Parte I: La frecuencia de la marea.
El motor diésel Caterpillar de la barcaza mantenía un ronroneo grave y constante que hacía vibrar las planchas de acero de la cubierta, un sonido que ahora transmitía una falsa sensación de control en mitad del desastre geológico. Tras superar el estrechamiento del puente de la autopista sur mediante la maniobra de tracción combinada, el pontón navegaba por la cuenca baja del valle, una llanura que antes albergaba extensiones agrícolas y que ahora se había convertido en un mar interior de aguas turbias y calmas.
Pedro permanecía en el puente de mando, con las manos apoyadas en el tablero de instrumentos analógicos, mientras Andrea monitorizaba la tensión de los alternadores auxiliares.
—La corriente se está estabilizando aquí abajo, Pedro —dijo Andrea, señalando el indicador de velocidad relativa del casco—. El espacio es más amplio y la barcaza avanza a unos seis nudos por inercia limpia. Pero seguimos sin timón de pala; dependemos por completo de que el canal no presente curvas cerradas o nuevos obstáculos estructurales.
En el rincón de babor del puente, Rogelio manipulaba el sintonizador de la radio marina de alta potencia. Tras limpiar los bornes de la antena de banda ciudadana con un trozo de tela seca, los altavoces del techo dejaron de emitir el silbido de la estática electromagnética y comenzaron a reproducir una portadora intermitente de baja frecuencia. La señal procedía del centro de control militar de la costa.
—¡He cazado una transmisión limpia en la frecuencia de emergencia del canal catorce! —anunció Rogelio, subiendo el potenciómetro de ganancia al máximo.
Una voz distorsionada por el efecto de la humedad atmosférica y cortada por ráfagas de código morse automático inundó la cabina del puente:
—A todas las unidades fluviales y embarcaciones de contingencia en el sector sur... Alerta de nivel hidrostático negro en el embalse regulador de San Clemente... Repito, alerta de nivel negro. El caudal de entrada procedente del deshielo alpino ha superado el millón de metros cúbicos por segundo... Los servomotores de las esclusas automáticas han sufrido un bloqueo por sedimentos limosos...
La transmisión hizo una pausa, rota por el sonido de las alarmas de presión que sonaban de fondo en el puesto de mando militar, antes de continuar con una gravedad absoluta:
—Si el complejo de compuertas manuales de la corona de la presa no se activa en las próximas dos horas, la estructura sufrirá un fallo por desbordamiento. La ola resultante destruirá por completo los asentamientos y refugios civiles provisionales de la cota cero en la costa. Se solicita personal técnico en el sector que intente aproximación a la torre de control de la presa...
Pedro intercambió una mirada rápida con Rogelio. El plano topográfico de la provincia, aún arrugado sobre la mesa de cartas náuticas, mostraba que el embalse de San Clemente se alzaba a escasas tres millas náuticas de su posición actual, justo en la garganta de roca que separaba el valle industrial de las llanuras litorales donde las familias buscaban refugio.
—Esa presa es lo único que contiene el frente de agua para que no barra los campamentos de la costa, Rafa... perdón, Rogelio —dijo Pedro, corrigiendo el rumbo de sus pensamientos técnicos—. Y nuestra barcaza va directa hacia esa posición por la línea de pendiente natural del canal. Si no intervenimos en esos mecanismos mecánicos, el pontón terminará estrellándose contra el hormigón de la presa antes de que esta reviente.
Parte II: La aproximación al muro de hormigón.
Rogelio trazó una línea roja con el lápiz sobre las cotas del mapa, calculando el tiempo de deriva del barco frente a la velocidad de aumento del caudal del río.
—La barcaza tiene el tonelaje y la potencia diésel necesarios para remontar el canal de aproximación técnica de la presa, Pedro —explicó Rogelio, ajustándose los guantes técnicos—. Pero la torre de control de las compuertas manuales está en el flanco izquierdo, sobre una pasarela que sobresale directamente sobre el aliviadero central. Con el timón destruido, meter el barco en ese muelle de atraque va a requerir que usemos la hélice en reversa combinada con los cabrestantes de proa a la máxima presión de rotura.
Andrea asumió el control de las palancas del inversor hidráulico, manteniendo el bloque Caterpillar a mil ochocientas revoluciones para contrarrestar la fuerza de la corriente que ya empezaba a acelerarse a medida que se aproximaban al embudo de la garganta rocosa.
