Parte I: El refugio de la cota alta.
El amanecer en la cordillera sur no trajo luz, sino una penumbra grisácea saturada por una ventisca de aguanieve que golpeaba con la fuerza de pequeños perdigones de hielo. Las dos motos de nieve Lynx permanecían estacionadas al abrigo de un saliente de granito, con los motores apagados para conservar el combustible de reserva. Elvira, con las pestañas cubiertas por una fina capa de escarcha, consultaba la pantalla del receptor de telemetría portátil, cuya batería apenas rozaba el quince por ciento de capacidad operativa.
—La temperatura del suelo ha subido tres grados en las últimas dos horas, Manolo —señaló Elvira, con la voz ahogada por la máscara de neopreno—. El permafrost que estabilizaba estas laderas de granito se está licuando a nivel estructural. No estamos seguros en este saliente. Si no encontramos una estructura con cimientos de hormigón armado anclados a la roca madre profunda, sufriremos el mismo destino que la estación Boreas.
Manolo, que inspeccionaba el nivel de aceite de los cárteres de las motos, se incorporó con dificultad, frotándose las manos enguantadas para recuperar la circulación.
—Según el mapa de infraestructuras del consorcio meteorológico, a ochocientos metros de aquí, en la cima del pico Viento Norte, hay una antigua estación repetidora de telecomunicaciones militares —explicó Manolo, señalando hacia una cresta que se perdía en la densa niebla de evaporación—. Se construyó durante la Guerra Fría. Tiene un búnker subterráneo de tres niveles y una antena parabólica de transmisión de banda ultraancha de diez metros de diámetro. Si esa antena sigue teniendo suministro eléctrico por generador de emergencia, es nuestra única oportunidad técnica para retransmitir los modelos de inundación a la costa.
Úrsula se aproximó a ellos cargando la baliza satelital portátil, cuyo indicador de señal parpadeaba en un color ámbar desalentador.
—Las redes de telefonía comercial y los enlaces de microondas del valle inferior han desaparecido por completo, muchachos —advirtió Úrsula—. El frente de agua ya ha inundado las subestaciones de la llanura. Si no logramos enlazar con los satélites de órbita baja a través de la frecuencia militar del repetidor, la información que recopilamos sobre la velocidad de fusión del manto de hielo se perderá para siempre. La gente de la costa evacuará a ciegas, directos hacia las zonas de acumulación hidráulica.
—En marcha entonces —ordenó Elvira, subiendo de nuevo al asiento de su moto de nieve—. Manolo, abre camino con el faro de xenón auxiliar. La visibilidad es de menos de cinco metros y el sendero de servicio de la antena está bordeado por cortados de más de trescientos metros de caída vertical. Un solo error de tracción en el hielo suelto y acabaremos en el fondo del cañón.
Parte II: La ascensión al pico Viento Norte.
La subida por la pista militar abandonada se convirtió en un ejercicio de supervivencia física y mecánica. Las orugas de goma de las motos patinaban sobre las placas de hielo negro que cubrían el asfalto agrietado. A la derecha de la ruta, el abismo se tragaba el sonido de los motores, devolviendo únicamente el eco sordo del río de lodo y bloques de hielo que seguía bajando por el fondo del valle, arrastrando los restos de la civilización industrial.
Manolo conducía con una tensión absoluta, manteniendo el motor en una marcha corta para maximizar el par de tracción. Cada ráfaga de viento racheado amenazaba con levantar la moto del suelo, obligándolo a inclinar el cuerpo hacia el interior de la pendiente para compensar el centro de gravedad.
—¡La pista está cortada por un desprendimiento de rocas de la ladera superior! —gritó Manolo a través del intercomunicador del casco.
A menos de diez metros, una masa de bloques de granito y barro congelado obstruía por completo el paso. Elvira detuvo su moto a escasos centímetros del obstáculo, evaluando la viabilidad técnica del paso.
—No podemos rodearlo por la derecha, la pendiente de caída es vertical —analizó Elvira, bajando del vehículo y hundiéndose hasta las rodillas en la nieve húmeda—. Tenemos que usar las palas de emergencia del equipo técnico para abrir una brecha de un metro de ancho en el lodo. Si logramos pasar las motos de una en una por ese flanco, alcanzaremos la explanada de la antena en menos de diez minutos.
Úrsula y Manolo desengancharon las herramientas metálicas de los soportes laterales de los vehículos y comenzaron a retirar los detritos congelados bajo la lluvia helada. El esfuerzo físico en la cota de alta montaña, sumado a la falta de oxígeno y la fatiga acumulada, redujo sus reservas de energía al límite. Justo cuando lograban despejar el espacio suficiente para la primera moto, un crujido sordo, muy similar al que precedió al colapso de la estación Boreas, resonó en la pared rocosa que se alzaba sobre sus cabezas. Una nueva sección de la ladera estaba a punto de desprenderse debido a la infiltración del agua de deshielo.
