Parte I: El gigante de cristal
El silencio motor era lo más aterrador. Sin el latido constante y sordo del Caterpillar, la barcaza flotaba como un enorme ataúd de hierro a la deriva. La corriente de retorno, acelerada por el sumidero que acababa de tragarse la avenida, empujaba a la Goliath de costado hacia el imponente complejo del centro comercial Plaza Oriente.
A través del parabrisas del puente de mando, Andrea veía cómo la inmensa fachada acristalada de tres pisos de altura se agigantaba segundo a segundo. Las planchas de vidrio templado, que en su día reflejaban la actividad urbana, ahora devolvían una imagen distorsionada y oscura de la tormenta de aguanieve y el agua embravecida.
—¡Nos quedan menos de ochenta metros para el impacto! —advirtió Andrea, aferrando inútilmente el timón sin presión hidráulica—. Si el lateral de la barcaza golpea las columnas de soporte del acristalamiento, el techo de la estructura colapsará entero sobre la cubierta. ¡Nos aplastará el acero de la techumbre!
—¡Pedro, la transmisión está bloqueada por sobreesfuerzo térmico en el selector servoasistido! —gritó Rogelio desde la trampilla de la sala de máquinas, con la linterna entre los dientes—. ¡El pistón de empuje se ha soldado por fricción en la posición de retroceso crítico!
Pedro no lo dudó. Agarró un mazo de bronce de cinco libras y un cincel de punta plana del panel de herramientas rápidas.
—¡Voy a bajar! —bramó Pedro, deslizándose por el ojo de buey de la cubierta técnica—. ¡Rogelio, mantén el portátil encendido y monitoriza la presión del cárter! Si consigo liberar el trinquete a golpes, engrana la marcha adelante en cuanto sientas la vibración. ¡No esperes a que suba!
Parte II: Acero contra bronce.
El compartimento de la transmisión era un infierno de metal caliente, vapor de aceite evaporado y agua de sentina que chapoteaba a ras de las cuadernas. El bloque de la reductora Twin Disc emitía un calor sofocante que contrastaba con el aire gélido del exterior.
Pedro se encajó en el angosto espacio entre el cárter y el mamparo de estribor, con la espalda apoyada contra el hierro frío y los pies resbalando en la grasa. Iluminó el actuador del selector: la varilla de acero dulce que controlaba el flujo del aceite hidráulico estaba doblada y acuñada firmemente contra el cuerpo de la válvula de control debido a la brutal torsión del cambio de marcha atrás a plenas revoluciones.
—¡Pedro! —la voz de Andrea resonó a través de los tubos de comunicación acústica—. ¡Cincuenta metros! ¡La corriente está acelerando por el efecto canal de los soportales!
Pedro colocó la punta del cincel de bronce justo en la base de la varilla doblada, en el punto de pivote del selector. Sabía que un golpe mal dado podía romper el cuerpo de aluminio de la válvula, inutilizando la transmisión para siempre.
¡CLANG!
El primer impacto del mazo resonó en todo el casco como una campana de iglesia. El metal vibró, pero el selector no cedió. El calor del aceite atrapado mantenía la pieza bajo una presión hidráulica interna descomunal.
¡CLANG!
Un segundo golpe más certero. Del actuador brotó un hilo de fluido hidráulico de color rojo brillante, hirviendo, que salpicó el traje de neopreno de Pedro.
En el exterior, el guardabarros de goma de la proa de la Goliath rozó la primera columna exterior del centro comercial. Un sonido agudo de vidrio templado crujiendo bajo miles de toneladas de presión comenzó a resonar justo por encima de sus cabezas. Parte III: El golpe de liberación.
El crujido del vidrio templado de la fachada del centro comercial resonaba a través de las planchas de acero de la cubierta como una serie de disparos de artillería. La presión de la barcaza Goliath estaba empezando a flexionar los marcos de aluminio del edificio.
—¡Pedro! —gritó Rogelio desde la escotilla, con la voz ahogada por la tensión—. ¡Las planchas del primer piso están estallando! ¡Nos va a caer una lluvia de fragmentos de cristal de seguridad encima!
En el cubículo de la transmisión, el calor era casi insoportable. Pedro ignoró el dolor del fluido hidráulico ardiente que le había salpicado el brazo. Ajustó el cincel de bronce una vez más, buscando el milímetro exacto donde la varilla doblada bloqueaba el trinquete de retroceso. Sabía que solo le quedaba un intento antes de que la presión hidráulica interna bloqueara el sistema de forma permanente.
Levantó el mazo de cinco libras con ambas manos, tensando los hombros en el angosto espacio, y descargó el golpe con toda la fuerza de su cuerpo.
¡¡¡ZAS!!!
El impacto fue tan seco que el cincel saltó de sus manos, pero el resultado fue inmediato. La varilla de acero dulce cedió, enderezándose lo justo para que el muelle de retorno recuperara su posición. Un chorro de presión hidráulica liberada siseó contra el mamparo, y el selector de la caja de cambios Twin Disc regresó a la posición de reposo con un chasquido metálico rotundo.
—¡Libre! —bramó Pedro, con los pulmones ardiendo—. ¡Rogelio, engrana adelante ya!
Parte IV: Escape por el flanco.
En el puente de mando, Andrea no esperó a que la vibración se estabilizara. En cuanto sintió el acople mecánico del eje, empujó la palanca del inversor hacia delante y metió el timón a babor con todas sus fuerzas.
La hélice de bronce, libre de la cavitación anterior, mordió el agua turbia con un empuje limpio y masivo. El motor diésel Caterpillar rugió, liberando una bocanada de humo negro por el escape de popa mientras las doscientas toneladas de la barcaza comenzaban a pivotar sobre su propio eje.
Justo en ese milisegundo, la gran cristalera de la fachada del centro comercial colapsó.
Miles de fragmentos de vidrio templado cayeron como una granizada letal, golpeando con violencia la cubierta metálica de proa y el parabrisas reforzado del puente de mando. Un bloque de aluminio de la estructura del techo se desprendió, rozando el guardabarros de estribor con un chirrido espantoso, pero la Goliath ya tenía velocidad de escape.
La barcaza se deslizó lateralmente, alejándose de la zona de derrumbe y adentrándose de nuevo en el canal seguro de la avenida principal, dejando atrás el remolino de agua y la lluvia de cristal roto.
FIN DEL CAPÍTULO 12 .