Parte I: El cubículo sumergido.
El éxito de la maniobra de tensión cruzada les había otorgado un santuario geométrico flotante en mitad del pasillo electrificado, pero los ingenieros sabían perfectamente que la estabilidad estática era una ilusión en una zona de catástrofe hidráulica. La Goliath permanecía suspendida entre el pilar de hormigón y los restos de la pasarela, pero el casco de acero dulce vibraba bajo la presión de un caudal cuya velocidad seguía en aumento. El agua del canal, cargada de sedimentos arcillosos, lodo y los residuos químicos del distrito financiero, golpeaba la roda de proa con un siseo denso que delataba un incremento inminente del volumen hidrodinámico.
Pedro se deslizó por la cubierta de maniobra, arrastrando los talones de sus botas de caucho vulcanizado sobre las planchas húmedas para no romper el aislamiento galvánico. El dolor de su hombro derecho había pasado de ser un pinchazo a una quemadura sorda debido al esfuerzo acumulado con el lanzacabos neumático, pero la urgencia mecánica disipaba cualquier síntoma de fatiga. Al llegar a la escotilla de acceso a la sala de máquinas, situada a popa de la bodega de carga, hizo una señal a Rogelio.
—El nivel del agua en la avenida ha subido otros diez centímetros en los últimos doce minutos —advirtió Pedro, señalando la marca de suciedad que el oleaje dejaba en el revestimiento de granito de las fachadas colindantes—. Eso significa que la segunda lengua de deshielo de la cuenca norte ya ha superado los diques de contención de la ronda exterior. Si no recuperamos la propulsión mecánica del motor Caterpillar antes de que la corriente rompa las eslingas de poliamida por pura fuerza hidrostática, seremos arrastrados sin control hacia el núcleo del distrito.
Rogelio se arrodilló junto a la lumbrera de acero, sujetando la maneta de bronce texturizado con sus manos protegidas.
—El compartimento de máquinas debe de estar inundado al menos hasta la altura del cárter inferior —observó Rogelio, consultando el indicador de nivel analógico integrado en la chapa de la cubierta—. El golpe de la ola de desplazamiento en el capítulo anterior metió más de tres mil litros por los imbornales de popa y los conductos de ventilación forzada. El agua estará fría, Pedro, rozando los dos grados centígrados, y mezclada con el aceite lubricante desprendido de las transmisiones.
—No tenemos elección, Rogelio. Hay que entrar. Andrea necesita gobierno en el puente si queremos salir de este embudo eléctricos. Abre la escotilla.
Rogelio giró la maneta de presión hacia la izquierda. El sello de neopreno de la junta estanca se liberó con un siseo pesado, seguido de inmediato por la emanación de una atmósfera cargada de humedad, vapores de gasoil pesado y el inconfundible olor metálico del hierro sumergido. Desde el interior del cubículo técnico ascendía el eco sordo del agua en movimiento: un oleaje interno provocado por el balanceo de la barcaza que golpeaba los mamparos estancos del bloque motor.
Pedro encendió su linterna frontal de alta potencia, ajustó la cinta elástica sobre su casco de rescate y comenzó el descenso por la escala vertical de hierro. En cuanto sus botas sumergidas pasaron el tercer peldaño, el agua helada le envolvió los muslos. El traje de neopreno absorbió el impacto térmico inicial, pero la presión del fluido comprimió el tejido contra su piel, recordándole que el tiempo de inmersión en esas condiciones estaba estrictamente limitado por la hipotermia.
El haz de luz de la linterna rasgó la penumbra de la sala de máquinas. La estampa era crítica. El enorme bloque motor Caterpillar de seis cilindros en línea, pintado en su clásico color amarillo industrial, emergía de una masa de agua oscura y aceitosa como el lomo de un cetáceo mecánico varado. El agua cubría por completo los volantes de inercia y la sección inferior de la carcasa de la transmisión marina, rozando la altura de los filtros de combustible primarios.
