Efimero

Capitulo 17

《Arrástrate de ser necesario, arrástrate hasta que logres salir de ese hueco》

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Desperté.

El cuerpo me dolía como la mierda, aun así me incorporé justo cuando June salía del baño.

—Lo siento ¿Hice mucho ruido?

—No, yo acabo de despertar ¿estás bien? Te ves pálida.

—Si, es solo… –sonrió. —No es nada.

Asentí sin insistir. No tenía energía para preguntar más. Apoyé la espalda contra el respaldo de la cama y dejé caer la cabeza hacia atrás.

—¿Qué hora es?

—Nueve de la mañana. –dijo revisando la hora en su teléfono.

Me quedé viendo fijamente al techo, era la primera vez en mucho tiempo que dormía tan tarde. Miré a June, ella estaba quieta, se veía nerviosa, sin saber qué decir o hacer.

—¿Cual es el plan? –pregunté.

—¿Plan?

—Dijiste que te harías cargo. –su cara se tornó roja, sonreí. —El mejor mes.

—Yo lo haré. –dijo rápidamente. —Podemos ir donde quieras, hacer lo que quieras.

Lo que yo quisiera…

Es absurdo. ¿Qué es lo que quiero? Ni yo mismo lo sé.

—¿Y si no quiero nada?

—Todos queremos algo en esta vida. –se sentó en la orilla de la cama. —Y morir no cuenta.

Dejé escapar una pequeña risa, mis costillas dolieron. Respiré hondo y me senté, June se veía ansiosa por saber mi respuesta, jugaba con sus dedos.

—Hagamos algo que tu quieras, también es tu mes.

—¿Estás seguro? –asentí, sus ojos se iluminaron. —Hay un lugar al que te quiero llevar, ve a bañarte.

Me ayudó a levantar y me arrastró al baño, dejó dos toallas limpias sobre el lavabo, unas pantuflas de vaca talla 37, 36 quizas, y salió del cuarto, no sin antes decirme que no mojara el yeso.

Con cuidado me quité las vendas y me metí a bañar, con cuidado de no mojar el yeso. Se sintió raro no tener que hacer mi ritual de siempre. Cuando terminé de ducharme me sequé con las toallas que June me había dado, envolví mi cintura en una de las toallas y me vendé el torso.

—Liam, te dejo ropa en la puerta, es ropa de mi padre, pero sigue teniendo las etiquetas, no–

Abrí la puerta mientras ella hablaba, me miró de arriba abajo, su rostro se volvió rojo.

—Puedes utilizar esta ropa. –me metió la ropa en las manos y corrió a sentarse en la cama. —Pareces una momia.

Miré mi torso cubierto de vendas, muchas veces he parecido una momia entonces.

Cerré la puerta del baño y me vestí rápidamente, era un conjunto de ropa básica, pero los números en la etiqueta dejaba ver que el precio no era “básico”; una bermuda y una camisa de tela de algodón color beige.

Raramente utilizaba ropa nueva ¿Hace cuanto fue eso? ¿cinco? ¿Siete? ¿diez años?

June estaba revisando su teléfono cuando salí del baño, ella giró a verme y bloqueo su teléfono.

—Te queda bien.

—Algo grande. –dije mirando la ropa. —Pero es cómodo.

Tomé mis zapatos y me senté en el borde de la cama para ponérmelos. Atarme los cordones me tomó más tiempo del normal, tener el brazo enyesado no ayudaba mucho. June se acercó y se agachó frente a mí, ató bien mis cordones y me sonrió.

—Gracias.

—Uhm. –asintió y se levantó. —¿Vamos?

—Solo déjame guardar mis cosas. –tomé mi mochila y metí mi ropa en ella. —Ahora si.

Tomé la sudadera y me la puse despacio, fue difícil por el yeso.

—¿Está lejos ese lugar?

—Un poco, si.

—¿Taxi?

—Chofer.

—Tener dinero es realmente bueno.

June dejó escapar una pequeña risa, se encogió de hombros mientras tomaba sus llaves.

—Ciertamente hace la vida más fácil.

Salimos. Pedimos el ascensor y bajamos hasta el primer piso, June saludaba a los empleados de limpieza y recepcionistas como si fuesen amigos de toda la vida. Salimos del edificio y un auto negro ya nos estaba esperando, ella señalo el auto con la cabeza antes de entrar en el.

—Buenos días.

—Buenos días. –respondió el chofer. —Señorita.

El auto comenzó a moverse en cuanto June cerró la puerta, el auto estaba en silencio, a excepción del chofer que tarareaba la melodía de alguna canción. Miré por la ventana, las calles empezaban a llenarse de gente que iba a trabajar, estudiantes con mochilas, cafeterías abriendo. Las luces de los semáforos cambiaban lentamente mientras el auto avanzaba. Apoyé la cabeza contra el vidrio frío y seguí cerré los ojos por un momento.

Si muero la vida de todos seguirán como si nada, el mundo seguirá girando por mil años más.

—¿A dónde vamos?

—Sorpresa.

—¿Siempre son sorpresas contigo?

—A todos les gustan las sorpresas.

—Vives en una realidad diferente. –suspiré y la miré. —¿Te gustan las sorpresas? –ella asintió. —¿Por qué?

El chofer tocó un botón, separando el auto por una vitrina de color negro.

—Mis padres olvidan mi cumpleaños. –suspiró, giró a verme. —Mi abuela me hacía fiestas sorpresas o regalos sorpresas fingiendo que mis padres lo habían planeado para mí, me enteré de eso a mis 12 años, dejé de esperar algo de ellos, aun así las sorpresas para mi cumpleaños nunca disminuyeron.

—Entonces no te gustan las sorpresas. –dije al final, ella frunció el ceño.

—Acabo de decir que sí me gustan.

—Te gusta saber que tienes a alguien que si te recuerda. –me crucé de brazos. —Porque eres egoísta.

Ella no respondió, bajó la mirada hacia sus manos, yo giré a ver la ventana.

—Nunca tuve fiestas sorpresa. –murmuré.

—¿Nunca?

—Nunca tuve fiestas, no desde que mi padre murió.

El silencio volvió a llenar el auto. Esta vez más pesado.

—Entonces esta será tu primera sorpresa —dijo June después de unos segundos.

La miré de reojo, dejé escapar una pequeña sonrisa. Ella siempre sorprende, con sus palabras o acciones.

—¿También viene con pastel? –pregunté girando a verla, ella sonrió dejando que sus ojos formarán dos curvas y dejó ver sus hoyuelos.

—Podría arreglar eso. –dijo mostrando su teléfono, no pude evitar dejar salir una pequeña risa.




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