Parte I: El cambio de densidad hidráulica.
Al cruzar la línea imaginaria que delimitaba el estrechamiento del distrito financiero, la Goliath experimentó un cambio inmediato en su comportamiento hidrodinámico. El agua del canal, que hasta ese momento venía batida y emulsionada por las constantes burbujas de metano subsuperficiales y los arcos de alta tensión, recuperó su densidad natural al entrar en la dársena abierta del puerto comercial. Al aumentar la densidad del fluido, el empuje de flotación hidrostática volvió a sus valores de diseño originales, haciendo que el casco de acero dulce se elevara casi quince centímetros sobre el nivel del agua.
Pedro se sujetó al pasamanos de proa, sintiendo cómo el cabeceo violento se transformaba en un balanceo largo y pesado, característico de las aguas profundas. La atmósfera ionizada por el ozono quedó atrás, reemplazada por una brisa marina fría que arrastraba copos de aguanieve limpia. Sin embargo, la superestructura de la barcaza evidenciaba la violencia del pasillo eléctrico: las planchas de hierro estaban cubiertas por una película negra de aceite térmico y los restos del marco de aluminio del techo destrozado crujían con cada oscilación.
—¡Andrea! —llamó Pedro a través del transceptor de mano, cuyo canal limpio ya no sufría las interferencias de los veinte kilovoltios—. Reduce el régimen a novecientas revoluciones. Ya no necesitamos combatir el efecto Venturi del embudo. Hay que estabilizar la temperatura del bloque Caterpillar antes de que los termostatos auxiliares sufran un choque térmico por el agua helada de la dársena.
En la cabina desmantelada, Andrea retiró con cuidado los últimos fragmentos de vidrio templado que se habían acumulado sobre la palanca de cambios. El viento invernal entraba con fuerza por el hueco abierto del techo, empapándole el traje de neopreno, pero la sección limpia de treinta centímetros en el parabrisas delantero le permitía ver, por fin, el horizonte abierto del puerto comercial. Redujo la aceleración neumática de forma gradual; el rugido del motor diésel disminuyó a un ronquido sordo y rítmico, estabilizando la presión de aceite en cuatro coma cinco bares.
Parte II: El diagnóstico del eje.
Rogelio descendió de inmediato por la escala de la sala de máquinas, ansioso por comprobar el estado del prensaestopas tras el incremento repentino de potencia de la maniobra de escape. Al encender su linterna de mano en la penumbra del compartimento inferior, el panorama era tenso pero estable. Las bombas de achique mecánicas habían cumplido su función, reduciendo el nivel de la sentina apenas a la altura de las cuadernas inferiores.
—¡Pedro! —informó Rogelio por el tubo acústico, apuntando el haz de luz hacia la sección de popa—. El tapón de fortuna está aguantando la presión dinámica. La mezcla de lona alquitranada y grasa de grafito ha creado una costra hermética que solo registra un goteo mínimo de diez mililitros por minuto. Sin embargo, el cojinete de empuje de la caja de cambios Twin Disc está registrando una temperatura de sesenta y cinco grados centígrados. La deformación inicial del bastidor está generando una fricción parásita en el alineamiento del eje.
Pedro entró al compartimento de máquinas, arrastrando las herramientas de control térmico. Se arrodilló junto al árbol de transmisión de acero, aplicando el pirómetro óptico sobre la carcasa de bronce del cojinete. La lectura digital confirmó los temores de Rogelio: el calor por fricción molecular estaba aumentando de forma lenta pero constante debido a una micro-desviación geométrica de apenas dos micras respecto al eje de simetría del motor.
—Si la temperatura alcanza los ochenta y cinco grados, el bronce antifricción comenzará a dilatarse hasta soldarse al acero del eje, bloqueando la propulsión de golpe en mitad de la dársena —explicó Pedro, ajustando los lentes de protección—. Necesitamos refrigeración forzada externa inmediata antes de enfilar el canal de salida hacia el mar abierto. Parte III: La crioterapia forzada del bastidor.
—¡Hazlo, Rogelio! —ordenó Pedro, sujetando el pirómetro con firmeza mientras observaba cómo el indicador digital marcaba setenta y dos grados centígrados. La inercia térmica del conjunto empezaba a ser preocupante—. Si el bronce del cojinete entra en régimen plástico, perderemos la capacidad de propulsión de forma permanente.
