Parte I: El puente de veinticuatro voltios.
El regreso de Pedro a la cubierta de maniobra, con los brazos entumecidos y el traje de neopreno goteando lodo y grasa de grafito, no supuso un segundo de descanso. El eco de las explosiones de gas metano en el bulevar central continuaba haciendo vibrar las cuadernas de la Goliath, mientras el agua espumosa y aireada por las burbujas subsuperficiales restallaba contra el casco de acero dulce. La barcaza se asentaba pesadamente, perdiendo empuje de flotación hidrostática a medida que la densidad del medio líquido decrecía por la emulsión gaseosa.
—¡Rogelio! —bramó Pedro, limpiándose el aguanieve del rostro con el dorso del guante vulcanizado—. El timón trasero está libre de la furgoneta, pero la corriente del norte sigue acelerando por el efecto Venturi. Las eslingas de poliamida cruzadas en "X" están sufriendo una deformación plástica por tracción que no durará más de diez minutos. Tenemos que inyectar corriente al solenoide de arranque del motor Caterpillar ya mismo.
Rogelio asintió con la cabeza, manteniendo el equilibrio sobre las planchas metálicas estriadas de la popa. Sus manos, entumecidas por el frío extremo de los dos grados centígrados de la riada, sostenían el pesado maletín de bornes estancos y los cables puente de cobre electrolítico de cincuenta milímetros de sección.
—El nicho del solenoide está drenado gracias a la bomba de diafragma, Pedro —informó Rogelio, señalando la escotilla abierta de la sala de máquinas de la que aún emanaba un denso vapor de gasoil y ozono—. Pero el aire del compartimento técnico está saturado al noventa por ciento de humedad y vapores inflamables de metano. Si generamos una sola chispa parásita en los bornes expuestos al conectar el banco de baterías de veinticuatro voltios, provocaremos una deflagración interna que volará las escotillas y destrozará las culatas del bloque motor.
—Haremos un puente ciego por inversión de relés desde el exterior —decidió Pedro, aplicando la lógica estricta de la ingeniería de fortuna—. No conectaremos las pinzas mecánicas directamente en la sala de máquinas. Llevaremos los terminales limpios hacia la caja de disyuntores de seguridad de la cubierta, que cuenta con un aislante de resina fenólica seca. Andrea controlará el pico de tensión desde el panel de mando utilizando el interruptor de cuchilla auxiliar.
Pedro se deslizó hacia la sala de máquinas una vez más, arrastrando las suelas de goma para mitigar cualquier peligro por gradiente de potencial de paso. Bajó por la escala de hierro con cuidado, fijando el cableado de alta sección a lo largo de los pasamanos de aluminio para mantenerlos apartados del agua residual de la sentina, que seguía estabilizada gracias al sello de grasa de grafito y lona del prensaestopas. Conectó los terminales atornillados a los bornes limpios del motor de arranque de alta capacidad, asegurando el aislamiento con cinta autosoldable de caucho termoplástico. Una vez fijada la línea de potencia, trepó de vuelta a la cubierta para coordinar el encendido definitivo.
Parte II: La presión del colector.
En el puente de mando, Andrea observaba a través del parabrisas empañado cómo las nubes de vapor de gas y lodo distorsionaban la geometría del distrito financiero. Sus dedos, rígidos bajo los guantes térmicos, se posaron sobre la palanca del disyuntor principal de corriente continua. El voltímetro analógico del tablero marcaba veinticuatro coma dos voltios estáticos; las baterías de ciclo profundo eran el último recurso energético de la embarcación.
—¡Pedro! ¡El sensor de presión del colector de admisión del motor está marcando una sobrepresión neumática residual! —anunció Andrea a través del tubo acústico—. El oleaje del capítulo anterior metió aire comprimido por los conductos de ventilación forzada de popa. Si los cilindros tienen agua retenida por encima de los pistones, al meter motor de arranque sufriremos un bloqueo hidráulico que partirá las bielas de la Caterpillar de forma instantánea.
—Tenemos las válvulas de descompresión de las culatas abiertas, Andrea —respondió Pedro desde la cubierta de maniobra, ajustando la tuerca de la caja de disyuntores exteriores—. Rogelio ha purgado los grifos de purga de los seis cilindros en línea. Si hay agua en las cámaras de combustión, el primer giro del motor de arranque la expulsará en forma de chorro hidrostático a través de los eyectores de purga antes de que los inyectores inyecten el combustible atomizado. ¡Prepárate para cerrar el circuito!
El ambiente en la avenida se había vuelto insoportable. El zumbido constante de los veinte kilovoltios de las fachadas colindantes interactuaba con el vapor del gas metano, creando un crepitar estático que hacía chisporrotear los extremos de los cables de la tirolesa. La Goliath dependía exclusivamente de la resistencia molecular de esas dos líneas de nailon estiradas al límite.
—¡Alineando el disyuntor de potencia! —bramó Rogelio, situándose detrás del mamparo de protección con la maneta de resina en la mano—. ¡Andrea, mete tensión al relé de precalentamiento en tres, dos, uno...!
