Parte I: El colapso del castillete.
Los segundos se dilataron en el puente de mando y sobre las planchas metálicas de la proa. Rogelio descendía por el conductor de cobre trenzado a un ritmo frenético, con las suelas de sus botas golpeando rítmicamente las placas de hormigón de la fachada del segundo piso. Sentía las vibraciones longitudinales del cable, que se tensaba y destensaba como la cuerda de un arco bajo una carga desmedida. Doce plantas más arriba, el bloque de cimentación del motor del ascensor terminó de perder el agarre de su armadura interna.
¡¡¡CRAC!!!
Un estruendo sordo, similar al trueno de una tormenta de verano pero con la resonancia pétrea del hormigón rompiéndose en mil pedazos, bajó desde el cielo de la ciudad. La losa de la azotea del Instituto Tecnológico había cedido por cortante. El pesado tambor de hierro fundido del elevador, libre de sus anclajes y arrastrado por el momento de inercia de las doscientas toneladas de la barcaza, salió despedido de su cubículo técnico, destrozando la pared de chapa ondulada de la caseta de mantenimiento.
—¡Rogelio, salta ya! —bramó Pedro, extendiendo los brazos desde la amurada de estribor.
Rogelio no lo pensó dos veces. Desenganchó el mosquetón de seguridad del arnés y se dejó caer los últimos tres metros de distancia. Impactó pesadamente contra el guardabarros de goma de la proa justo en el instante en que las mil toneladas de escombros, ladrillos y chatarra del castillete de la azotea comenzaban su caída libre por la vertical de la fachada.
El cable de cobre de veinticinco milímetros de sección, en lugar de soltarse, actuó como una eslinga elástica gigante. Al caer la maquinaria del ascensor hacia el vacío exterior de la calle, el tendido arrastró consigo el eje de la proa de la Goliath. La fuerza centrípeta del impacto fue demoledora: la masa masiva de la barcaza fue succionada lateralmente hacia los pilares de hormigón del propio edificio a una velocidad de deriva incontrolable.
—¡Andrea! ¡Va a estampar la proa contra el vestíbulo! —gritó Pedro, perdiendo el equilibrio debido al brusco viraje del casco.
Parte II: La radial de emergencia.
En el puente de mando, Andrea sintió la violenta sacudida lateral que inclinó la cubierta casi diez grados hacia estribor. El agua de la avenida, desplazada por la súbita maniobra forzada del barco, rompió en una ola espumosa contra los ventanales laterales. Sabía que meter marcha atrás o adelante con la transmisión bloqueada en punto muerto no serviría de nada; la barcaza estaba unida mecánicamente a una masa de escombros en caída libre que actuaba como un ancla de gravedad destructiva.
—¡Pedro! ¡En el cofre de herramientas rápidas de la cubierta de maniobra! —bramó Andrea a través del tubo de comunicación acústica—. ¡Saca la amoladora angular de batería con el disco de diamante para corte de metales no ferrosos! ¡Tenemos que cizallar ese cable de cobre antes de que el peso del bloque del ascensor toque el fondo del canal o destruirá la bitácora de proa!
Pedro se arrastró por el suelo resbaladizo de la proa, esquivando los Fragmentos de vidrio que caían de los pisos superiores. Abrió la tapa del arcón estanco de acero y extrajo la radial industrial de alta capacidad, equipada con una batería de ion de litio de sesenta voltios. El motor síncrono sin escobillas de la herramienta emitió un silbido agudo y ultrasónico en cuanto Pedro presionó el gatillo de seguridad con sus dedos entumecidos. El disco de corte comenzó a girar a más de nueve mil revoluciones por minuto, brillando con un reflejo metálico bajo el aguanieve.
El cable de cobre trenzado estaba tan tenso que había reducido su diámetro nominal por estricción molecular; emitía un zumbido sordo que hacía vibrar el pasamanos de estribor. Cortar una línea bajo semejante tensión mecánica era una maniobra de altísimo riesgo: el latigazo elástico del metal al liberarse podía cizallar un brazo o destrozar el puente de mando de lado a lado.
—¡Rogelio, cúbrete detrás del mamparo de la bodega! —ordenó Pedro, aproximando el disco de la radial al punto de máxima flexión del cable, justo donde el conductor entraba en el rodillo de guía de la proa.
¡¡¡SPARK!!!
