Parte I: Deriva circular.
El impacto del contenedor químico contra la popa de la barcaza no solo derribó el mástil de señales; también transfirió un violento esfuerzo de cizallamiento a toda la línea de gobierno. En el puente de mando, el timón de madera y bronce dio tres giros locos a la derecha antes de trabarse por completo con un crujido metálico subterráneo.
—¡La dirección no responde! —gritó Andrea, empujando con todo su peso la rueda del timón—. ¡Está clavada a estribor a treinta grados!
La barcaza, impulsada por la potencia residual del motor Caterpillar, comenzó a describir un círculo cerrado y violento en mitad de la plaza de la Constitución, ahora transformada en un lago circular de doscientos metros de diámetro. El agua, encajonada por los edificios de las conserjerías gubernamentales, formaba un remolino que aumentaba la velocidad de giro del barco a cada segundo.
—¡El impacto ha doblado la limera del timón o ha metido un fragmento de acero del contenedor directamente en la mecha! —advirtió Rogelio, examinando las lecturas mecánicas de presión hidráulica—. El servoasistido está al límite de presión de alivio. Si seguimos forzando la bomba, reventarán los latiguillos de fluido y nos quedaremos sin gobierno de forma permanente.
La barcaza completó su segundo giro concéntrico. A menos de cincuenta metros de su banda de estribor, las farolas de fundición de la plaza sobresalían como lanzas de hierro dispuestas a rasgar las placas del casco si la trayectoria circular se cerraba un poco más. Parte II: El descenso al agua helada.
Pedro se ajustó el arnés de seguridad sobre el traje de neopreno desgastado. Su respiración era agitada, pero sus movimientos seguían la fría precisión de un técnico de mantenimiento naval.
—Tenemos que pararlo de inmediato —dijo Pedro, asegurando una llave grifa de alta resistencia y una barra de acero de un metro a su cinturón de herramientas—. Si paramos el motor, la corriente nos estampará contra los soportales de la plaza. Andrea, mantén el motor al ralentí mínimo, solo lo justo para contrarrestar la succión del remolino. Rogelio, tú me aseguras desde la plataforma de popa. Si el barco da un bandazo, sácame del agua antes de que la hélice me absorba.
—Pedro, el agua está a poco más de dos grados y está llena de sedimentos en suspensión —advirtió Rogelio—. No verás nada ahí abajo. Tendrás que trabajar al tacto, justo al lado del flujo de expulsión de la hélice.
Pedro no respondió. Se deslizó por la escala de gato de popa hasta que sus piernas entraron en contacto con el agua marrón y helada. El frío le atenazó los músculos de inmediato a través de las costuras dañadas del neopreno, pero ignoró el dolor físico. Se sumergió por completo, aferrándose al soporte de acero del protector de la hélice para evitar que la corriente del canal lo arrastrara hacia la oscuridad del fondo urbano.
Fin de la Parte I del Capítulo 9....... Parte III: El lazo conductor.
Bajo la superficie turbia de la plaza de la Constitución, el mundo de Pedro se redujo a la presión brutal del agua helada y al tacto del metal áspero. La visibilidad era nula; el agua arrastraba tanto lodo que ni siquiera la linterna frontal de su casco lograba penetrar el fango más allá de unos pocos centímetros.
Pedro palpó la mecha del timón con sus manos enguantadas. Siguiendo el cilindro de acero hacia arriba, sus dedos tropezaron con una masa densa, tensa y trenzada. No era madera ni metal del contenedor químico. Era un grueso cable de aluminio de alta tensión, arrancado de las farolas de la plaza, que el giro del timón había enredado firmemente alrededor del eje de gobierno como si fuera un torniquete.
Sacó la cizalla manual de alta resistencia de su cinturón. Trabajando a ciegas, encajó las mandíbulas de acero templado de la herramienta alrededor del primer filamento del cable de aluminio y presionó con todas sus fuerzas.
¡Zac!
En el instante en que el metal se cortó, un calambre violento y agudo recorrió el brazo de Pedro, extendiéndose por su pecho como una descarga de agujas congeladas. Se le escapó el aire de los pulmones en una exclamación sorda bajo el agua, perdiendo por un segundo la presa del soporte de la hélice.
Parte IV: Corriente parásita.
Pedro emergió a la superficie jadeando desesperadamente, con el rostro pálido y la mandíbula tiritando por el frío y la sacudida eléctrica. Se aferró a la escala de popa con un brazo que apenas le respondía.