Andrea accionó el interruptor de cuchilla en el puente de mando. Una intensa caída de tensión iluminó por un instante el panel analógico; las agujas de los indicadores cayeron hacia la zona amarilla mientras las bujías de incandescencia del bloque diésel de alta cilindrada comenzaban a devorar amperios, calentando las cámaras de combustión internas en mitad de la humedad de la sentina. El bloque de hierro amarillo de la Caterpillar comenzó a emitir un calor sordo bajo el agua aceitosa, preparándose para liberar sus mil doscientos caballos de fuerza o estallar en el intento por bloqueo mecánico. Parte III: La expulsión hidrostática y el destello de metano.
El disyuntor de potencia exterior encajó en su sitio con un chasquido sordo de resina fenólica. En el mismo instante en que Andrea cerró el circuito de veinticuatro voltios desde la cabina de mando, la energía acumulada en el banco de baterías de ciclo profundo viajó a través de los cables de cincuenta milímetros de sección, golpeando el solenoide del motor de arranque con una intensidad de casi ochocientos amperios.¡¡¡CHAN-CHUG-CHUG-CHUG!!!
El pesado volante de inercia del motor Caterpillar comenzó a girar, venciendo la resistencia inicial del aceite frío y viscoso. Al estar los grifos de descompresión de las culatas abiertos de par en par, el movimiento ascendente de los seis pistones en línea no encontró la barrera neumática habitual. En su lugar, el agua aceitosa que se había filtrado en las cámaras de combustión durante la inundación fue comprimida y eyectada de forma violenta hacia el exterior. Seis chorros continuos de un fluido marrón, denso y cargado de hollín brotaron a presión por las válvulas de purga, golpeando las paredes de la sentina con la fuerza de mangueras de bomberos.
El motor giraba libre de bloqueo hidráulico, purgando sus entrañas mecánicas a más de doscientas revoluciones por minuto. Sin embargo, la física del entorno no iba a concederles un arranque limpio.
Una nueva onda de choque provocada por la rotura de la tubería de gas subterránea sacudió el canal, liberando una densa burbuja de metano puro justo debajo de la popa de la barcaza. El gas emergió a la superficie, rompiendo en una espuma blanquecina que saturó instantáneamente el aire alrededor de la caja de disyuntores exteriores. En ese preciso milisegundo, la intensa carga electrostática acumulada en el casco de acero debido al campo de inducción de los cables de veinte kilovoltios buscó una vía de escape. Un arco eléctrico parásito, una chispa azulada de apenas tres milímetros, saltó entre el pasamanos de estribor y el borne de retorno de tierra.
¡¡¡FROOSH!!!
El vapor de metano suspendido sobre la cubierta se inflamó instantáneamente en un destello de fuego termobárico de color naranja brillante. Una llamarada de baja temperatura pero de gran volumen barrió la sección trasera de la Goliath, envolviendo la escotilla de la sala de máquinas y amenazando con quemar los cables de alimentación expuestos.
—¡Fuego en cubierta! —bramó Rogelio, cayendo de rodillas sobre las planchas estriadas mientras el calor del destello chamuscaba las capas exteriores de su arnés de seguridad.
Parte IV: El control del ralentí.
Pedro reaccionó por puro instinto de supervivencia industrial. Sabiendo que el metano en atmósfera abierta se consume con rapidez pero puede destruir los componentes elásticos de los sistemas de inyección si halla una vía de alimentación continua, se arrojó sobre el cofre de seguridad de popa. Desgarró el precinto de plástico y extrajo la manta ignífuga de fibra de sílice aluminizada de alta densidad.
Desplegando el tejido de dos metros de ancho con un movimiento semicircular, Pedro se lanzó hacia el foco de la ignición, cubriendo por completo la caja de disyuntores y la toma de aire del compartimento técnico. El tejido sofocó la transferencia de oxígeno, ahogando la llamarada de metano justo antes de que el calor pudiera derretir el aislamiento de caucho termoplástico de las líneas de potencia.
Mientras Pedro controlaba el fuego en la superficie, en las profundidades de la sentina, el motor Caterpillar alcanzó su masa crítica de operación. Andrea, monitorizando los tacómetros analógicos desde el puente, detectó que la expulsión de agua por los grifos de purga había cesado, reemplazada por una neblina seca de gasoil atomizado. Sin dudarlo, accionó el servomando de los inyectores y cerró los grifos de descompresión por control neumático.¡¡¡BRRRR-RUMMMM-RUMMM-RUMMM!!!
Los mil doscientos caballos de fuerza del bloque diésel despertaron con un rugido atronador que sepultó el sonido de la tormenta y el siseo del gas del canal. Los seis cilindros comenzaron a quemar combustible de manera síncrona, estabilizando el ralentí en setecientas cincuenta revoluciones por minuto. Una densa columna de humo gris y blanco brotó por el tubo de escape de popa, barriendo la niebla del distrito financiero y anunciando que la Goliath volvía a tener un corazón mecánico funcional. El chasis entero de la barcaza vibraba ahora con una frecuencia de potencia real; tenían propulsión, tenían timón y el Capítulo 19 se cerraba con la tripulación lista para meter avante toda y romper el embudo de alta tensión. FINAL DEL CAPÍTULO 19.