—El agua no ha llegado a la línea de la culata ni a los colectores de admisión superiores —informó Pedro, cuya voz resonaba con un eco metálico y claustrofóbico dentro del compartimento de acero—. Pero el motor de arranque eléctrico de veinticuatro voltios y el alternador auxiliar están totalmente sumergidos. Si intentamos meter tensión al circuito desde el puente de mando sin aislar los bornes y secar el solenoide, provocaremos un cortocircuito masivo que derretirá el banco de baterías principal en segundos.
Rogelio descendió tras él, asegurando la escotilla superior a media posición para permitir la salida de gases pero evitar la entrada de nuevas olas desde la cubierta. Se apoyó en la viga transversal del bastidor, manteniendo el equilibrio mientras el agua le llegaba a la cintura.
—La prioridad absoluta es la purga de la línea de servoasistido y la liberación manual del trinquete de bloqueo de la transmisión —declaró Rogelio, extrayendo una llave de estrella pesada de su cinturón técnico—. Si el inversor de marcha sigue encajado en punto muerto por la deformación hidráulica que sufrimos en el canal anterior, el motor podrá arrancar pero la hélice no girará. Necesitamos forzar el bypass de la válvula solenoide manual. Parte II: La física del diafragma.
El frío en la sala de máquinas del Goliath no era un elemento pasivo; era una fuerza física cortante que se filtraba a través de las juntas del neopreno y ralentizaba las sinapsis nerviosas de los ingenieros. Pedro sentía cómo sus rodillas perdían sensibilidad a medida que permanecía sumergido en la mezcla pastosa de agua de riada, gasoil y aceite de cárter SAE 30. El haz de su linterna frontal reflejaba una película iridiscente sobre la superficie del agua, un mapa oleoso que se batía contra las cuadernas de acero con cada cabeceo del barco.
—El nicho del motor de arranque está actuando como un vaso de retención —explicó Pedro, palpando a ciegas por debajo del colector de escape del bloque Caterpillar—. La carcasa protectora ha impedido que el agua arrastre sedimentos gruesos al interior del solenoide, pero el líquido está estancado ahí. Si aplicamos los veinticuatro voltios ahora, la conductividad del agua sucia unirá el borne positivo directamente al chasis de la barcaza.
Rogelio, apoyando la espalda contra la chapa del mamparo de babor para estabilizar su postura en mitad del balanceo, le extendió la bomba de mano neumática de diafragma. Este equipo era una herramienta de achique de emergencia fabricada en plástico ABS de alto impacto y caucho nitrílico, diseñada para operar en ambientes corrosivos sin riesgo de generar chispas mecánicas.
—Introduce la manguera de aspiración de diez milímetros justo en la base del soporte del motor de arranque —indicó Rogelio, sosteniendo la manguera de descarga por encima del nivel de la sentina general—. Yo mantendré la presión en el trinquete de la transmisión. El espacio es tan estrecho que no podré maniobrar si te mueves un solo centímetro a la izquierda.
Pedro asintió, encajando el tubo flexible de aspiración entre los bloques de fundición de hierro del motor. Con la mano izquierda estabilizó el cuerpo de la bomba de diafragma y con la derecha comenzó a accionar la palanca en un movimiento vertical rítmico.
¡Flas-clack, flas-clack!
El sonido de las válvulas de retención de caucho resonó en el cubículo inundado. Al principio, la bomba solo aspiró aire saturado de vapores de combustible, pero tras cuatro ciclos de vacío, el diafragma comenzó a morder el fluido pesado. Un chorro espeso de agua marrón y grasa negra brotó de la manguera de descarga, vertiéndose en la sentina general del barco. Pedro mantuvo el ritmo, sintiendo cómo los músculos de su antebrazo derecho, ya fatigados por el uso del lanzacabos en el capítulo anterior, comenzaban a acumular ácido láctico. La resistencia hidráulica de la bomba manual era considerable; mover un fluido de alta viscosidad a través de una sección tan delgada requería una fuerza constante de casi doscientos newtons en cada carrera del émbolo.
