Parte I: Infiltración silenciosa.
La barcaza Goliath emergió del cañón de escombros de la plaza de la Constitución con el motor diésel rugiendo a bajas revoluciones, pero el precio del impacto estructural no tardó en cobrarse. En la consola del puente de mando, una pequeña luz analógica de color ámbar comenzó a parpadear con persistencia: Alarma de inundación, Compartimento de Proa 1.
—Tenemos una deformación por torsión en el mamparo de colisión delantero —informó Rogelio, consultando el panel de alarmas de sentina—. No es una brecha abierta, pero el impacto ha cizallado los remaches de la placa de estanqueidad. Hay una vía de agua lenta que está filtrándose directamente hacia el pañol de las baterías de emergencia.
—Esas baterías son las que alimentan los sistemas de radio de alta frecuencia y los terminales de telemetría —advirtió Pedro, levantándose de la mesa de mapas a pesar del frío que aún calaba sus huesos—. Si el agua de inundación, cargada de lodo conductor y sales urbanas, llega a los bornes del banco de respaldo, provocará un cortocircuito masivo que destruirá los transceptores de forma permanente. Nos quedaremos incomunicados en mitad del sector sur.
Pedro tomó una linterna estanca y descendió por la estrecha escotilla de proa. El aire en los compartimentos inferiores estaba viciado, frío y saturado con el característico olor a metal húmedo. Al llegar a la base de la escala, el agua ya le cubría las botas de goma. Un chorro constante y sibilante se escurría entre las juntas de acero dobladas por el choque contra la barcaza de basura, acumulándose en el fondo del pozo.
Parte II: Portadora espectral.
En el búnker militar del pico Viento Norte, ajenos al choque, Elvira y Manolo intentaban desesperadamente recomponer la señal de radio tras el desbordamiento que había apagado la pantalla de la barcaza. El transceptor modificado de la moto de nieve emitía un chasquido térmico rítmico.
—La frecuencia de rebote atmosférico está mejorando debido al enfriamiento de las capas de aire bajas —explicó Úrsula, ajustando con precisión milimétrica el sintonizador de antena—. Si logran encender su receptor analógico de reserva en la barcaza, deberían poder captar nuestra portadora de audio. Elvira, habla ahora. La ventana de transmisión estable no durará más de cinco minutos.
Elvira tomó el pesado micrófono de baquelita de la estación Boreas..
—Estación Boreas llamando a barcaza Goliath, ¿me reciben? —su voz sonaba distorsionada por la estática de la tormenta—. Pedro, Andrea... Hemos detectado un descenso brusco de la presión barométrica en la cota media. El deshielo está alcanzando su punto crítico en los colectores de alcantarillado subterráneos. Si están en el distrito financiero, deben evacuar los canales abiertos de inmediato. Las calles principales van a colapsar por colapso de las bóvedas de drenaje. ¿Me reciben?
En la sentina de proa de la Goliath, el altavoz del transceptor de emergencia colgado del mamparo comenzó a emitir la voz rota de Elvira entrecortada por un siseo metálico, justo cuando el nivel del agua helada alcanzaba la base del rack donde se alojaban las baterías de plomo de reserva.
Fin de la Parte I del Capítulo 11. Parte III: El bypass de fortuna.
El agua helada ya lamía la base metálica del rack de baterías. El siseo del agua de la inundación, mezclada con la grasa de los mamparos, generaba una espuma blanquecina que amenazaba con cubrir los bornes de plomo del banco de reserva. En el altavoz del transceptor, la voz de Elvira se desvanecía por momentos entre ráfagas de estática:
—...colapso de... bóvedas... evacuen la cota...
—¡Rogelio! —gritó Pedro hacia la escotilla, con el agua ya por las rodillas—. ¡Lánzame las pinzas de arranque con aislamiento de neopreno y el cable puente de sección gruesa! ¡Si no aíslo la carga del banco inundado ahora mismo, la sobretensión fundirá el modulador del transceptor!
Rogelio arrojó los cables pesados por el hueco de la escotilla. Pedro los atrapó al vuelo y se agachó sobre el rack de baterías, con el pecho casi rozando la superficie del agua helada. La tensión en las baterías era de veinticuatro voltios de corriente continua; no era suficiente para electrocutarlo, pero un cortocircuito directo en ese banco acumulado generaría un arco térmico capaz de soldar las pinzas al metal y derretir el cableado en segundos.
Con una precisión quirúrgica a pesar de los temblores de su mano, Pedro colocó la primera pinza en el borne positivo de la línea de salida del puente de mando, puenteando directamente la alimentación hacia la toma auxiliar del alternador del motor principal, saltándose por completo las celdas inundadas.
¡¡SPARK!!
Un destello azul saltó cuando la pinza mordió el bronce del borne, pero la derivación funcionó. El zumbido de las baterías moribundas cesó de inmediato, y la voz de Elvira en el altavoz de la sentina recuperó su nitidez analógica.
