Edward Everwood

CAPÍTULO I

 

Esta es la historia de la primera de las vidas de Edward Everwood.

Un hecho en el que muchos de ustedes estarán de acuerdo es que uno de los más hermosos, conmovedores e impresionantes acontecimientos que un ser humano puede atestiguar es el nacimiento de un hijo. De hecho, en una innumerable cantidad de situaciones este tipo de sucesos podrían ser equiparados a recibir una bendición como la cual no hay otra en el mundo. Pues bien, en lo que respecta a este asunto, es notable mencionar que en el caso de la familia Everwood ellos habrían de resultar favorecidos con suma abundancia.

La vida de los Everwood ya estaba de antemano colmada de dichas y tranquilidad, pues eran los orgullosos poseedores de riquezas inimaginables y gran prestigio dentro de la sociedad de Couland, y dentro de poco tiempo a sus vidas llegarían numerosas bendiciones en forma de hijos.

La primera de sus bendiciones era un hermoso y fuerte bebé, rollizo y de talla grande y voluminosa. Con el correr del tiempo este pequeño creció para convertirse en un gallardo, alto, fornido y apuesto mozo idéntico a su padre, además de un formidable médico y amoroso padre de familia; sin duda alguna y sin temor a equivocarme un digno y ejemplar descendiente de su ya célebre estirpe. El nombre de este respetable hombre, considerado por la sociedad de Couland como un modelo a seguir para todos sus contemporáneos, era Arthur.

Su segunda bendición, su hija Beatrice, era una espigada y hermosa doncella de castaños y largos cabellos cuya apariencia recordaba mucho a la de su madre. Su vida la entregó por completo a los libros. Considerada una ávida y voraz lectora, llegó a tener tanto amor por ellos que no le bastó con viajar a otros mundos por el poder de la palabra escrita de otros autores, razón que la llevó a probar sus habilidades como creadora de mundos y lo que le hizo convertirse en una renombrada autora.

Su tercera bendición era Charles, un rubicundo joven, alto y de piel un tanto bronceada; apariencia que recordaba más bien a los parientes de la señora Everwood. En su vida fue testigo de incontables atropellos que hicieron mella en lo más profundo de su ser. Su amor por el prójimo y su repudio por las desdichas y las injusticias de su época fueron las razones que lo impelieron a hacer de la carrera de la abogacía su vida misma.

Su cuarta bendición vino al mundo como una tierna y preciosa joven de oscuros cabellos y hermosa figura. Su exorbitante belleza le dio la reputación de ladrona de corazones, pues a más de un joven de su ciudad le hizo sufrir de mal de amores. Pero además de bella era inteligente y audaz. Poseía un espíritu emprendedor y gran habilidad para los negocios. Era en verdad eficiente; si alguien le prestaba una moneda en tres días ella la negociaba y la convertía en diez. Gracias a esto, se motivó para convertirse en una de las pocas mujeres empresarias y exitosas de su tierra y su época. Su nombre era Diana.

Ahora bien, es una afirmación de amplia aceptación que en lo que respecta al sistema de cosas en el que vivimos no existe nada permanente. Sucedió entonces que la familia Everwood se encontraba repleta de fortuna y prosperidad. Los hasta entonces quince años que habían transcurrido desde su matrimonio habían sido maravillosos; y su gozo habría de ser todavía más grande gracias a un anuncio: la futura llegada de una quinta bendición.

Los pequeños Everwood fueron los primeros en recibir tal noticia con sumo éxtasis. El señor Everwood estaba también emocionado por recibir a otro integrante que pasaría a la historia y que concedería todavía mayor honor a su ascendencia. Por desgracia, no todo resultó ser tan grato como lo fue en las ocasiones anteriores, puesto que no estaban por completo preparados para las tempestades que en un breve espacio de tiempo acaecieron sobre ellos.

Sucedió durante la víspera del día primero del mes primero en el año de 1855, el día en que vio la luz el protagonista de esta crónica. Fue una noche de tan abundante zozobra, muy diferente al nacimiento de sus otros cuatro hijos, que incluso hubo momentos en los que todos los que se encontraban en la residencia de los Everwood presintieron que ni la criatura ni la señora Everwood lograrían sobrevivir al alumbramiento.

En el piso de abajo, en la sala de estar, se encontraban reunidos los cuatro hijos de los Everwood, quienes en ese entonces eran apenas unos niños. Junto a ellos se encontraban Robert y Amelia, los dos sirvientes principales de la casa Everwood, considerados como los mejores amigos de la familia. Amelia le cantaba canciones a la pequeña Diana y a Charles para que se calmaran pues los constantes y fuertes clamores de su madre los ponían inquietos.

—Nuestra madre no va a lograrlo, ¿verdad? —preguntó Arthur afligido, y miró a Robert con sus ojos azules humedecidos de lágrimas.

Robert respiró hondo para mantenerse sereno. No conocía la respuesta a esa interrogante y prefería no hacer conjeturas fatalistas, aunque en su interior tenía fuertes sospechas de que al final de la noche ninguno de los dos vería la luz del día. Sin embargo, lo que en ese momento se necesitaba era un atisbo de esperanza, y no quería llenar de desilusión el pequeño corazón del muchacho. Puso su mano derecha sobre la cabeza del pequeño y la acarició con calma al momento en que dibujaba una leve sonrisa en su rostro.



Ulises G. Nuñez

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En el texto hay: steampunk, juvenil, drama

Editado: 24.08.2019

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