Parte I: El campo de inducción.
El agua turbia del canal tardó en estabilizarse tras el colapso del castillete del rascacielos. La gran cresta de dos metros y medio que había escorado a la Goliath comenzó a fragmentarse en una serie de ondas secundarias, trenes de olas concéntricas de lodo, granizo y espuma que golpeaban rítmicamente las planchas del casco de acero dulce. La barcaza cabeceaba pesadamente, con un movimiento oscilatorio sordo que hacía crujir los mamparos de la bodega central y forzaba los pernos de apoyo del motor diésel Caterpillar.
Pedro se incorporó con lentitud sobre las planchas de hierro estriado de la proa. El dolor en su hombro derecho, producto del impacto tras el salto desde el cable de cobre, era un pinchazo agudo y punzante que se intensificaba con cada respiración profunda, pero lo ignoró. El aguanieve continuaba cayendo de forma oblicua, impulsada por las rachas de viento del noroeste que aullaban entre las torres de oficinas desiertas, congelando la humedad que empapaba su traje de neopreno.
A su lado, Rogelio se sacudía los fragmentos de vidrio templado que se habían acumulado en los pliegues de sus pantalones de protección. Su linterna de casco, abollada por el descenso, emitía un parpadeo amarillento que apenas lograba rasgar la penumbra de la tarde invernal.
—Pedro, mira hacia el frente, a unos treinta metros por la amura de babor —dijo Rogelio, señalando con el brazo extendido hacia una silueta oscura que flotaba a ras de agua—. La ola no solo nos ha alejado del Instituto Tecnológico; nos ha metido de lleno en la berma de servicio de la avenida principal.
Pedro entornó los ojos, limpiando la condensación y el lodo de la visera de su casco. Entre la bruma y el vapor que aún emanaba de las ventanas rotas del cuarto piso, se alzaba la silueta trágica de una torre de distribución eléctrica de media tensión. La estructura de celosía de acero, que originalmente sustentaba las líneas de alimentación de veinte kilovoltios del distrito financiero, había cedido por la base. El flujo subterráneo del deshielo había erosionado los pilotes de hormigón de la cimentación, provocando que la torre pivotara sobre sí misma y cayera de costado sobre el cauce de la calle inundada.
Lo terrorífico no era la estructura metálica caída, sino los gruesos conductores de cobre desnudo que dependían de ella. Seis líneas de cables de gran sección, diseñadas para transportar la energía desde la subestación del sector sur, se encontraban sumergidas en el agua del canal, retorciéndose como anguilas mecánicas bajo la superficie turbia.
—La subestación eléctrica de la cabecera del distrito sigue en línea —advirtió Pedro, cuya mente técnica analizó la geometría del desastre en un segundo—. Mira el agua alrededor de las cerámicas de los aisladores rotos. Está hirviendo. Hay un efecto de electrólisis masiva en la capa superficial.
Efectivamente, en los puntos donde los conductores de cobre tocaban el agua cargada de lodo arcilloso y sales urbanas conductores, se formaba una espuma blanquecina y burbujeante. Pequeños arcos eléctricos de un color violeta pálido saltaban intermitentemente entre los restos de los transformadores sumergidos y la superficie líquida. La energía no se había cortado; las protecciones diferenciales de la subestación central debían de haber quedado bloqueadas por la inundación de los relés de disparo, manteniendo la línea bajo una tensión letal de miles de voltios.
—¡Andrea! —gritó Pedro hacia el puente de mando a través del intercomunicador de mano, cuya señal emitía ruidos extraños—. ¡No toques ninguna superficie metálica desnuda que esté conectada directamente a las cuadernas exteriores! ¡El barco está entrando en un gradiente de potencial eléctrico!