A lo lejos, recortada contra el cielo de tormenta, comenzó a alzarse la mole de hormigón armado del embalse de San Clemente. El agua acumulada rozaba ya el labio superior de la corona de la presa; cascadas de agua gris y espumosa saltaban por encima de los viales de servicio de la parte superior, demostrando que la estructura estaba trabajando a límites de fatiga estructural nunca previstos en los manuales de ingeniería civil.
—¡Tenemos el canal de acceso técnico a la vista! —gritó Andrea desde los ventanales—. ¡Pedro, prepárate con Rogelio en la cubierta de proa! Si no conseguimos fijar la eslinga de acero al pilar de la torre al primer intento, la corriente del aliviadero succionará la barcaza y caeremos por el muro de la presa.
Pedro y Rogelio descendieron de nuevo a la cubierta de carga, agarrando las pesadas líneas de acero de los cabrestantes eléctricos. El aire en la garganta de la montaña soplaba con una fuerza brutal, arrastrando una lluvia de agua pulverizada que reducía la visibilidad a menos de diez metros. La barcaza se adentró en el canal de aproximación, el motor diésel rugiendo al límite mientras la proa se encaraba contra la gigantesca pared de hormigón que amenazaba con sepultar el futuro de la costa.
Fin de la Parte I del Capítulo 3. Parte III: El salto al hormigón.
El canal de aproximación técnica de la presa de San Clemente era un hervidero de agua gris que chocaba con violencia contra las paredes de hormigón. La barcaza, desprovista de timón, daba bandazos laterales mientras Andrea, desde el puente, jugaba con el inversor de marcha del motor Caterpillar para mantener la proa alineada con la torre de control. La estructura de la torre, un bloque vertical de hormigón que sobresalía del muro principal, sostenía una escala de gato de hierro forjado que descendía hasta rozar el límite del oleaje.
—¡No puedo acercar más la amura, Pedro! —gritó Andrea a través del intercomunicador—. ¡El reflujo del aliviadero está empujando la popa hacia el centro del cauce! ¡Si no saltas ahora, la corriente nos apartará por completo!
Pedro se plantó en la amurada de babor, calculando visualmente el vaivén del barco. El oleaje elevaba y descendía el casco casi dos metros en cada ciclo hidráulico. Esperó el punto más alto de la cresta, cuando la cubierta quedó a nivel del primer peldaño accesible de la escala de gato.
—¡Voy! —bramó Pedro.
Con un impulso limpio, saltó al vacío cruzando el espacio de agua brava. Sus manos, protegidas por los guantes de lona, cerraron alrededor del frío hierro de la escala justo en el instante en que la barcaza caía en el seno de la ola, alejándose medio metro de la pared. Pedro balanceó las piernas en el aire, buscando apoyo en los peldaños inferiores, y comenzó a trepar con rapidez vertical antes de que la siguiente masa de agua lo alcanzara.
Rogelio lo observaba desde la cubierta, manteniendo un cabo de seguridad amarrado a su propio arnés. Una vez que Pedro alcanzó la plataforma de servicio de la torre, a unos seis metros sobre el agua, se giró y dio la señal de posición segura.
Parte IV: El diagnóstico de los engranajes.
Pedro empujó la pesada puerta metálica de la sala de mandos manuales. El interior de la torre de control era una estructura circular dominada por tres grandes volantes de fundición acoplados a ejes sinfín que descendían hacia las compuertas inferiores de la presa. El suelo de hormigón estaba cubierto por un palmo de agua condensada y óxido suelto.
Se lanzó sobre el primer volante, el correspondiente al aliviadero central, y aplicó toda la fuerza de sus hombros para girarlo en sentido contrario a las agujas del reloj. El metal emitió un crujido seco, pero no avanzó ni un milímetro. Las contratuercas de seguridad y los dientes del engranaje reductor estaban completamente soldados por el desuso y la acumulación de sedimentos limosos que el frente de deshielo había arrastrado.
—¡Están gripados! —gritó Pedro, asomándose al ventanal técnico que daba a la cubierta del barco—. ¡Rogelio! El sedimento ha bloqueado los ejes de torsión. ¡No hay fuerza humana que mueva estos volantes sin liberar las tuercas de retención! ¡Necesito el soplete de corte por plasma y el maletín de llaves de impacto de la bodega!