Fin de la Parte I del Capítulo 4. Parte III: El cruce de la falla.
El estruendo que bajaba de la ladera superior no era un eco lejano; era el sonido físico de la roca madre fracturándose bajo el peso del agua de deshielo que se había filtrado en sus diaclasas. Elvira no soltó el manillar de la moto de nieve. Sus dedos, rígidos por el frío extremo, apretaron el acelerador a fondo, haciendo que la oruga de goma del vehículo escupiera una estela de grava y lodo congelado hacia atrás.
—¡Elvira, no lo hagas! ¡La placa base del desprendimiento se está deslizando! —gritó Manolo, intentando avanzar a pie para sujetar la parte trasera de la moto, pero el terreno bajo sus botas cedió unos centímetros, obligándolo a retroceder para no caer al abismo.
—¡Si no cruzamos ahora, la antena repetidora quedará aislada por completo y no habrá transmisión, Manolo! —replicó Elvira, con la visibilidad reducida a cero por la ventisca—. ¡Asegura a Úrsula y retroceded hasta el saliente de granito si las cosas se complican!
La moto de nieve Lynx rugió, el motor de dos tiempos trabajando al límite de sus revoluciones mecánicas mientras se adentraba en la estrecha brecha de un metro que habían despejado con las palas. El vehículo se ladeó violentamente hacia la derecha cuando la oruga izquierda perdió apoyo sobre una roca suelta. Por un segundo agónico, el chasis de la moto quedó suspendido sobre el vacío del desfiladero, balanceándose en un equilibrio hidrostático imposible.
Con un golpe de riñón y forzando el manillar hacia la pared de la montaña, Elvira logró que la banda de rodadura volviera a morder la pizarra firme. En ese mismo instante, una masa de miles de toneladas de barro denso, rocas del tamaño de furgonetas y troncos astillados se desgajó de la cumbre, cayendo como una cascada negra justo detrás de su trayectoria.
Parte IV: Aislados en la tormenta.
El impacto del alud contra la pista militar generó una onda de choque de aire helado que arrojó a Elvira de la moto de nieve. La científica rodó sobre el asfalto agrietado, protegiéndose la cabeza con los brazos, mientras la moto quedaba semienterrada bajo una capa de detritos finos unos metros más adelante..
Cuando el rugido de las rocas finalmente cesó, dejando únicamente el silbido del viento del norte, Elvira se incorporó lentamente. El dolor en su hombro izquierdo era agudo, pero la estructura ósea estaba intacta. Se giró de inmediato hacia el punto de cruce.
La pista militar ya no existía en ese tramo. En su lugar, una enorme barrera de detritos inestables y bloques de granito de tres metros de altura bloqueaba el paso por completo, cortando la comunicación física con el resto del sendero.
—¡Manolo! ¡Úrsula! —gritó Elvira, aproximándose al borde del desprendimiento con las manos alrededor de la boca—. ¿Me recibís? ¿Estáis bien?
A través de la densa niebla y el siseo de la ventisca, la voz de Úrsula llegó amortiguada, transmitiendo una mezcla de alivio y urgencia técnica:
—¡Estamos bien, Elvira! ¡El alud ha pasado a escasos metros de nuestra posición, pero la pista ha quedado totalmente destruida detrás de ti! ¡No hay forma de pasar la segunda moto de nieve ni de trepar por esta pared sin equipo de escalada pesada!
—Tenéis que dar la vuelta —ordenó Elvira, analizando la situación con frialdad científica—. Buscad el sendero de cabras que bordea la cara sur del pico. Es una ruta más larga y tendréis que hacerla a pie, pero os mantendrá a salvo del flujo principal del deshielo. Yo seguiré hacia el búnker de la antena con el equipo portátil. Si logro levantar la señal del repetidor militar, os daré las coordenadas de evacuación por la radio de banda ciudadana.
—Recibido, Elvira —respondió Manolo desde el otro lado de la barrera de rocas—. No cometas ninguna imprudencia ahí arriba. La estructura del búnker tiene más de sesenta años y no sabemos en qué condiciones técnicas se encuentra el generador térmico de la base. Nos vemos en la cumbre.
Elvira se dio la vuelta, desenterró la moto de nieve de la grava con la ayuda de sus manos y arrancó el motor. El faro de xenón volvió a encenderse, proyectando un haz de luz azulada sobre la rampa de hormigón que conducía directamente a las pesadas compuertas de acero del búnker militar del pico Viento Norte. Estaba sola en la cima de la montaña, con la tormenta arreciando y el destino de la costa en sus manos.
FIN DE LA PARTE II DEL CAPÍTULO 4.