Mientras tanto, Rogelio se sumergió hasta el pecho en la sección de popa, justo donde el bloque motor se acoplaba a la caja de cambios marina Twin Disc. La linterna de su casco iluminaba la carcasa de fundición, cuyos pernos de sujeción mostraban signos de deformación por cizallamiento debido al impacto hidráulico de la ola anterior. El trinquete de bloqueo manual, una robusta palanca de acero forjado que permitía desacoplar la transmisión en caso de avería eléctrica, estaba encajado a mitad de su recorrido, bloqueando el eje de la hélice en una posición inerte.
—El perno de seguridad se ha desplazado tres milímetros fuera de su eje geométrico por la torsión del bastidor —gritó Rogelio, con la voz distorsionada por el eco del compartimento—. La presión hidrostática del canal está empujando la hélice desde el exterior, lo que incrementa la carga de fricción en la cara interna del trinquete. ¡Necesito la maza de bronce para vencer la resistencia elástica del metal sin romper la chaveta!
Extrayendo la pesada maza de su cinturón de herramientas, Rogelio apoyó el pie izquierdo en una de las costillas de refuerzo del casco y levantó el brazo derecho en el espacio confinado de la sentina. El margen de movimiento era mínimo; el techo de chapa de la sala de máquinas se alzaba apenas a cuarenta centímetros sobre su cabeza, lo que le obligaba a realizar un golpeo de trayectoria corta pero de alta energía cinética.
¡¡¡TOU!!!
El primer impacto del bronce contra el acero forjado liberó un sonido seco que se propagó por todo el casco de la Goliath como una vibración ultrasónica. Andrea, en el puente de mando, sintió el golpe directamente en las suelas de sus botas. La palanca del trinquete no se movió, pero la vibración desprendió una costra de óxido y salitre de la junta.
—¡Sigue bombeando, Pedro! —bramó Rogelio, reajustando el ángulo de la maza—. ¡El metal está cediendo, pero la carga sigue siendo intolerable! ¡Necesito que el nivel en el motor de arranque baje por completo para que podamos aplicar el motor de torsión auxiliar!
Pedro incrementó la frecuencia del bombeo, ignorando el calambre que comenzaba a extenderse por los tendones de sus dedos. El diafragma de la bomba neumática silbaba en cada carrera, expulsando las últimas fracciones de agua aceitosa del cubículo del solenoide. El aire en la sala de máquinas se volvía cada vez más denso, y el nivel exterior de la avenida continuaba su ascenso silencioso, presionando las chapas del doble fondo con una fuerza sorda que recordaba a los ingenieros que el deshielo del norte no les daría una segunda oportunidad. Parte III: El fallo del prensaestopas.
Rogelio reajustó la posición de sus botas sobre los nervios de acero del casco, ignorando el agua helada que ya le lamía el diafragma. El espacio era tan sumamente angosto que el calor de su propia respiración empañaba la lente de su linterna frontal, obligándole a guiarse más por el tacto táctil de las juntas metálicas que por la visión directa. Elevó la maza de bronce por segunda vez, concentrando toda la energía cinética de su brazo en un arco corto y preciso.
¡¡¡INNN-CLACK!!!
El segundo impacto resonó con una vibración seca y estridente que sacudió las cuadernas de babor a popa. Bajo la fuerza del bronce, el perno de acero forjado cedió finalmente, venciéndose los tres milímetros de deformación plástica que lo mantenían trabado. La palanca del trinquete de la transmisión cayó de golpe hacia la posición de liberación, desbloqueando el eje de la hélice principal con un crujido sordo de los engranajes internos de la caja de cambios Twin Disc.
Sin embargo, la física de la energía de impacto es implacable: la fuerza del golpe no se disipó por completo en la palanca. Al encontrarse el bastidor del motor sometido a una tremenda tensión hidrostática estructural desde el exterior, la onda de choque se transmitió directamente a lo largo del árbol de transmisión de acero hasta alcanzar el casquillo del prensaestopas, el sistema de sellado estanco que impedía la entrada de agua a través del túnel de la hélice.
¡Sssssssssssssssss!