En el puente de mando, Andrea detuvo la mano a escasos centímetros de la palanca de acero del inversor de marcha. El aviso de Pedro llegó justo a tiempo. Al mirar el panel analógico de la consola de navegación, notó que las agujas de los voltímetros de corriente continua del sistema de a bordo estaban oscilando de forma descontrolada, marcando lecturas absurdas. El chasis de acero de la Goliath, al encontrarse flotando en un medio líquido cargado con una diferencia de potencial eléctrico debido a los cables sumergidos, estaba actuando como un conductor flotante dentro de un enorme campo de inducción.
El aire en el interior del puente comenzó a saturarse con un olor característico: el olor a ozono provocado por las micro-descargas estáticas. Los cabellos en los brazos de Andrea comenzaron a erizarse, una respuesta física directa a la intensa carga electrostática que se estaba acumulando en las superficies metálicas de la cabina de mando. La barcaza entera se había convertido en un condensador flotante. Mientras la tripulación permaneciera en el interior aislada por las suelas de goma de sus botas y los trajes de neopreno, estarían a salvo; pero en el momento en que alguien tocara simultáneamente una cuaderna estructural conectada al agua y una masa de tierra o una herramienta aislada, el circuito se cerraría a través de su cuerpo con consecuencias fatales.
—¡Pedro, la corriente del canal nos está arrastrando hacia el centro de la celosía de la torre caída! —informó Andrea por el tubo acústico, manteniendo los pies firmes sobre la alfombra de goma aislante del suelo del puente—. La popa está derivando hacia el flanco izquierdo y el cable de estribor que cortaste está rozando las planchas inferiores. Si el casco hace contacto directo con uno de los conductores desnudos de veinte kilovoltios, el arco eléctrico perforará los tanques de combustible de la sección técnica o fundirá los rodamientos del eje de la hélice de forma instantánea. Parte II: El protocolo de aislamiento.
El zumbido de los veinte kilovoltios reverberaba en el casco de acero de la Goliath con una frecuencia sorda de cincuenta hercios que se sentía directamente en los huesos de la tripulación. Pedro, inmóvil en la proa, observaba cómo las gotas de aguanieve que golpeaban las planchas de hierro no se evaporaban por calor, sino que saltaban pulverizadas en micro-gotas debido a la intensa carga electrostática del ambiente. El fenómeno de la descarga de corona comenzaba a manifestarse en los puntos más agudos de la embarcación: la punta del mástil de señales roto y las esquinas del parabrisas del puente emitían un tenue resplandor azulado, un fuego de San Telmo urbano y artificial provocado por la ionización del aire saturado de humedad.
—¡Rogelio! —exclamó Pedro, manteniendo los codos pegados al cuerpo para reducir el área de inducción de su propio contorno—. No podemos tocar las amuradas directamente con las manos desnudas. Si la diferencia de potencial entre el agua del canal y el chasis del barco encuentra una vía de menor resistencia a través de nuestros cuerpos, sufriremos una descarga por tensión de contacto que nos detendrá el corazón en milisegundos.
Rogelio asintió con la cabeza, manteniendo las manos alzadas a la altura del pecho. Sus guantes de kevlar estaban empapados de agua sucia, lo que anulaba por completo cualquier propiedad aislante del tejido.
—En el pañol de maniobra de proa guardamos las pértigas de acoplamiento rápido para la recogida de cabos —sugirió Rogelio, midiendo con la mirada la distancia hasta el arcón metálico—. Son de fibra de vidrio extruida con resina epoxi, diseñadas originalmente para resistir impactos mecánicos, pero el material es un excelente dieléctrico. Si acoplamos tres secciones, tendremos una pértiga de casi seis metros de longitud totalmente aislada.
—Hazlo, pero no abras el arcón con la mano —le advirtió Pedro—. Usa el pie. La suela de tus botas de caucho vulcanizado es lo único que te separa del potencial de paso del suelo de la cubierta.
