El termómetro digital de la estación científica marcaba una cifra imposible para la medianoche, pero el crujido sordo que resonó bajo sus pies no dejaba lugar a dudas. No era el viento. Era la Tierra cediendo.
Elvira contempló las pantallas con el rostro desencajado; los satélites mostraban cómo las últimas barreras de contención árticas se fragmentaban como cristal templado. A su lado, Manolo apretaba los puños sobre la mesa de control, viendo los gráficos del aumento del nivel del mar dispararse en una línea vertical y terrorífica. El agua no iba a subir en cuestión de años, ni de meses. Iba a suceder esa misma noche.
—Hay que evacuar ya —susurró Úrsula, con la voz temblando mientras intentaba, sin éxito, restablecer la comunicación con las ciudades costeras. El silencio en las ondas de radio era el peor de los augurios.
A miles de kilómetros de allí, en mitad del caos urbano que ya empezaba a anegar las calles principales, Pedro y Andrea aseguraban las mochilas de emergencia en el viejo todoterreno. El agua ya les llegaba a los tobillos, turbia y extrañamente cálida. Sabían que el único camino hacia tierras altas pasaba por el sector montañoso, pero la autopista era una trampa mortal de vehículos abandonados y pánico colectivo.
—¿Dónde está Rogelio? —gritó Andrea por encima del rugido de una tormenta eléctrica que teñía el cielo de un verde enfermizo.
Una silueta emergió de la penumbra, con los ojos inyectados en sangre y un mapa arrugado entre las manos. Rogelio subió al coche de un salto, cerrando la puerta de golpe mientras el asfalto cedía detrás de ellos, tragado por una corriente imparable.
—Olvidaos de las rutas conocidas —dijo Rogelio, jadeando—. Las presas del norte han reventado. El agua viene hacia aquí y no va a dejar nada en pie.
Aquel no era un aviso meteorológico más. Era el inicio del fin. El día del deshielo había comenzado, y la humanidad acababa de perder su derecho a la tierra firme.