Un silbido agudo, seguido de inmediato por un chorro cónico de agua a alta presión, brotó de la junta de la empaquetadura trenzada. El casquillo de bronce del prensaestopas, fragilizado por los cambios bruscos de temperatura del agua de deshielo y desalineado por el impacto de la maza, se había agrietado longitudinalmente. El agua del canal, empujada por una carga hidrostática equivalente a casi dos metros de profundidad sobre la línea de flotación actual, comenzó a inyectarse en el compartimento a un ritmo de más de cincuenta litros por minuto, pulverizándose en una neblina fría que redujo la visibilidad de la sala a cero.
—¡Pedro! ¡El prensaestopas ha fallado por fatiga térmica! —bramó Rogelio, intentando tapar la vía de agua con la palma de la mano, pero la presión del fluido era tan intensa que el chorro le levantaba los dedos de la junta—. Si el agua inunda el sector de la bocina, perderemos el eje por completo y la sala de máquinas se llenará antes de que el motor de arranque termine de purgarse.
Pedro reaccionó con la frialdad metodológica de un ingeniero naval. Soltó la bomba de mano de diafragma, asegurándola a la rejilla del suelo para que no se perdiera en el fondo aceitoso, y se sumergió por completo hasta el pecho para alcanzar el arcón de consumibles pesados de la sección de mantenimiento de popa.
—¡No intentes frenarlo por fuerza bruta, Rogelio! —gritó Pedro, emergiendo con un bote cilíndrico de acero galvanizado entre las manos—. Necesitamos un sellado por desplazamiento hidrófobo. Tengo aquí un kilo de grasa compuesta de grafito y bentonita de alta viscosidad, diseñada para cojinetes submarinos de maquinaria pesada. ¡Es lo único lo suficientemente denso como para resistir la presión dinámica sin disolverse en el agua fría!
Arrastrando el cuerpo bajo el bloque amarillo del motor Caterpillar, Pedro se deslizó hasta el nicho del eje de transmisión. El chorro de agua le golpeaba directamente el rostro, cegándolo momentáneamente y cubriendo su casco de una capa de lodo y grasa. Con los dedos enguantados, abrió la tapa del bote de grasa de grafito. El compuesto era una pasta negra, viscosa y densa, de una consistencia similar a de la arcilla industrial.
Pedro hundió la mano derecha en el bote, extrajo una masa enorme de grasa de grafito y, sumergiendo los brazos por completo bajo la superficie del agua de la sentina, comenzó a moldear la pasta directamente alrededor del casquillo agrietado del prensaestopas. El agua helada intentaba lavar el compuesto, pero la base de bentonita repelía las moléculas de líquido, adhiriéndose firmemente al bronce rugoso y a las fibras de la empaquetadura trenzada.
—¡Rogelio, necesito que pases una venda de lona vulcanizada alrededor del cuello del prensaestopas mientras mantengo la presión de la grasa! —ordenó Pedro, apretando los dientes mientras sus dedos perdían la sensibilidad debido a los dos grados centígrados del fluido—. Hay que crear una camisa de compresión mecánica externa para que la fuerza del chorro no expulse el tapón de grafito hacia el interior de la sala.
Rogelio, desenrollando una tira de lona alquitranada de alta resistencia que guardaba en su equipo de intervención rápida, se sumergió en paralelo a Pedro. Sus hombros se rozaban en el espacio milimétrico entre el cárter del motor y el fondo del casco. Con movimientos coordinados y lentos, propios de quienes operan en entornos de visibilidad nula, Rogelio comenzó a trenzar la lona sobre la masa de grasa negra, aplicando vueltas de tensión cruzada con un tensor manual de carraca.
Poco a poco, el silbido agudo del agua a presión comenzó a amortiguarse, transformándose en un goteo sordo y pastoso. La vía de agua no estaba erradicada por completo —ningún sello de fortuna bajo el agua lo e. está—, pero el flujo se había reducido a un nivel manejable que las bombas de sentina auxiliares podrían evacuar una vez que el sistema eléctrico general volviera a tener vida. El prensaestopas estaba estabilizado temporalmente por una coraza de lona y grafito, pero la resistencia física de los dos hombres estaba al límite absoluto de la congelación. Parte IV: El rugido del subsuelo.