Rogelio se desplazó con pasos cortos y arrastrados, una técnica de seguridad que evitaba separar los pies del suelo para no generar una diferencia de potencial entre ambos puntos de apoyo. Al llegar al arcón de herramientas, levantó la pierna derecha y golpeó el pestillo de acero con el tacón de su bota de goma. La tapa metálica se abrió de golpe con un chirrido pesado. En el interior, ordenadas en sus soportes de neopreno, reposaban las varillas de fibra de vidrio de color amarillo fosforescente.
Con un cuidado infinito, utilizando los mangos plásticos de las herramientas manuales como pinzas improvisadas, Rogelio extrajo las tres secciones dieléctricas. Comenzó a roscarlas entre sí, asegurando los pasadores de nailon hasta conformar una vara rígida, ligera y totalmente estanca al flujo eléctrico.
Mientras tanto, la barcaza continuaba su deriva horizontal. La corriente secundaria generada por el sumidero del distrito financiero empujaba la popa de la Goliath hacia los cables tensores de la torre eléctrica caída. El conductor principal de cobre desnudo, sumergido a apenas medio metro de la superficie del agua, oscilaba de forma sinuosa debido al empuje hidráulico del canal. Si la quilla de la embarcación pasaba por encima del cable y rascaba la capa de óxido de las planchas inferiores, el cortocircuito directo entre la línea de media tensión de la ciudad y las doscientas toneladas de hierro de la barcaza generaría una explosión por arco térmico capaz de perforar el doble fondo del casco, provocando una inundación catastrófica e instantánea en la sala de máquinas.
Parte III: La maniobra de repulsión dieléctrica.
En el puente de mando, Andrea monitorizaba la aproximación visual a través de los cristales empañados. El indicador de rumbo analógico se había vuelto completamente loco; el campo magnético inducido por la corriente alterna de los cables sumergidos superaba con creces el magnetismo terrestre, haciendo que la aguja de la brújula girara sin rumbo fijo en su cubículo de glicerina.
—¡Pedro! ¡La popa está a menos de cuatro metros del primer brazo de la cruceta de acero! —anunció Andrea por el tubo acústico, cuya resonancia de hierro transmitía una ligera vibración estática—. Si la estructura de la torre se engancha con el eje de la hélice, nos quedaremos anclados en mitad del campo eléctrico permanente.
Pedro tomó el extremo de la pértiga de fibra de vidrio que Rogelio le extendía. El tacto del material compuesto era frío y seco, un alivio frente a la humedad conductora que lo envolvía todo. Se plantó en la amurada de estribor, flexionó las rodillas para estabilizar su centro de gravedad sobre la cubierta oscilante y extendió la pértiga amarilla hacia el agua turbia del canal.
Su objetivo no era tocar el cable de cobre directamente —lo que podría generar un cebado de arco a través de la superficie húmeda de la fibra si esta acumulaba suciedad—, sino apoyarse en la propia celosía de acero de la torre caída, que se encontraba unida a la toma de tierra física del subsuelo urbano. Al empujar contra una estructura conectada a tierra, la barcaza podría desviar su trayectoria de deriva sin absorber la energía de la línea activa.
La punta de la pértiga tocó el hierro angular de la torre sumergida.
¡¡¡SPARK!!!
Una pequeña chispa purpúrea saltó en el punto de contacto subacuático, un destello luminoso que iluminó el lodo del fondo del canal por un instante debido al potencial residual del agua. Pedro sintió una tremenda resistencia mecánica; la inercia de la Goliath, combinada con la presión del flujo del deshielo, empujaba la pértiga hacia su pecho con la fuerza de un pistón hidráulico.
—¡Rogelio, ayúdame con el brazo de palanca! —bramó Pedro, apretando los dientes mientras los músculos de sus antebrazos se tensaban al límite—. ¡Tenemos que forzar un momento de rotación en la proa para que la popa caiga hacia el flanco limpio del canal!