Rogelio no perdió un segundo. Accedió a la caja de válvulas de derivación situada tras el motor principal. El sistema de achique de la Goliath funcionaba mediante una bomba centrífuga de alta capacidad, capaz de mover grandes volúmenes de agua residual, pero ahora la iban a convertir en un sistema de refrigeración de circuito abierto improvisado. Con una llave inglesa de dieciocho pulgadas, forzó la brida de conexión del conducto de descarga de la sentina, liberando una pequeña cantidad de lodo oscuro que el operario apartó con un gesto rápido.
—Voy a puentear la salida hacia el manguito de polipropileno de alta resistencia —explicó Rogelio, mientras conectaba el terminal a una tobera de cobre reductora que apuntaba directamente a la carcasa del cojinete—. El riesgo es la fractura del bastidor por gradiente térmico. Si el agua del canal, que está a apenas tres grados, golpea el bronce a setenta y cinco grados, el choque de dilatación diferencial podría partir la carcasa del cojinete.
—Entonces ajusta la presión —replicó Pedro, vigilando la línea del eje—. No abras la válvula de golpe. Necesitamos un régimen de flujo laminar constante, no un chorro a alta presión que genere cavitación.
Rogelio giró la manivela de la válvula de derivación con la suavidad de un cirujano. Un siseo agudo llenó la sala de máquinas cuando el agua helada de la dársena, succionada directamente del canal, comenzó a recorrer el manguito de derivación. Al impactar contra la superficie externa de la carcasa del cojinete, se produjo una nube de vapor súbita. El metal caliente comenzó a emitir un chasquido metálico —un sonido de contracción molecular— que resonó en todo el bloque del motor.
Pedro observó cómo la lectura del pirómetro descendía con una lentitud exasperante: setenta y un grados, setenta... sesenta y ocho. El riesgo de fractura por estrés térmico seguía presente, pero el color del bronce, que empezaba a perder ese tono mate blanquecino de sobrecalentamiento, indicaba que la estructura estaba soportando la estabilización. Parte IV: La amenaza en el radar.
La estabilización térmica del cojinete de empuje mediante el flujo laminar de agua helada le estaba dando un respiro crítico a la mecánica de la Goliath, pero la tregua en la dársena abierta duró poco. A través del tubo acústico de comunicación, la voz de Andrea cortó el ambiente saturado de vapor de la sala de máquinas con una urgencia renovada.
—¡Pedro! ¡Rogelio! El radar analógico de barrido de superficie acaba de detectar un eco masivo a ochocientos metros por el flanco de estribor. Es la patrullera del servicio de aduanas que quedó atrapada en el dique seco durante la primera fase del deshielo. Parece que la riada la ha puesto a flote y sus sistemas de emergencia automatizados se han activado por error de bucle.
Pedro se limpió el sudor de la frente con el dorso del guante y se acercó al intercomunicador.
—¿Está gobernada por tripulación o va a la deriva, Andrea?
—Los sistemas de propulsión automática están engranados en modo de intercepción perimetral de seguridad portuaria —respondió Andrea, mientras se escuchaba el tecleo rápido en la consola del puente—. No hay nadie a bordo, pero el ordenador de rumbo está identificando a la Goliath como un obstáculo móvil no autorizado en el canal de salida. Está iniciando una trayectoria de aproximación a doce nudos para bloquearnos el paso.
Rogelio miró fijamente la válvula de derivación que controlaba el agua de refrigeración del cojinete. Si mantenían la bomba centrífuga ocupada en inyectar agua fría al eje, no tendrían suficiente potencia de presión hidráulica en los eyectores de proa para realizar un viraje de emergencia si la patrullera intentaba embestirlos.
—Tenemos que cerrar la refrigeración forzada antes de tiempo, Pedro —advirtió Rogelio, posando la mano sobre la manivela de bronce—. Si no recuperamos todo el caudal nominal en las líneas principales de achique y maniobra, la Goliath no tendrá la agilidad necesaria para esquivar un buque militar de casco reforzado, incluso si va a media máquina. El cojinete volverá a calentarse, pero es eso o acabar partidos por la mitad en mitad de la dársena.