Con la vía de agua del prensaestopas reducida a un rezume pastoso de grafito y la palanca de la transmisión Twin Disc finalmente liberada de su traba geológica, Pedro y Rogelio comenzaron el agónico proceso de incorporarse en el espacio confinado de la sentina. El agua aceitosa les escurría por el neopreno, dejando un cerco brillante bajo la luz de las linternas de los cascos. Sus cuerpos, expuestos a la temperatura extrema del fluido de deshielo, temblaban de forma espasmódica, un mecanismo biológico inevitable para intentar recuperar los treinta y siete grados de temperatura central.
Fue en ese instante de relativa tregua mecánica cuando el suelo del canal —la propia calzada de la avenida principal oculta bajo dos metros de riada— emitió una onda de choque sísmica.
¡¡¡BUM!!!
No fue un trueno de la tormenta del noroeste ni el eco de un derrumbe de fachada. Fue una detonación sorda, ahogada y de una potencia descomunal que se propagó a través del medio líquido con la velocidad del sonido en el agua. La Goliath sufrió un impacto vertical neto; las doscientas toneladas de la barcaza de acero dulce se elevaron casi medio metro en el fluido antes de caer de plano con un impacto seco que hizo restallar los mamparos estancos y obligó a Pedro a aferrarse al colector de admisión del motor Caterpillar para no golpearse el cráneo contra las vigas del techo.
—¡Una deflagración por sobrepresión en la red de gas subsuperficial! —bramó Pedro, limpiándose el lodo de los ojos mientras la sala de máquinas se balanceaba de babor a estribor en un ángulo de escora de doce grados.
A través del tubo acústico de comunicación con el puente de mando, la voz de Andrea llegó distorsionada por el pánico y la vibración del hierro:
—¡Pedro! ¡Rogelio! ¡Ha reventado la tubería matriz de gas licuado de alta presión que corre bajo el bulevar central! El asfalto se ha fracturado por completo a treinta metros de nuestra proa. Hay columnas de gas metano y vapor hirviendo que emergen del agua como géiseres industriales. Las explosiones secundarias están destrozando los cimientos de la acera y la onda de choque hidráulica está empujando la barcaza directamente contra el edificio este.
El peligro no era solo térmico, sino estructural. La red de gas de la ciudad, debilitada por el sismo del deshielo y la erosión del sustrato arcilloso, estaba liberando miles de metros cúbicos de combustible por segundo bajo el agua. Al mezclarse el gas a alta presión con la corriente del canal, se reducía drásticamente la densidad aparente del fluido alrededor del barco. Al volverse el agua "esponjosa" debido a las burbujas de metano, la barcaza perdía instantáneamente una fracción de su empuje de flotación (el principio de Arquímedes alterado por la aireación del medio), provocando que la quilla se asentara más abajo, rozando los restos de mobiliario urbano del f.ondo.
Parte V: La resistencia de la poliamida.
Pedro trepó por la escala vertical de hierro, arrastrando sus piernas entumecidas hacia el exterior. Rogelio le siguió de cerca, asegurando la llave de estrella en su arnés. Al emerger por la escotilla de popa a la cubierta de maniobra, el espectáculo que se abría ante sus ojos era dantesco.
El pasillo del distrito financiero estaba iluminado por un resplandor anaranjado fantasmal. Bajo la superficie del agua turbia, los arcos de fuego provocados por la combustión del gas atrapado en bolsas de aire bajo las cornisas de los edificios parpadeaban intermitentemente. El agua del canal hervía literalmente en el sector de proa, desprendiendo nubes de vapor denso que reducían la visibilidad horizontal a menos de cinco metros.
—¡Mira las líneas de la tirolesa, Pedro! —gritó Rogelio, señalando hacia las bitas de amarre donde los cabos de poliamida en "X" cruzaban el espacio vertical.