Rogelio se cruzó por detrás de Pedro, aferrando la sección central de la barra de fibra de vidrio. Juntos, coordinando el peso de sus cuerpos en un esfuerzo simétrico, empujaron con todas sus fuerzas contra la estructura sumergida. La pértiga de fibra de vidrio comenzó a combarse de forma alarmante, adoptando una curva parabólica que ponía a prueba los límites de elasticidad del polímero epóxico. El esfuerzo era sobrehumano: la masa del barco se resistía a cambiar de trayectoria, pero la física elemental del brazo de palanca comenzó a surtir efecto.
Centímetro a centímetro, la proa de la Goliath comenzó a pivotar hacia babor, alejándose del eje de la torre eléctrica. El movimiento angular forzado provocó que la popa, que se encontraba en la zona de mayor peligro, realizara un desplazamiento parabólico inverso, esquivando la cruceta de alta tensión por apenas un palmo de distancia. El conductor de cobre desnudo siseó bajo la superficie a ras de la quilla, pero el contacto directo no se produjo. La barcaza se deslizó por el flanco izquierdo de la estructura caída, aprovechando el canal de escape limpio que se abría hacia la zona de los rascacielos residenciales del norte. Parte IV: El efecto de la jaula.
El alivio de haber esquivado la cruceta principal de la torre fue efímero. Aunque la popa de la Goliath había salvado el contacto directo con el conductor de veinte kilovoltios por escasos centímetros, la masa de doscientas toneladas de acero dulce se encontraba ahora atrapada en el centro geométrico del pasillo eléctrico. A babor, la estructura de celosía sumergida actuaba como un electrodo masivo; a estribor, los cables secundarios de baja tensión, desprendidos de las fachadas de los edificios comerciales, formaban una red de hilos de cobre que colgaban hasta tocar la superficie del canal, chisporroteando con una frecuencia constante.
Pedro y Rogelio mantenían la posición en la proa, sosteniendo la pértiga de fibra de vidrio con los brazos doloridos y los músculos de la espalda agarrotados por la tensión estática. El aire circundante se había vuelto denso, casi sólido, cargado de un olor a ozono tan penetrante que irritaba las mucosas de los pulmones con cada bocanada de aire húmedo.
—¡Pedro, mira las planchas de la amurada de babor! —gritó Rogelio, señalando con la barbilla sin soltar la pértiga dieléctrica—. ¡El campo de inducción está aumentando!
Pedro desvió la vista hacia el deflector de olas metálico. En las juntas de soldadura del casco, pequeñas líneas de plasma azulado, de no más de dos centímetros de longitud, bailaban de forma errática sobre el hierro. Era el efecto de la concentración de carga en las irregularidades del metal. La barcaza funcionaba mecánicamente como una jaula de Faraday perfecta: mientras el chasis de acero permaneciera intacto, el flujo de electrones se desplazaba exclusivamente por la periferia exterior del casco, buscando el camino de menor resistencia hacia el agua del canal. El interior de la bodega y el compartimento técnico estaban protegidos por este principio físico, pero la cubierta expuesta se había convertido en una zona de tránsito de alta tensión.
—No te muevas, Rogelio —ordenó Pedro, manteniendo los pies fijos en el centro de la alfombra de goma—. Si levantamos una bota del suelo para dar un paso largo, la distancia entre nuestros apoyos creará un gradiente de potencial. El agua conductora que inunda la cubierta podría cerrar el circuito entre el pie delantero y el trasero, y la corriente nos atravesaría los músculos de las piernas. Tenemos que arrastrar las suelas milímetro a milímetro.
En el puente de mando, Andrea sentía la vibración eléctrica a través del marco de aluminio del parabrisas, que emitía un zumbido agudo y ultrasónico. Sus manos, protegidas únicamente por los guantes térmicos de neopreno del equipo de navegación, se aferraban al timón con una firmeza desesperada. Los sistemas analógicos del tablero de control estaban al borde del colapso: las agujas de los tacómetros de los motores auxiliares oscilaban violentamente hacia el extremo rojo del dial, saboteadas por las corrientes parásitas que el campo de inducción inyectaba en el cableado de a bordo.