Parte IV: El aviso del subsuelo.
—¡Estación Boreas, aquí la Goliath! —respondió Pedro, aferrando el micro de mano con fuerza—. ¡Elvira, te recibimos bajo mínimos! Hemos tenido una vía de agua en proa, pero el bypass eléctrico aguanta. Repite el aviso de las bóvedas de drenaje, ¿qué está pasando ahí abajo?
La voz de Elvira llegó al puente y a la sentina con una urgencia que helaba la sangre:
—¡Pedro! Las lecturas de los piezómetros de la cota media indican que las grandes canalizaciones de alcantarillado que pasan justo por debajo de las avenidas principales están saturadas al ciento veinte por ciento de su capacidad de diseño. El agua del deshielo de la montaña está bajando con tanta presión que está generando un efecto de golpe de ariete hidráulico en el subsuelo. ¡Las bóvedas de hormigón que sostienen el asfalto de las avenidas van a colapsar por sobrepresión! ¡El suelo se va a hundir bajo el agua!
Justo cuando Elvira terminó de hablar, un temblor sordo y profundo sacudió el casco de la Goliath. No venía de la tormenta ni del viento exterior. Era una vibración subterránea, un rugido de hormigón rompiéndose bajo el agua que hizo que el nivel de la inundación de la calle comenzara a succionarse violentamente hacia abajo, como si se hubiera abierto un sumidero gigantesco justo delante de la proa de la barcaza.
Fin de la Parte II del Capítulo 11. Parte III: Cavitación al límite.
El sumidero gigante abierto en mitad de la avenida tragaba miles de metros cúbicos de agua por segundo. La corriente superficial se aceleró de golpe, creando un plano inclinado de agua marrón que succionaba la proa de la Goliath directamente hacia las fauces de hormigón colapsado del subsuelo.
—¡Nos arrastra! —bramó Rogelio, aferrándose al marco del parabrisas del puente mientras la cubierta se inclinaba hacia delante—. ¡La proa está perdiendo sustentación!
—¡No en mi guardia! —bramó Andrea.
Con un movimiento violento, Andrea golpeó la palanca del inversor de marcha del motor Caterpillar, engranando la marcha atrás de emergencia sin reducir primero las revoluciones. El embrague hidráulico de la transmisión emitió un chillido metálico agudo, un lamento de discos de fricción patinando bajo una carga desmedida, pero los engranajes acoplaron.
—¡Sujétense! —gritó, hundiendo el acelerador a fondo.
La enorme hélice de bronce de cuatro palas comenzó a girar en sentido contrario a una velocidad de rotación descontrolada. Al trabajar en un flujo de agua turbulenta y cargada de burbujas de aire por la succión del sumidero, la hélice entró instantáneamente en un estado crítico de cavitación.
Bajo la popa, el agua comenzó a hervir literalmente debido a la caída de presión en las caras de las palas. Las microburbujas de vapor colapsaban contra el metal con la fuerza de pequeños explosivos, arrancando material del bronce y generando una vibración ensordecedora que hacía saltar los remaches del casco. El barco entero se estremeció como si avanzara sobre una pista de grava a gran velocidad.
Parte IV: El retroceso desesperado.
Durante diez segundos agónicos, la barcaza pareció flotar en el aire, suspendida en el borde mismo de la catarata urbana. La proa de la Goliath apuntaba hacia abajo, rozando los restos de asfalto que caían al abismo del colector de drenaje.
Poco a poco, la fuerza bruta de los ochocientos caballos del motor diésel comenzó a vencer la inercia de la gravedad y la succión del sumidero. El empuje inverso de la hélice cavitando, aunque ineficiente por la espuma, empezó a arrastrar las doscientas toneladas de la barcaza hacia atrás, alejándola del vórtice centímetro a centímetro.
—¡Está funcionando! —gritó Pedro desde la escotilla, cubierto de lodo—. ¡Estamos ganando terreno!
Con un último y violento tirón mecánico, la barcaza retrocedió cincuenta metros, estabilizándose en la zona de aguas más lentas cerca del soportal de un centro comercial. Justo en ese instante, un golpe seco y sordo resonó en la transmisión: la caja de cambios del Caterpillar, sometida a un estrés térmico y mecánico intolerable, se bloqueó en posición neutral. El motor diésel siguió rugiendo libre de carga, pero la hélice se detuvo por completo.
Estaban a salvo del sumidero, pero ahora la Goliath flotaba completamente sin propulsión, a la deriva en un sector de la ciudad que seguía hundiéndose bajo la presión del deshielo. El capítulo 11 termina con la tripulación en silencio, escuchando el rugido del agua devorando las calles mientras revisan los daños del eje principal. ,,,, FINAL DEL CAPÍTULO 11.