En cuanto el filo del disco de diamante tocó las primeras trenzas de cobre, una lluvia masiva de chispas de color naranja brillante y verde pálido brotó hacia la oscuridad de la tormenta. El cobre, un metal blando pero tenso, ofreció una resistencia pastosa que comenzó a sobrecalentar el cuerpo de la herramienta. Pedro mantuvo la presión con ambos brazos bloqueados, sintiendo cómo el disco devoraba la armadura de bronce hilo a hilo, mientras por el rabillo del ojo veía la inmensa sombra del bloque de hormigón del tejado precipitarse hacia las aguas del canal a escasos metros de la amurada.
Parte III: El latigazo elástico.
El disco de la amoladora angular devoraba las últimas trenzas del conductor de cobre a más de nueve mil revoluciones por minuto. El calor generado en la zona de fricción era tan elevado que los hilos periféricos del metal comenzaron a licuarse, goteando en esferas incandescentes que se apagaban al tocar el agua estancada de la cubierta. Pedro mantenía la presión, con los músculos de los hombros agarrotados por el esfuerzo de sostener la radial en un ángulo ortogonal perfecto respecto al eje de tracción.
¡¡¡ZAS!!!
La resistencia estructural del cable cedió de golpe cuando solo quedaba un núcleo de tres milímetros sin cortar. La liberación de la energía elástica acumulada en las cincuenta semanas de cable tenso fue ensordecedora. El extremo superior del conductor salió disparado hacia el cielo de la avenida con un restallido ultrasónico, un latigazo de bronce que sesgó limpiamente el soporte de acero de los focos halógenos de proa y arrancó una sección del pasamanos de estribor como si fuera alambre de espino. El filamento cortado silbó a escasos centímetros del casco de Pedro antes de perderse en la penumbra de la tormenta.
Libre de la retención vertical, la Goliath recuperó su asiento sobre el agua con un balanceo violento, justo en el milisegundo en que las mil toneladas de escombros del castillete de la azotea alcanzaron la superficie del canal.
El bloque del motor del ascensor y las losas de hormigón impactaron contra la avenida a menos de cuatro metros de la amurada de estribor. El estallido hidrodinámico fue monumental. El agua del canal, confinada entre las paredes de hormigón de los rascacielos, no pudo disipar la energía del impacto de forma lateral. En su lugar, la masa líquida se comprimió y se elevó en una cresta vertical de casi dos metros y medio de altura, una ola de desplazamiento de lodo, hielo y escombros que se abatió con una fuerza hidráulica brutal sobre el costado de la barcaza.
Parte IV: Sobrevivir a la cresta.
—¡Ola de costado! —bramó Rogelio, aferrándose con ambas manos a la bita de amarre central mientras la masa de agua marrón inundaba la cubierta de maniobra, cubriéndole las piernas hasta las rodillas.
El impacto de la ola de desplazamiento levantó el costado de estribor de la Goliath en un ángulo de escora crítico de casi quince grados. En el puente de mando, Andrea fue lanzada contra los paneles de control de babor, golpeándose el costado contra la palanca selectora de las bombas de sentina. El portátil robustecido resbaló de la mesa técnica y quedó colgando del cable de alimentación, parpadeando con gráficos erráticos mientras la gravedad amenazaba con voltear la embarcación en el canal estrecho.
Las doscientas toneladas de acero de la barcaza lucharon contra el momento de adrizamiento. Durante tres segundos agónicos, el barco permaneció suspendido en el vértice de la ola, con la amurada de babor rozando el agua del canal y la quilla expuesta a las tensiones dinámicas de la corriente. Si los tanques de flotación delanteros, debilitados por la vía de agua lenta del Capítulo 11, se inundaban por completo bajo esta nueva presión, el centro de gravedad se desplazaría de forma irreversible, provocando un vuelco de campana.
Afortunadamente, el diseño de doble cuaderna del casco y el peso muerto del gran motor diésel Caterpillar en la sección de popa actuaron como un contrapeso natural. La barcaza cayó pesadamente hacia el otro lado, rompiendo la cresta de la ola y estabilizándose en medio del canal con un cabeceo sordo y prolongado que hizo crujir los mamparos de la bodega.
El agua de la ola se escurrió rápidamente por los imbornales laterales de la cubierta, dejando tras de sí un rastro de escombros, cascotes de hormigón y cables eléctricos rotos. Pedro y Rogelio, empapados de pies a cabeza y tiritando por el aguanieve, se incorporaron lentamente, revisando sus arneses de seguridad. Estaban vivos y la barcaza seguía a flote, pero el oleaje los había empujado de nuevo hacia el centro de la avenida principal, justo donde la corriente del canal comenzaba a acelerar de manera geométrica hacia el distrito financiero.
FIN DEL CAPÍTULO 16.