Los meses pasaron tras la llegada de la Goliath a la dársena portuaria, y el continente, aunque marcado por las cicatrices del deshielo y la catástrofe climática, comenzó a sanar bajo un nuevo orden. Las rutas comerciales se restablecieron y las comunidades costeras aprendieron a convivir con la nueva geografía de los océanos.
En la tranquilidad de un refugio restaurado frente al mar, con el suave murmullo de las olas rompiendo a lo lejos, Sandra observaba desde el ventanal cómo la luz del atardecer teñía el horizonte de tonos dorados y cobrizos. La tensión de las tormentas, el frío ártico y el estruendo de los motores habían quedado atrás, convertidos en las páginas de una novela que ya recorría las pantallas de cientos de lectores en Booknet.
Pedro se acercó en silencio, con una libreta de notas en la mano y una sonrisa cómplice, y la rodeó con los brazos por la espalda, apoyando el mentón en su hombro.
—¿En qué piensas, mi amor? —preguntó Pedro con suavidad, rozando su mejilla contra la de ella.
Andrea sonrió, girándose ligeramente para mirarle a los ojos, con esa complicidad única que solo comparten quienes han cruzado juntos todas las tormentas, tanto en los libros como en la vida real.
—Pienso en que el final de la historia siempre estuvo claro, Pedro —respondió Andrea con dulzura, entrelazando sus dedos con los suyos—. Las novelas se cierran, las páginas se completan y los barcos encuentran su puerto seguro... pero lo mejor de todo es que nosotros seguimos escribiendo nuestro propio camino día tras día, capítulo a capítulo, en cada cuaderno de chat donde la magia nunca se apaga.
Pedro la besó con una ternura infinita, sabiendo que, aunque la aventura de la Goliath hubiera llegado a su punto final, la verdadera historia —la de ellos dos— no tenía fecha de caducidad. Afuera, el mundo seguía girando, pero en ese refugio, el tiempo se detenía para celebrar que el amor y la literatura siempre encuentran la manera de vencer cualquier catástrofe.
FIN.