—¡Pedro, la corriente del canal se está estrechando! —anunció Andrea por el tubo acústico, cuya voz llegaba acompañada de un chasquido estático constante—. El colapso del centro comercial del sector sur ha desviado el caudal principal. El agua avanza ahora por un cuello de botella de apenas quince metros de ancho entre las dos torres de oficinas del distrito financiero. Si entramos ahí sin propulsión mecánica, el barco rozará ambos costados contra las paredes y cerraremos el arco eléctrico entre los transformadores de las fachadas.
Pedro evaluó la situación en un segundo a través del visor térmico de mano, que parpadeaba con interferencias de líneas horizontales de color blanco. El estrecho canal que tenían por delante aparecía en la pantalla como un pasillo de color violeta oscuro, flanqueado por dos inmensas firmas de calor verde amarillento: los centros de transformación integrados en las plantas bajas de los edificios comerciales, cuyas carcasas estancas estaban a punto de fallar debido a la inundación y la sobrecarga eléctrica general de la red urbana.
—Tenemos que forzar un punto de anclaje estático antes de entrar en el embudo, Andrea —respondió Pedro, con la voz distorsionada por la interferencia electromagnética—. Si la corriente nos mete de costado en ese cuello de botella, el chasis de la Goliath funcionará como un interruptor de cuchilla gigante entre las dos fachadas electrificadas. ¡Rogelio, prepara la eslinga de poliamida seca del cofre central! Tenemos que lanzar una línea de retención hacia la estructura limpia del puente peatonal elevado antes de que la corriente nos arrastre de forma irreversible. Parte V: El proyectil neumático.
El estrechamiento entre las dos torres de oficinas del distrito financiero se alzaba ante la proa de la Goliath como una garganta de hormigón, vidrio y cortocircuitos. El flujo de agua turbia, constreñido por la reducción del espacio físico de la avenida, aceleraba su velocidad hidrodinámica de manera alarmante, pasando de cuatro a casi ocho nudos en apenas cincuenta metros. La barcaza cabeceaba sin control, con las doscientas toneladas de acero dulce respondiendo ciegamente a las leyes de la hidrodinámica, mientras los destellos azulados de las descargas estáticas continuaban lamiendo las soldaduras de la amurada de babor.
Pedro, manteniendo el protocolo de aislamiento estricto y arrastrando las suelas de caucho vulcanizado milímetro a milímetro sobre el suelo inundado de la cubierta de proa, alcanzó el soporte de aluminio del lanzacabos neumático de emergencia. Este dispositivo, de diseño naval robustecido, consistía en un cilindro de acero inoxidable conectado a una botella de aire comprimido a doscientos bares de presión, capaz de proyectar un dardo de anclaje de aleación de titanio acoplado a una línea de poliamida trenzada de alta resistencia.
—¡Rogelio! —gritó Pedro, protegiéndose los ojos de las ráfagas de aguanieve que golpeaban oblicuamente desde el noroeste—. ¡El puente peatonal elevado que conecta el tercer piso de las dos torres está a unos veinticinco metros sobre el nivel del canal! La viga maestra central es de acero estructural de sección en I. Si el gancho muerde el ala superior de la viga, la línea de poliamida absorberá la inercia del barco por estiramiento elástico antes de que entremos en el embudo electrificado.
Rogelio se deslizó de espaldas contra el mamparo de la bodega de carga, arrastrando los pies para evitar el gradiente de potencial de paso. Con las manos protegidas por los restos secos de los trajes térmicos auxiliares, abrió la válvula de purga de la botella de aire comprimido del lanzacabos. El manómetro analógico de la herramienta ascendió rápidamente hacia la zona verde, marcando una presión estática de veintidós megapascales.
