CAPÍTULO 9: EL PRECIO DE LA VERDAD
PERSPECTIVA DE BULMA
Desperté con una sensación de pesadez que no pude sacudirme. Me di un baño largo, dejando que el agua templada relajara mis músculos tensos. Me vestí con un vestido gris sin mangas, de cuello alto y corte a la rodilla, y completé el look con mis botas negras largas. Estaba lista para salir, con el bolso y el maletín en mano, cuando mi teléfono vibró. Era Paula.
—Hola, Paula, ¿cómo estás?
—Estoy bien, amiga. ¿Vas a venir? Rebeca ya está aquí.
—Sí, ya salgo para allá. Llego en un momento.
Colgué, pero me detuve en seco al llegar a la puerta. Allí, plantada en medio de mi sala con una actitud dueña del mundo, estaba ella. Mi corazón dio un vuelco.
—Pau, te llamo luego. Voy a comprar unas cosas y voy para allá —dije al teléfono, cortando la llamada de golpe.
—Hola, Bulma, ¿te acuerdas de mí? —Silvia no esperó invitación; entró, tomó asiento en el sofá y observó mi sala con un desdén apenas disimulado—. Así que este es el lugar donde vive Sora. Es lindo.
—Gracias —respondí, cruzándome de brazos—. ¿A qué debo el honor?
—Bueno, quería ver dónde vivía mi "pastelito". Y de paso, decirte algo. Espero que no malinterpretes la situación.
La miré, confundida, mientras ella soltaba la bomba con una frialdad aterradora.
—Bulma, para mí es obvio que sientes algo por Sora. Pero yo, como su prometida, tengo que decirte que no tienes esperanzas con él.
Me quedé paralizada, con la boca abierta.
—¿Comprometidos? ¿Cómo que comprometidos?
—Como lo oyes. Somos prometidos, pero él es una persona famosa, no puede darse el lujo de que todo el mundo lo sepa y los medios lo acosen. Eres una chica linda y parece que tienes buen corazón, por eso vine; no quiero engañarte. No eres de su mundo. Lo mejor es que te alejes de él por tu bien.
Se levantó, se acercó a mí para invadir mi espacio personal y susurró:
—Y espero que esta conversación se quede entre nosotras.
Apenas salió, mi mundo se desmoronó. Terminé sentada en el suelo, rodeada de un silencio ensordecedor. ¿Todo era una mentira? ¿Sora me había estado ocultando esto todo el tiempo? Las lágrimas comenzaron a brotar, pero el teléfono volvió a sonar: eran mensajes de Paula y Rebeca preguntando por mi llegada. Respiré profundo, me sequé el rostro y, tras comprar algunas chucherías en la tienda para disimular, llegué a casa de Paula.
—¡Amiga! Estábamos preocupadas, ya íbamos a buscarte —dijo Paula al abrir la puerta.
—Lo siento, me distraje en la tienda —mentí, forzando una sonrisa que esperaba no se viera tan falsa como la sentía.
—Rebeca está esperando en el cuarto. Llevaré tus cosas, ve a la cocina y sirve las chucherías —instruyó Paula.
Caminé hacia la cocina, un lugar que apenas recordaba. Preparé una bandeja con vasos, hielo, refrescos y los pasabocas. Justo cuando terminaba, unos pasos tras de mí me hicieron tensarme.
—Justo a tiempo, ya estaba a punto de ir... —me giré con una sonrisa ensayada, pero esta se borró al encontrarme con Sora.
—Parece que no estás muy feliz de verme —dijo él, apoyándose en el marco de la puerta.
—Solo me sorprendiste. ¿Qué haces aquí?
—Vine a ver a mis tíos y al resto de la familia. Parece que todos están ocupados. No sabía que eras tan amiga de Paula.
—Hay cosas que no sabes de mí —dije, mirándolo a los ojos con toda la seriedad que pude reunir—, así como yo no sé cosas de ti.
Él dio un paso hacia mí, acortando la distancia hasta que pude sentir su aliento.
—Hasta donde sé, te he contado todo. Y si quisieras saber algo, solo tienes que preguntarlo.
Me moría por gritarle sobre Silvia, sobre el compromiso, sobre la mentira. Pero el miedo a su respuesta —o a que la confirmación me destruyera por completo— me paralizó.
—Me están esperando, tengo que irme —dije, intentando huir. Pero él me sujetó el brazo.
—Ese día en el salón, me ibas a decir algo. ¿Qué era?
—Te dije que no era nada.
—Yo no creo que fuera así.
Su cercanía era un arma de doble filo. Nuestras narices se rozaron y el aire en la cocina se volvió espeso, cargado de una electricidad que pedía a gritos un beso que sabía que no podíamos darnos. Me alejé, recuperando el control con un esfuerzo sobrehumano, y salí de allí con la bandeja en las manos.
Arriba, en el cuarto de Paula, la conversación fluía sobre temas triviales hasta que salió el nombre de Sora.
—¿Sora? ¿El profesor? Paula, ¿qué hace él aquí?
—Es mi primo —soltó ella. Rebeca casi se desmaya.
—¿Tu primo? ¡Qué envidia! —gritó Rebeca—. Paula, cuéntanos algo, ¿está saliendo con alguien?
Miré a Paula fijamente. Ella suspiró.
—No sale con nadie oficialmente, pero hay una chica, su mejor amiga, que está locamente enamorada de él. Sus padres quieren que se casen por dinero y apariencia.
—¿Y él la quiere? —pregunté, con la voz apenas audible.
—No creo. Él solo la ve como amiga.
—¿Entonces tengo oportunidad? —preguntó Rebeca.
Yo no reí. No podía. Mi cabeza era un torbellino. ¿Cuál era la verdad? ¿La versión de Silvia o la de Paula?
PERSPECTIVA DE SILVIA (DESDE EL OTRO LADO DEL TELÉFONO)
La llamada telefónica era lo único que mantenía mi cordura en su sitio.
—La verdad es que ella es linda —decía mi interlocutor al otro lado de la línea—, y tal vez es demasiado para mi gusto, pero creo que a mi "pastelito" le llama la atención esa niña.
—No te preocupes por ella —respondí, con una calma depredadora—. ¿Estás segura de que él te va a dejar por una cualquiera? Ella no le llega ni a los talones.
—La verdad es que no, le falta mucho. Pero no voy a bajar la guardia. Ya tengo planeadas unas cositas para ella, solo necesito tu ayuda.
—Sabes que conmigo puedes contar. ¿Qué tan rápido puedes llegar?
—De inmediato.
Terminé la llamada y una sonrisa cruel se dibujó en mis labios.
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Editado: 10.07.2026