La cuerda superior, la que permanecía anclada a los restos de la pasarela elevada, estaba sufriendo una tensión dinámica intolerable. Cada explosión secundaria en el lecho del canal generaba una onda de pulso hidráulico que golpeaba el casco de la Goliath como un mazo de hierro. El cabo de nailon de doce milímetros de sección se estiraba y encogía rítmicamente, emitiendo un silbido pastoso a medida que las fibras internas se deslizaban unas sobre otras, al borde mismo de la rotura por fatiga elástica.
—Si esa línea se parte ahora, la tensión cruzada desaparecerá y el cabo inferior nos hará pivotar de golpe contra la fachada del edificio comercial, que sigue bajo la tensión de los veinte kilovoltios —analizó Pedro, midiendo las fuerzas mecánicas en juego con su implacable lógica de ingeniero—. ¡Andrea! ¡Necesitamos amortiguar el impacto hidrodinámico! ¡Utiliza los cabrestantes manuales de estribor para soltar tres metros de cabo de forma controlada! Tenemos que aumentar la catenaria de la línea para que absorba las ondas de choque sin llegar al límite de rotura.
En la cabina, Andrea se arrojó sobre la manivela del trinquete auxiliar de estribor. Sus brazos, agotados por las horas de tensión continua, se tensaron sobre el bronce. Desbloqueó el fiador con el pie derecho, sintiendo cómo la fuerza del cabo intentaba arrebatarle el control de la manivela con giros violentos. Centímetro a centímetro, aplicando toda la fricción de las zapatas de freno de ferodo, Andrea comenzó a ceder cabo, permitiendo que la Goliath retrocediera sutilmente en el pasillo, alejándose del epicentro de las explosiones de gas y reduciendo el pico de tensión en la estructura elástica. La barcaza resistía en mitad del infierno subterráneo, pero las defensas mecánicas del buque estaban consumiendo sus últimos cartuchos de resistencia material. Parte VI: El impacto en la popa.
El retroceso forzado de la Goliath, aunque necesario para destensar las eslingas de poliamida que amenazaban con decapitar la proa, introdujo una nueva variable de peligro en la ecuación hidrodinámica del canal. Al ceder los tres metros de cabo desde los cabrestantes de estribor, la popa de la barcaza derivó libremente hacia la zona de sombra hidráulica del edificio de oficinas este, un sector donde el agua acumulaba detritos urbanos flotantes y vehículos arrastrados por la primera oleada del deshielo.
¡¡¡CRUNCH!!!
Un impacto seco y un chirrido de metal contra metal rasgaron la sección de popa, justo debajo de la línea de flotación trasera. La barcaza se detuvo con una sacudida que hizo vibrar el puente de mando. Andrea, que mantenía el timón en posición neutra esperando la respuesta del motor, sintió cómo la rueda de gobierno se bloqueaba por completo, girando violentamente hacia la izquierda antes de quedar soldada en un ángulo muerto de treinta grados.
—¡Pedro! ¡El timón secundario de estribor se ha trabado! —anunció Andrea por el tubo acústico, con la urgencia grabada en cada sílaba—. La popa ha colisionado contra una estructura rígida sumergida. Si el timón se queda cruzado en este ángulo, en el momento en que arranquemos el motor Caterpillar, el barco pivotará sobre sí mismo y se estrellará de costado contra los transformadores de la fachada. ¡Tenemos el gobierno bloqueado!
Pedro corrió hacia la cubierta de popa, esquivando los chorros de vapor y metano que continuaban emergiendo del centro de la avenida. Al asomarse por el saliente de la amurada trasera, el haz de su linterna frontal iluminó el obstáculo. Una furgoneta de reparto de techo elevado, sumergida hasta las ventanillas y encajada contra el revestimiento de granito del edificio, había sido el yunque contra el que se había estrellado la pala del timón. El parachoques de acero reforzado del vehículo y parte del chasis del eje delantero se habían doblado bajo las doscientas toneladas de la barcaza, aprisionando la pala de hierro del timón en una pinza mecánica perfecta.