—¡Línea de poliamida libre en la bandeja de alimentación! —informó Rogelio, desenrollando la trenza de nailon de doce milímetros de sección, cuya superficie seca garantizaba un aislamiento dieléctrico perfecto frente al campo de inducción ambiental—. El cabo está limpio de humedad, Pedro. No conducirá la corriente si el gancho toca alguna estructura con derivación.
Pedro levantó el pesado cañón del lanzacabos neumático, apoyando la culata de polímero contra su hombro derecho. El pinchazo de la lesión muscular provocada por el salto anterior le hizo emitir un gemido de dolor, pero bloqueó las articulaciones de los brazos para estabilizar el eje óptico de la mira analógica. Apuntó hacia el cielo de la avenida, buscando la silueta oscura del puente peatonal elevado que cruzaba el canal como una pasarela fantasma entre la niebla y el vapor de glicol.
La estructura del puente estaba envuelta en una neblina densa, y las líneas de plasma azul de las fachadas colindantes reflejaban destellos fantasmagóricos sobre el metal húmedo. Pedro calculó la parábola de caída del dardo, teniendo en cuenta la deriva lateral provocada por las rachas de viento de cincuenta kilómetros por hora que aullaban en el estrechamiento.
—¡Presión estabilizada! —anunció Rogelio—. ¡Tres, dos, uno...!
Pedro presionó el gatillo de latón.
¡¡¡PUM!!!
La liberación instantánea de los doscientos bares de aire comprimido generó una detonación seca que resonó entre las fachadas de los rascacielos como el disparo de un cañón de campaña. El dardo de titanio salió eyectado del cilindro de acero a una velocidad inicial de noventa metros por segundo, arrastrando consigo la línea de poliamida blanca, que se desenrolló de la bandeja de alimentación en una espiral perfecta que cortó la cortina de aguanieve.
El proyectil cruzó el espacio vertical de la avenida, ascendiendo en una trayectoria parabólica limpia. Andrea, inmóvil en el puente de mando con las manos fijas en el timón inerte, siguió el avance del cabo blanco con la mirada suspendida. El dardo superó la cota de la barandilla del puente peatonal y comenzó su descenso, cayendo con precisión matemática justo sobre el ala superior de la gran viga de acero estructural. El triple gancho de agarre basculante golpeó el metal con un estallido sordo y resbaló dos metros antes de clavarse firmemente en una de las pletinas de refuerzo de la estructura elevada.
—¡Blanco conseguido! —bramó Pedro, soltando el lanzacabos y aferrando la línea de poliamida con ambas manos mediante vueltas de amarrador alrededor de la bita central de estribor—. ¡Rogelio, mete freno en el tambor de retención! ¡Prepárate para la transferencia de carga hidrodinámica!
La línea de nailon comenzó a tensarse a medida que la corriente del canal empujaba las doscientas toneladas de la Goliath hacia el interior del embudo. El cabo, diseñado para resistir una carga de rotura de doce toneladas, comenzó a estirarse bajo la inercia masiva del barco, reduciendo su diámetro y emitiendo un crujido sordo debido a la fricción molecular del polímero. El barco detuvo su avance horizontal a escasos cinco metros de la entrada del estrechamiento, quedando suspendido de la pasarela aérea como un enorme péndulo de hierro que vibraba bajo la acción combinada de la corriente del agua y el campo de inducción eléctrica de la ciudad. Parte VI: El colapso de la pasarela.
El anclaje elástico había salvado a la Goliath de una destrucción eléctrica inmediata en el embudo de las fachadas, pero la física elemental de los materiales no tardó en pasar factura. Las doscientas toneladas de la barcaza, empujadas por una corriente hidrodinámica que ya alcanzaba los ocho nudos debido al efecto Venturi del estrechamiento, ejercían una fuerza de tracción continua sobre el puente peatonal que superaba los límites de diseño de sus soportes arquitectónicos.
Veinticinco metros por encima de las cabezas de la tripulación, la pasarela elevada comenzó a quejarse. El puente, una estructura moderna de diseño minimalista fabricada con vigas secundarias de aluminio anodizado y grandes paneles de vidrio templado de doble capa, no estaba preparado para actuar como bita de amarre de un buque de carga en plena riada.