—¡Rogelio! —consiguió articular entre dientes—. ¡El cable... el cable de las farolas tiene corriente! Hay una derivación parásita de la línea de emergencia del distrito financiero... se está derivando a través del agua de la plaza.
Rogelio se asomó por la borda de popa, con los ojos muy abiertos.
—¡Pedro, sal de ahí! —gritó—. Si hay corriente parásita en el agua y el traje de neopreno tiene alguna costura rota, el agua salinizada por el lodo hará de conductor directo. Tu propio cuerpo cerrará el circuito con el casco de hierro de la barcaza. ¡Te vas a quedar pegado al eje!
—No podemos... no podemos subir —respondió Pedro, recuperando el aliento a duras penas—. Si no corto el cable ahora, la barcaza chocará contra los soportales de hormigón en la próxima vuelta. El giro nos está arrastrando cada vez más cerca del borde de la plaza. Dame... dame las pinzas aislantes de goma y la pértiga de fibra de vidrio. Tengo que cortar la línea de alimentación principal antes de volver a tocar el eje.
Fin de la Parte II del Capítulo 9. Parte III: El corte dieléctrico.
—¡Rogelio, la pértiga de fibra de vidrio! ¡Rápido! —exigió Pedro, con los dientes castañeteando violentamente mientras se aferraba con las fuerzas que le quedaban al soporte metálico de la popa.
Rogelio se estiró al máximo sobre la regala de la barcaza, extendiendo la vara aislante de color amarillo brillante. En el extremo de la pértiga había acoplado una cizalla hidráulica accionada por un cable tensor de nailon, diseñada específicamente para trabajos en líneas de distribución eléctrica activas.
—¡Cuidado con el rebote del cable, Pedro! —advirtió Rogelio por encima del estruendo del agua—. El aluminio bajo tensión mecánica se comportará como un látigo metálico en cuanto lo cortes.
Pedro volvió a sumergirse en la corriente marrón y densa. Con el brazo izquierdo entumecido por la descarga anterior, guio la pértiga de fibra de vidrio al tacto hasta encontrar el punto de alimentación principal de la farola sumergida. Las vibraciones del agua le indicaban la proximidad del flujo de la hélice, que giraba al ralentí a pocos centímetros de su cuerpo.
Ajustó las cuchillas de la cizalla en el centro de la línea de alta tensión y tiró con fuerza del cordón de nailon desde la superficie.
La respuesta fue instantánea. Una detonación sorda bajo el agua sacudió el canal, acompañada de un destello azul brillante que iluminó por un milisegundo el fango submarino. El arco eléctrico del cortocircuito final buscó desesperadamente una vía de escape a tierra y la encontró a través de los sistemas de retorno de la barcaza. El sobrevoltaje resultante viajó por la quilla de hierro y fundió instantáneamente los fusibles del cuadro de distribución de popa.
Parte IV: Oscuridad absoluta.
De golpe, los potentes focos halógenos de popa y las luces de navegación de la barcaza se apagaron, sumiendo la plaza de la Constitución en una oscuridad total y asfixiante. La tormenta de aguanieve seguía cayendo con fuerza, pero ahora la tripulación solo contaba con el tenue resplandor rojo de la bengala de emergencia que Pedro había dejado en cubierta antes de bajar.
—¡La dirección se ha liberado! —el grito de Andrea resonó desde el puente de mando—. ¡El timón vuelve a girar, pero estoy completamente a ciegas, Pedro! ¡No veo los obstáculos de la plaza!
Rogelio tiró de la línea de vida con todas sus fuerzas, arrastrando a Pedro hacia la superficie. El técnico subió a la plataforma metálica tiritando incontrolablemente, con el neopreno cubierto de lodo y los dedos rígidos por el frío, pero con la cizalla aún sujeta en el arnés.
La barcaza, libre por fin de la trayectoria circular que la condenaba a chocar contra las farolas, comenzó a navegar en línea recta bajo la influencia de la corriente principal. Sin embargo, sin el sistema de iluminación de proa y popa, la embarcación de doscientas toneladas era un gigante ciego flotando a la deriva entre los rascacielos gubernamentales, expuesta a encallar en cualquier momento contra los escombros invisibles que acechaban bajo las aguas turbias.
FIN DEL CAPÍTULO 9.