—¡Rogelio, la furgoneta está haciendo cuña estructural contra la bovedilla de popa! —gritó Pedro, evaluando los daños—. Con cada oscilación del oleaje provocado por las explosiones de gas, el chasis del vehículo se introduce más en el sector de gobierno. Si no cortamos el pilar del parachoques ahora mismo, la pala del timón se doblará sobre su propio eje y perderemos la maniobrabilidad de la Goliath para siempre.
Parte VII: El corte bajo el oleaje .
Pedro no dudó. Aferró la amoladora angular de sesenta voltios que aún llevaba colgada del arnés de seguridad —con la batería de ion de litio protegida por la carcasa estanca improvisada— y se encaramó al pasamanos de popa. El agua del canal hervía a escasos metros debido a las filtraciones de metano, y las olas secundarias golpeaban el techo de la furgoneta sumergida, cubriéndolo de una capa de lodo resbaladizo.
De un salto limpio, Pedro se lanzó sobre el techo metálico de la furgoneta. El techo cedió unos centímetros bajo su peso con un crujido elástico, pero el vehículo, firmemente encajado entre el edificio y el barco, mantuvo la flotabilidad negativa. El agua le llegaba a Pedro por las pantorrillas mientras el oleaje amenazaba con barrerlo hacia el vórtice de la corriente del canal.
—¡Te cubro desde la amurada, Pedro! —bramó Rogelio, asegurando una línea de vida de poliamida al arnés de su compañero para evitar que fuera succionado por la succión de la quilla.
Pedro encendió la radial. El silbido ultrasónico a nueve mil revoluciones por minuto rasgó la penumbra anaranjada del distrito financiero. Se agachó en el borde del techo del vehículo, sumergiendo los brazos y la propia cabeza de la herramienta hasta la mitad en el agua turbia para alcanzar el punto exacto donde el parachoques de la furgoneta mordía la pala del timón.
¡¡¡SPARK-BRRR!!!
Una erupción de chispas verdes y blancas brotó de abajo del agua, siseando violentamente al contacto con el líquido elemento. El disco de diamante devoraba el acero del vehículo en mitad de una emulsión de agua y grasa. Pedro sentía la vibración de la herramienta directamente en los huesos de sus muñecas; la resistencia hidráulica del agua frenaba el avance del disco, obligándole a aplicar un torque manual extremo para mantener el corte ortogonal.
Una nueva explosión de gas en el centro de la avenida levantó una ola de un metro que barrió el techo de la furgoneta. El agua cubrió por completo a Pedro, cegándolo y cortándole la respiración durante tres segundos agónicos. Rogelio tensó la línea de vida desde la cubierta, manteniendo al ingeniero anclado al metal. En cuanto la cresta de la ola pasó, Pedro, escupiendo agua salobre, volvió a presionar el gatillo de la radial con una furia implacable.
¡¡¡CRAC-ZAS!!!
El pilar de acero del parachoques se partió finalmente bajo la presión combinada del disco de corte y la inercia de la barcaza. Libre de la cuña mecánica, la pala del timón de la Goliath se liberó con un chasquido sordo, regresando instantáneamente a la posición central gracias a la tensión de los servocables que Andrea mantenía firmes en el puente.
—¡Gobierno recuperado, Pedro! ¡El timón vuelve a estar libre! —resonó la voz de Andrea a través del intercomunicador, llena de un triunfo eléctrico.
Pedro, con los brazos temblando por el esfuerzo y el neopreno cubierto de lodo industrial, apagó la radial y se apoyó en el pasamanos de popa mientras Rogelio lo izaba de vuelta a la seguridad de la cubierta de maniobra. Estaban exhaustos, empapados y al borde de la hipotermia, pero el camino mecánico estaba despejado. La Goliath tenía el timón libre, la transmisión desbloqueada y la tirolesa resistiendo en mitad del pasillo de alta tensión. El escenario estaba listo para el intento de arranque definitivo del motor Caterpillar. El Capítulo 18 se cerraba en mitad del rugido del gas y el agua, pero los ingenieros de la Cabrera-Arcano seguían en pie de guerra.
FIN DEL CAPÍTULO 18