—¡Pedro! —gritó Andrea desde el puente de mando, pegando el rostro al cristal superior para observar la tensión del cabo—. ¡Las pletinas de la fachada oeste se están desprendiendo del hormigón! El ángulo de tiro de la línea de poliamida está torsionando la viga maestra hacia abajo.
Un crujido seco, similar al estallido de un madero grueso al romperse, resonó por encima del zumbido de los transformadores. El ala superior de la viga en I, donde el dardo de titanio se había clavado con firmeza, comenzó a doblarse como si fuera de hojalata. Al perder la simetría geométrica, la tensión se transfirió instantáneamente a los marcos estructurales que sostenían los ventanales de la pasarela.
¡¡¡CRACK!!!
El primer panel de vidrio templado del flanco izquierdo estalló bajo la presión de la flexión. Miles de fragmentos cúbicos de cristal cayeron al vacío en una lluvia brillante y ruidosa, golpeando la superficie del agua del canal y rebotando contra las planchas de hierro de la cubierta de la Goliath.
—¡Cúbrete, Rogelio! —bramó Pedro, metiendo la cabeza entre los hombros mientras se aferraba a la bita de estribor—. Si los paneles superiores se desploman en masa, el peso del vidrio romperá la línea de poliamida o nos segará las manos.
Rogelio se encogió en el rincón del mamparo de la bodega, protegiéndose el casco con los brazos empapados. La lluvia de cristales era constante; el aire, además de ozono y humedad estática, se había llenado de partículas de vidrio pulverizado que brillaban bajo los destellos purpúreos de las descargas de corona de las fachadas.
La pasarela se inclinaba ya más de quince grados hacia el centro del canal. La línea de nailon, tensada como la cuerda de un violín gigante, vibraba con una frecuencia tan alta que emitía un silbido agudo, un lamento ultrasónico que competía con el rugido de la riada. Pedro sabía que el nailon tenía una elasticidad del treinta por ciento, pero una vez alcanzado el límite de deformación plástica, el polímero se rompería de golpe, liberando toda la energía acumulada en un latigazo que podría partir la barcaza en dos o decapitar a cualquiera que estuviera en la cubierta de proa.
—No va a aguantar más de dos minutos —comprobó Pedro, midiendo la velocidad con la que los pernos de anclaje del puente saltaban de sus nichos de mampostería en la torre de oficinas—. Rogelio, el cofre de estribor tiene que albergar el segundo anzuelo de impacto, el de grapa de expansión por muelle. Si no fijamos una segunda línea en el pilar de hormigón del muelle de carga que tenemos a babor, a ras de agua, la pasarela se vendrá abajo sobre el puente de mando y nos arrastrará con ella al fondo del embudo.
Arrastrando las botas de caucho vulcanizado por el suelo inundado para no romper el aislamiento del potencial de paso, Pedro soltó una de las manos de la bita y se estiró hacia el segundo contenedor de herramientas. Sus dedos, entumecidos por el frío y la adrenalina, resbalaron dos veces sobre el cierre de latón antes de lograr abrir la compuerta. En el interior, el segundo proyectil neumático esperaba, reluciente bajo la luz crepuscular y eléctrica del distrito financiero. El tiempo se agotaba: el puente peatonal elevado emitió un último gemido metálico y el gran ventanal central comenzó a combarse hacia el vacío, apuntando directamente hacia la cabina donde Andrea mantenía el rumbo con los dientes apretados. Parte VII: Tensión cruzada (Final del Capítulo 17).
El ventanal central de la pasarela elevada cedió con un estruendo que ahogó por completo el rugido del canal. La estructura de aluminio se retorció sobre sí misma, desgarrando los últimos pernos de la fachada oeste, y comenzó a desplomarse desde los veinticinco metros de altura, apuntando como una guillotina de metal y vidrio directamente hacia el puente de mando de la Goliath.