Rogelio reaccionó con precisión mecánica. Corrió hacia el tambor de almacenamiento de herramientas de la barcaza, extrajo el equipo portátil de corte por plasma (un módulo compacto alimentado por baterías de litio de alta densidad) y fijó las mangueras al arnés de transporte. Aseguró el equipo a una línea de izado y ató el extremo al cabo que Pedro había dejado caer desde la plataforma.
—¡Ya va para arriba, Pedro! ¡Ten cuidado con el cebado del arco eléctrico, el ambiente está saturado de humedad! —advirtió Rogelio mientras izaba el equipo con el cabrestante de mano.
Abajo, el motor de la barcaza emitió un siseo agudo: el agua del aliviadero estaba empezando a saltar por encima de los deflectores de proa, amenazando la estabilidad de la embarcación donde Andrea resistía a los mandos. El tiempo en el cronómetro de la cuenca reguladora marcaba que faltaban menos de cuarenta minutos para el colapso por desbordamiento total.
Fin de la Parte II del Capítulo 3. Parte V: El arco de plasma.
El interior de la sala de mandos manuales se inundó de un resplandor azulino y cegador en cuanto Pedro cebó el arco eléctrico del soplete de plasma. Una cortina de chispas incandescentes saltó por encima de los engranajes gripados, rebotando contra las paredes de hormigón húmedo y siseando al caer en el agua estancada del suelo. El olor a metal fundido y ozono ionizado saturó el aire de la torre en pocos segundos.
—¡La primera contratuerca de retención está cediendo, Rogelio! —gritó Pedro, manteniendo el pulso firme mientras la antorcha térmica cortaba el acero templado de tres pulgadas de grosor.
Rogelio, que acababa de subir por la escala de gato cargando una pesada barra de torsión de acero cromo-vanadio, se colocó junto al eje del aliviadero central, vigilando las lecturas analógicas de la estructura de la presa a través del ventanal.
—¡Date prisa, Pedro! —urgió Rogelio, limpiándose las salpicaduras de lodo de la cara—. Las vibraciones en el muro exterior están aumentando de frecuencia. El agua ya está saltando en una lámina continua por encima de la corona. Si el aliviadero no se abre en los próximos diez minutos, la presión hidrostática generará una falla por cizalladura en la base del hormigón.
De pronto, la antorcha de plasma emitió un zumbido agudo, la llama azul parpadeó dos veces y se apagó por completo. La pantalla de cristal líquido del módulo portátil arrojó un código de error técnico parpadeante: Fallo de celda por sobrecalentamiento térmico. La brutal humedad ambiente y el esfuerzo continuo habían cruzado los circuitos de la batería de litio de alta densidad. El corte se había quedado a medias; la tuerca principal estaba agrietada y debilitada por el calor, pero seguía unida al eje sinfín.
Parte VI: Fuerza de palanca.
Pedro maldijo entre dientes, arrojando la antorcha inútil sobre la mesa de control, y aferró la barra de torsión que Rogelio había subido.
—¡No hay tiempo para reiniciar el software del soplete! —sentenció Pedro, encajando la boca de la llave de impacto en la cabeza de la tuerca recalentada—. ¡Tenemos que partir el metal debilitado por puro esfuerzo mecánico! ¡Rogelio, coge el extremo de la barra conmigo!
Los dos hombres se posicionaron en el brazo de palanca de dos metros. El metal de la barra de cromo-vanadio se curvó sutilmente bajo la presión combinada de sus cuerpos. Sus botas de seguridad resbalaban en el suelo de hormigón cubierto de lodo y óxido, obligándolos a clavar los talones contra las pletinas de anclaje del propio motor del aliviadero.
—¡A la de tres, Rogelio! —bramó Pedro, con los tendones del cuello marcados por la tensión extrema—. ¡Uno... dos... TRES!
Con un crujido seco e intenso que resonó en toda la estructura circular de la torre, la contratuerca fundida se partió en dos mitades, liberando finalmente el eje de transmisión. Sin perder un segundo, Pedro se lanzó sobre el gran volante de fundición y comenzó a girarlo con movimientos enérgicos. Esta vez, los engranajes limpios de retención comenzaron a rodar, emitiendo un traqueteo rítmico y pesado.
