《No es egoísmo abandonar a alguien después de que
te lastimo mil y un veces》
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Entré en casa, todas las luces estaban apagadas, la casa parecía estar en completa calma. