Parte I: El chirrido sobre la regala.
El metal se desgarraba con un lamento continuo. Sin la polea de desvío de babor, que había salido disparada tras el cizallamiento del perno, el cable de acero de doce milímetros se apoyaba ahora de manera directa y ortogonal contra el canto afilado de la regala de acero dulce de la Goliath. Con cada balanceo del casco provocado por el oleaje largo del estuario exterior, la tensión del ancla de capa hacía que los torones del cable corrieran bajo una fricción destructiva..
Rogelio, agazapado junto al cabrestante trasero bajo una lona de neopreno que apenas repelía el aguanieve, observaba con impotencia cómo las briznas de alambre galvanizado saltaban hechas chispas incandescentes.
¡Zzzzz-crunch!
—¡Si el cable se secciona por abrasión en este tramo, perderemos el control del guiñón de emergencia y la barcaza quedará a merced de las corrientes del norte! —gritó Rogelio hacia el vacío, sabiendo que el tubo acústico destruido ya no transmitía su voz hacia el puente de mando.
Para empeorar la situación analógica, la falta de comunicación verbal obligaba a la tripulación a operar a ciegas. Andrea, en el puente desmantelado, no podía ver la fatiga del cable ni escuchar el régimen de rotación de la máquina; solo disponía de la respuesta inercial del casco y del titilante compás de bitácora para adivinar el comportamiento de la popa.
Parte II: El grito a través del viento.
Al percatarse del corte de las comunicaciones y del peligro inminente de abrasión en la regala, Pedro decidió que no podía permanecer en el puente. Tenía que tender un puente visual y gestual con Rogelio, arriesgándose a salir a la intemperie de la cubierta de maniobra en el peor momento de la borrasca.
Pedro se ató una línea de vida de cinta de poliamida a la anilla del arnés de seguridad, asegurando el mosquetón al cable de vida central que corría de proa a popa. Con las manos entumecidas por el frío y enfundadas en los guantes de neopreno, gateó por la plancha estriada mientras un golpe de mar rompía contra la amurada de babor, inundando la cubierta con una masa de agua helada que arrastraba restos de lodo y cristales rotos.
—¡Rogelio! —bramó Pedro a pleno pulmón, utilizando las manos como bocina para superar el rugido del viento y el motor—. ¡El cable va a morder el casco en cuestión de minutos! ¡Tenemos que desviar la línea utilizando una pasteca de repuesto antes de que los torones colapsen!
Rogelio, desde su posición junto al tambor, asintió con la cabeza bajo la capucha de su traje, señalando hacia el cofre de contramaestre donde guardaban las poleas de carga pesada. La tormenta en el estuario exterior no daba tregua, y la temperatura del bloque de la Caterpillar, estabilizada provisionalmente por el calzo de hierro, volvía a mostrar indicios de fatiga térmica ante la exigencia del esfuerzo hidrodinámico. Parte III: La instalación de la pasteca de doble roldana.
Con el agua helada del estuario barriendo la cubierta y el zumbido constante del viento golpeando los mamparos, Pedro se arrastró sobre las planchas estriadas hasta alcanzar el cofre de contramaestre. De su interior extrajo una pesada pasteca de doble roldana de acero forjado y una mordaza de sujeción rápida de mordaza dentada, herramientas esenciales para redirigir cargas de tracción en condiciones de emergencia.
El cable de acero de doce milímetros seguía emitiendo chispas a intervalos regulares al chocar contra el canto afilado de la regala de babor. Unos minutos más de fricción sin guía habrían seccionado los torones principales, liberando el ancla de capa y dejando a la Goliath a la deriva.
—¡Rogelio, aganta la tensión del tambor un segundo! —gritó Pedro, arrodillándose en el agua aceitosa mientras el buque cabeceaba pesadamente.
Rogelio frenó la inercia del cabrestante secundario. En ese breve instante de distensión del cable, Pedro enganchó la mordaza rápida a la base de la bita principal de babor e introdujo el cable de acero en la garganta de la pasteca de doble roldana. Al accionar la palanca de bloqueo de la mordaza, el mecanismo dentado mordió el acero con un chasquido sordo, apartando la línea de fricción del canto de la regala y suspendiendo el cable en el aire mediante una polea provisional pero extraordinariamente sólida.
Parte IV: El desgaste de los materiales.
El esfuerzo físico extremo y el contacto directo con el agua a baja temperatura cobraron factura de inmediato. Al soltar la palanca de presión de la mordaza con los dedos torpes por el frío, el tejido de neopreno de su guante derecho quedó atrapado y se desragó por completo, exponiendo la piel de los nudillos al roce directo con el metal congelado. Un dolor punzante, mezcla de abrasión y principio de congelación, recorrió su mano derecha, obligándole a apretar los dientes para no perder el conocimiento en mitad de la cubierta.
—¡Pasteca montada y línea desviada, Rogelio! —informó Pedro, levantando la mano ensangrentada y envuelta en jirones de neopreno para que su compañero la viera a través de la penumbra—. ¡El cable ya no roza contra la regala! La carga de tracción está repartida en la bita principal.