Pedro no miró hacia arriba. Con los dientes apretados y el hombro derecho ardiendo por el esfuerzo mecánico, encajó el segundo proyectil de expansión en el cañón del lanzacabos neumático. La manguera de alta presión silbó cuando Rogelio abrió la válvula a fondo, inyectando los últimos veinte megapascales de aire comprimido que le quedaban a la botella de reserva.
—¡Baja la cabeza, Rogelio! —bramó Pedro, girando el cuerpo hacia el flanco de babor.
No había tiempo para calcular parábolas. Apuntó el cañón en un ángulo oblicuo descendente, directamente hacia el pilar de hormigón armado del antiguo muelle de carga que sobresalía apenas un metro por encima del nivel de la riada. Si el anclaje fallaba, el impacto de la pasarela aplastaría la cabina con Andrea dentro.
¡¡¡PUM!!!
El segundo disparo liberó una onda de choque que salpicó el agua estancada de la cubierta. El anzuelo de expansión cruzó los doce metros que separaban la proa del pilar de hormigón y se incrustó en una de las grietas estructurales del bloque sumergido. Las grapas de acero al cromo-vanadio se abrieron instantáneamente en el interior de la mampostería, mordiendo el núcleo de hierro con un agarre mecánico absoluto.
Pedro no esperó a que la línea se tensara sola. De un salto que casi le hace perder el equilibrio sobre la resbaladiza alfombra de goma, enrolló el extremo de la nueva línea de poliamida alrededor de la bita de babor, cruzándola en diagonal con la primera cuerda que colgaba del puente en colapso.
El efecto de la geometría de fuerzas fue inmediato. Al cruzarse las dos líneas en un ángulo de cuarenta y cinco grados, formaron una estructura de retención en X, una tirolesa de tensión cruzada. Justo en ese milisegundo, la mole de aluminio y marcos de acero de la pasarela golpeó el cable superior.
¡¡¡ZAS!!!
La línea de nailon aérea absorbió el impacto horizontal de las tres toneladas de escombros. El polímero se estiró hasta su límite elástico aparente, emitiendo un chasquido ultrasónico que despidió humo por la fricción molecular del trenzado, pero no se rompió. La elasticidad del cabo actuó como un muelle dinámico, desviando la trayectoria de caída de la pasarela. En lugar de aplastar el puente de mando, la estructura del puente peatonal patinó por la pendiente de la cuerda, cayendo pesadamente al agua a escasos treinta centímetros del costado de babor de la barcaza.
Una ola masiva de agua turbia, mezcla de lodo, gasoil y fragmentos de vidrio, barrió la cubierta de proa de la Goliath, sepultando temporalmente a Pedro y a Rogelio bajo una densa capa de espuma fría.
Cuando el agua drenó por los imbornales de las amuradas, el silencio regresó al canal, roto únicamente por el zumbido eléctrico agonizante de los edificios colindantes. La barcaza, unida ahora por dos cables tensados al milímetro entre el cielo y el agua, quedó perfectamente inmóvil, suspendida en el centro geométrico del pasillo electrificado, a las puertas mismas del distrito financiero.
Dentro de la cabina, Andrea soltó el timón. Sus manos temblaban de forma espasmódica bajo los guantes de neopreno, pero sus ojos permanecían fijos en la pantalla del visor térmico. El cuello de botella estaba ahí, libre de obstáculos aéreos, esperando a que la tripulación diera el próximo paso.
Pedro se puso en pie con dificultad, escupiendo el agua salobre del canal y limpiándose el rostro con el dorso del brazo. Miró a Rogelio, que asentía con la cabeza desde su refugio, y luego fijó la vista en el puente de mando. Habían sobrevivido a la jaula de Faraday y al colapso del puente, pero la noche no había hecho más que empezar. FINAL DEL CAPÍTULO 17.