hacer ahora, Kaze?
—Dile lo que sientes y ya —respondió él, con una simpleza que me descolocó.
—¿Estás loco? Es imposible. Jamás podremos estar juntos.
—¿Por qué no? No son parientes de sangre, el amor no tiene edad, y que sea tu maestro es un detalle insignificante si lo que sientes es real. Has trabajado mucho para ser quien eres, Bulma. Ahora te toca ser feliz.
Sus palabras se clavaron en mi pecho. Me vestí con un vestido blanco de rayas negras, me puse mis botas marrones y, tras un último retoque de maquillaje, subí a mi auto. La universidad se sentía como un destino final. Estaba decidida: le diría la verdad.
Pero al llegar al segundo piso y asomarme a su salón, mi mundo se detuvo. Sora estaba allí, pero no estaba solo. Abrazaba a una chica rubia, vestida con elegancia de pasarela. La cercanía de ese abrazo me rompió algo por dentro. La esperanza, que hace apenas diez minutos me impulsaba, se evaporó en un segundo.
PERSPECTIVA DE SORA
No podía concentrarme en la clase. Bulma no salía de mi cabeza. Esa noche en la cocina, estuve a punto de besarla, de lanzarme al vacío y declarar que ella era todo lo que quería. Pero sus dudas, el miedo que vi en sus ojos... me hicieron pensar que yo era solo un refugio temporal, no el destino final.
Por eso la evité hoy. El dolor de verla y saber que quizá nunca sería mía era demasiado. Me recosté en la mesa, tratando de olvidar el recuerdo de aquel beso, el primero, cuando las líneas se borraron y el juego comenzó.
—¿Qué me has hecho? —susurré para mis adentros.
—Pues estar siempre a tu lado, mi amor.
Reconocí esa voz de inmediato. No podía ser. Al voltear, allí estaba ella.
—¿Silvia? ¿Qué haces aquí?
Su sonrisa, que siempre parecía perfecta, se borró al ver mi frialdad.
—¿Esa es la manera de saludar a tu mejor amiga?
—Discúlpame, Silvia. Hola. ¿Cómo estás? ¿Cuándo llegaste de Londres?
—Llegué hoy. Vine directo para verte porque estaba preocupada por ti.
La abracé, pero me sentía atrapado. Silvia siempre había sido intensa, y cuando intenté soltarme, no me dejó. Tuve que recurrir a las cosquillas en sus costillas para liberarme, una técnica que conocía bien. Mientras ella se reía, levanté la vista y vi a Bulma en la puerta.
El mundo se me vino encima.
—Bulma... —apenas pude articular—. Pasa, por favor. Quiero presentarte a alguien. Ella es Silvia Valdebenito, hija de los grandes actores de Londres y mi mejor amiga.
El intercambio de miradas entre ellas fue como una descarga eléctrica. Silvia miraba a Bulma con una intensidad que no me gustaba nada. Conocía a Silvia; conocía el fuego que ocultaba bajo esa fachada elegante.
—Pastelito, ¿te parece si salimos hoy a comer? Hace tiempo que no salimos juntos —dijo ella, abrazando mi brazo. Lo retiré de inmediato, sintiendo el peso de la mirada de Bulma sobre nosotros.
—Tengo clases, pero estoy libre en la tarde.
—Entonces te veré esta tarde, pastelito —me dio un beso en la mejilla y salió.
Me quedé a solas con Bulma.
—Bulma, ¿acaso tú querías...?
—La clase ya va a empezar, maestro —dijo ella. Su voz estaba vacía, el brillo de sus ojos había desaparecido. Se dio la vuelta y salió. Quise ir tras ella, pero el timbre sonó y mis estudiantes entraron en tropel.
El resto del día fue una tortura. Tres clases, tres horas de fingir que estaba presente. Finalmente, la encontré en el patio, hablando con Jesús. Ver a ese tipo, después de lo que le había hecho, me hizo perder la razón. Corrí hacia ellos, dispuesto a descargar mi frustración.
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Editado: 10.07.2026