Abajo, en la base del aliviadero central, la enorme compuerta de acero de sección radial se elevó los primeros cincuenta centímetros. Un rugido colosal sacudió la garganta de la montaña cuando una masa gigantesca de miles de toneladas de agua dulce y lodo estancado encontró una vía de escape controlada, saliendo disparada hacia el canal de desagüe y aliviando de golpe la letal presión que amenazaba con reventar la presa. El indicador de nivel de la corona detuvo su ascenso vertical por primera vez en toda la noche.
Fin de la Parte III del Capítulo 3. Parte VII: El vórtice del aliviadero..
La apertura de la enorme compuerta radial alteró instantáneamente la dinámica hidráulica del canal de aproximación. La masa de agua, que antes presionaba de forma estática contra el hormigón de la presa, encontró un punto de fuga de velocidad crítica, generando un gradiente de presión que comenzó a succionar todo lo que flotaba en un radio de doscientos metros.
Abajo, la barcaza de mantenimiento dio un violento bandazo hacia estribor. El casco de acero crujió cuando el agua comenzó a girar en un remolino gigantesca y ascendente justo debajo de la popa.
—¡Pedro! ¡Rogelio! —la voz de Andrea llegó al límite de la saturación por el intercomunicador—. ¡El efecto de succión del aliviadero está venciendo la fuerza del motor Caterpillar! ¡Las revoluciones están cayendo y la corriente nos está arrastrando de costado hacia el muro! ¡Tenéis que salir de esa torre ya!
Pedro se asomó por el vano del ventanal técnico. La barcaza se encontraba ya a unos ocho metros por debajo de la plataforma de la torre de control, y la distancia física aumentaba a cada segundo. Bajar por la escala de gato ya no era una opción técnica viable: el oleaje inferior golpeaba con tanta violencia que cualquiera que descendiera por los peldaños sería despedazado contra el muro de hormigón.
—¡El cabo de amarre de alta resistencia sigue tenso entre la torre y el cabrestante de proa! —identificó Rogelio, señalando la línea de nailon trenzado que habían utilizado como tirolesa en el capítulo anterior—. Es nuestra única línea de trayectoria limpia, Pedro. Pero la inclinación es casi vertical debido al descenso del barco.
Parte VIII: Descenso de emergencia.
Pedro no titubeó. Agarró un mosquetón de alta carga del maletín de herramientas de la sala, pasó el cuerpo de la eslinga de seguridad alrededor del cabo de nailon y se aseguró el arnés textil al pecho.
—¡Engánchate justo detrás de mí, Rogelio! —ordenó Pedro, protegiéndose el rostro con el antebrazo—. ¡No uses las manos para frenar o la fricción te destruirá los guantes! ¡Confía en el freno del mosquetón de torsión!
Pedro se lanzó al vacío desde el ventanal de la torre de control. El descenso por el cabo de nailon fue meteórico. La gravedad, combinada con la inclinación del cabo, lo impulsó a una velocidad de más de diez metros por segundo a través de la bruma de agua pulverizada que subía del aliviadero. Las chispas por fricción estática saltaron del mosquetón técnico justo antes de que el cuerpo de Pedro impactara de lleno contra la lona de protección de caucho de la proa de la barcaza, rodando sobre las planchas de acero.
Rogelio descendió inmediatamente después, cayendo de costado sobre las cajas de herramientas de la cubierta. Andrea, viendo que sus compañeros ya estaban a bordo, empujó la palanca del inversor hidráulico a la posición de máxima potencia de avance.
La hélice de cuatro palas mordió el agua espumosa con toda la fuerza de los seiscientos caballos de potencia del motor diésel. La barcaza vibró de proa a popa, luchando centímetro a centímetro contra el vórtice del aliviadero central. Durante diez segundos agónicos, el pontón permaneció inmóvil en mitad del remolino, con el agua del deshielo saltando por encima de las barandillas de babor, antes de que el empuje mecánico finalmente venciera la succión hidráulica. El barco aceleró hacia delante, ganando las aguas abiertas y seguras del canal inferior justo cuando el primer rayo de luz del amanecer filtraba entre las nubes de ceniza y vapor del horizonte.
FIN DEL CAPÍTULO 3.