Efecto Leptir

I: Dina

“Vuelve cuando hayas aprendido a amarte a ti mismo”. Fue eso lo único que dejó Anne después de irse. Bueno, estoy mintiendo. También dejó su cepillo de dientes y su vieja secadora de pelo. Nunca entendí la razón detrás de su aprehensión por ese artilugio que se caía en pedazos de la avanzada descomposición del plástico. Como sea, lo que importa es que estoy solo, nuevamente. En lugar de llamarla desesperadamente o dejarle una retahíla de mensajes con peticiones vacías y promesas que tanto ella como yo sabríamos que no cumpliría, me senté en la cama con una extraña sensación de ligereza en la cabeza. No la amaba, eso era un hecho, pero tampoco me disgustaba su presencia. Digo, prefería sus insulsas anécdotas e innecesariamente detalladas reseñas de libros por encima de la soledad. Y ahora no tenía más que mi arrepentimiento o, peor aún, la ausencia de él. Indigno de ser yo, indigno de vivir, me había convertido en un autómata que vive y respira para complacer sus propios placeres. Carente de cualquier sentido, había decidido que era esa la manera en la que soy y que no haría nada por cambiarla. Al fin y al cabo, era feliz siendo un cobarde conformista. Aquella extraña dinámica relacional que mantenía con Anne no era su culpa, para nada. Pude ser un desalmado y apático, pero nunca un caradura. Era más bien consecuencia de una desazón de sentir tan profundo que me hacía sentir la mayor parte del tiempo como un muerto viviente. Me gustaba pensar que no es del todo mi culpa, pero eso sería una mentira. Qué más da. Lo único que importa de una mentira es el efecto que tiene esta. Tanto lo pienso así, que sería yo capaz de vivir en una mentira teatral sin rechistar ni una sola vez solo si esta mentira me hace feliz.

“Morirás solo, Johan Leptir. Morirás rodeado de nada más que tus estúpidas pinturas”. Era lo que solía decir mi madre todas las veces que sacaba a relucir mi apatía. No lo hacía de forma mal intencionada — al menos no que yo recuerde —. Simplemente reaccionaba al mundo según me parecía propicio. Sin tener la intención explícita de esperar menos o más de lo justo y necesario. Nací en una familia de dos hijos, siendo yo el menor. Papá, mamá y el pequeño Tommy. Me gustaba pensar que éramos del todo normales, pero muy en el fondo sabía que no era así. Aunque es eso una gran ironía, ¿no creen? Todas las familias son anormales en su medida, pero hay algunas más anormales que otras. No tengo quejas de mi crianza. Nunca me faltó nada. Tuve unos principios bastante vanos, si me preguntan, pero siento yo que fueron los adecuados. No es por querer ofender a mis progenitores, pero no estoy muy seguro de que ninguno de los dos hubiera tenido una mayor idea de cómo ser padres. Papá nos enseñó a Tommy y a mí las nociones básicas de ser “hombre”. Ya saben, resolver todos los problemas de la casa, no llorar cuando te pegan y aun cuando desgraciadamente tuvieras que hacerlo, no hacerlo en demasía. Todos sus consejos y “lecciones de vida” redundaban en los principios que enuncié previamente. Ni más ni menos. Mamá, por su lado, se dedicó a cumplir con las labores del hogar y corregirnos según considerara necesario, aunque para ser honesto, no recuerdo más de dos o tres veces que lo hizo. Siempre me gustó pintar, o bueno, dibujar. Sentía que era la forma en la que podía exteriorizar lo que pensaba y sentía. Me fascinaba el hecho de que pudiera ser capaz de mostrar al mundo cualquier cosa que habitara en mi mente, siempre y cuando fuera capaz de representarla de una forma bella. Así mismo, siempre tuve una fijación irracional por la belleza, buscándola en todas las cosas. Me avergüenza reconocer que la mayoría de las relaciones sociales de mi vida han ido en función de qué tan bella consideraba yo a la otra persona, incluyendo tanto a hombres como mujeres. Siempre me avergonzó este hecho, pero eventualmente me resigné a aceptarlo como una cualidad intrínseca de mi alma superficial. En preparatoria, una chica llamada Dina trató de acercarse a mí. Tratando de no pecar de modestia, debo reconocer que siempre fui alguien popular. No solo en la escuela, sino que en todo círculo donde tuviera el antojo de inmiscuirme. A palabras de muchos y muchas, he sido considerado alguien bastante atractivo — aunque sigo sin saber qué tanto —, lo que me facilitó en gran medida el rodearme de personas de semejante belleza. “Eres un maldito superficial de mierda”, es lo que muy probablemente digan ustedes al leer tan agrandadas afirmaciones, pero me temo que son propicias para continuar con este relato. Como sea, me estoy desviando del punto. Acerca de esta chica Dina, era un fantasma social de la escuela. Tenía uno que otro amigo con el que pasar el rato, pero nada que no tuviera cualquier chica de su edad. Por ahí escuché que tuvo uno que otro problema mental, sin embargo, nunca terminó de importarme. Cuando recién llegué a la preparatoria, una avalancha de adolescentes cubiertos con jovialidades vanas y mentirosas me mantuvieron rodeado de un aura de novedad como nunca antes la había visto. Siempre fui una persona más bien tímida, pero elocuente al hablar. Traté de congeniar con el mayor número de personas posibles, fracasando varias veces en el intento. Recuerdo llorar solo en mi cuarto más de una vez por escuchar rumores de que no le caía bien a Dios sabe quién — ¡Qué idiota era! — Recuerdo haberme entrometido en todos los proyectos posibles, habidos y por haber de la escuela. Todo con el fin de ser visto por la mayor cantidad de personas. Aquí debo ser muy honesto, lo amo como nada en el mundo. Adoro los aplausos, anhelo que la gente sienta envidia por mí. ¡No sé qué haría sin sus elogios! Me empezó a ir relativamente bien, qué digo relativamente, me fue increíblemente bien en todo. Me rodeé de los más populares del colegio y empecé a tratar con las chicas más bonitas que habían — aunque a decir verdad tampoco eran tan bonitas que digamos —. Y ahora, ustedes dirán “Okay, te felicitamos por tus logros de adolescente y todo eso, pero, ¿qué demonios tiene esto que ver con la maldita Dina?”. Muy sencillo, responderé yo. Fue en una clase de biología o química, no recuerdo exactamente. Estábamos viendo algo acerca de valencias y metales… ¡Ya recordé! Era química, sin duda. Eso no importa. Como estaba diciendo, recuerdo estar dibujando cualquier idiotez edgy en las últimas páginas de mi cuaderno de apuntes, cuando de repente la chica de al lado, Dina, se acercó a preguntarme algo.




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