En la sala de máquinas, Rogelio comprobó en el amperímetro que la resistencia del motor del cabrestante se stabilizaba. Sin embargo, el coste material de la maniobra era evidente: la fatiga del metal en los componentes auxiliares rozaba el punto de rotura. La Goliath continuaba abriéndose paso a través del estuario exterior, pero cada metro ganado exigía un peaje físico y mecánico casi insostenible para su tripulación. Parte V: El refugio y la nueva amenaza.
Con los nudillos de la mano derecha ensangrentados y el tejido de neopreno completamente desgarrado por la mordaza de sujeción, Pedro se arrastró desde la cubierta de popa hacia el interior de la superestructura. El frío del estuario exterior quedó momentáneamente atenuado al cruzar la puerta estanca de la sala de máquinas, un compartimento ruidoso donde el motor Caterpillar seguía rugiendo a setecientas revoluciones por minuto.
Pedro se dirigió al casillero de herramientas para buscar un rollo de gasa estéril y un antiséptico del botiquín de emergencia. Sin embargo, al pasar junto al bloque de cilindros, un olor acre y pesado llamó su atención por encima del habitual hedor a gasoil y fluido hidráulico quemado. No era aceite ni refrigerante; era el característico aroma denso del monóxido de carbono.
—¡Rogelio! —intentó advertir Pedro, pero su voz salió ronca y estrangulada por el esfuerzo y el aire viciado del compartimento.
Al levantar la linterna frontal, Pedro vio una delgada línea de humo azulado y vapor oscureciendo el techo de chapa de babor. Una microfisura se había abierto en el codo de salida del colector de escape de la Caterpillar, producto de la combinación entre las vibraciones de alta frecuencia del motor, el esfuerzo térmico y el golpeteo de la estructura contra el casco.
Parte VI: La fuga en el colector.
El gas tóxico no tardaría en saturar el aire del compartimento inferior, convirtiendo la sala de máquinas en una trampa mortal si la ventilación forzada no lograba evacuar los gases hacia el exterior. Rogelio, que seguía vigilando el comportamiento del calzo de hierro en la sentina, comenzó a toser violentamente al notar el ardor en la garganta.
—¡Pedro! ¡El colector de escape ha cedido por fatiga térmica! —exclamó Rogelio entre toses, cubriéndose la boca con un trapo impregnado de agua—. ¡Los gases de combustión están inundando la sala de máquinas! Si la concentración de monóxido supera el límite crítico, perderemos el conocimiento antes de poder regular la inyección de combustible.
Pedro apretó los dientes, olvidando el dolor punzante de su mano herida. Tenía que actuar de inmediato para sellar la fisura del colector o aislar el compartimento antes de que el aire se volviera irrespirable para toda la tripulación, marcando un punto de inflexión crítico en el desarrollo de la travesía. Parte VII: El sellado de emergencia y la purga del compartimento.
El monóxido de carbono densificaba el aire de la sala de máquinas, reduciendo la visibilidad a través del haz de las linternas frontales y provocando un mareo sordo en las sienes de Pedro. Sin perder un segundo, corrió hacia el pañol de reparaciones y arrancó el precinto de un bote de masilla epoxi de dos componentes de fraguado rápido, formulada específicamente para resistir regímenes térmicos de hasta seiscientos grados centígrados en bloques de fundición y colectores de escape.
—¡Rogelio, dale potencia a los extractores de techo! ¡Yo me encargo del codo de escape! —gritó Pedro con el poco aire limpio que le quedaba en los pulmones.
Rogelio se abalanzó sobre el panel eléctrico secundario y basculó la palanca principal del ventilador extractor de emergencia. Con un estrépito metálico, el motor eléctrico del conducto cobró vida, comenzando a succionar el aire viciado y los gases oscuros hacia la cubierta superior a través del tubo de salida.
Mientras tanto, Pedro amasó con rapidez frenética los dos compuestos de la masilla con sus manos desnudas, ignorando por completo el dolor punzante en los nudillos ensangrentados de su mano derecha. Con la pasta ya unificada y despidiendo un leve vapor químico, se encaramó al bastidor del motor Caterpillar y presionó el compuesto directamente sobre la microfisura del colector de escape, donde los gases incandescentes se filtraban con un siseo agudo.
¡Ssssss-fiuuuu!
La masilla reaccionó de inmediato al contacto con el metal hirviente, burbujeando de forma violenta antes de comenzar a polimerizar y endurecerse bajo el calor extremo. Pedro mantuvo la presión firme durante cuarenta interminables segundos, apretando los dientes mientras el humo azulado disminuía de intensidad hasta desaparecer por completo.
—¡Fuga bloqueada! —anunció Pedro con voz ronca, dejándose caer pesadamente sobre la chapa estriada de la sentina mientras respiraba las primeras bocanadas de aire fresco que los extractores comenzaban a renovar desde el exterior.
Rogelio comprobó el manómetro del circuito de ventilación y el medidor de calidad del aire. Los niveles de monóxido de carbono descendían de forma drástica hacia la zona segura, mientras el motor Caterpillar continuaba rugiendo a sus setecientas revoluciones por minuto, estabilizado milagrosamente por el calzo de hierro y el sellado epoxi. La Goliath superaba así otra prueba límite en su avance hacia el mar abierto, cerrando el Capítulo 25 con la tripulación agotada pero victoriosa frente al colapso químico.
FIN DEL CAPÍTULO 25.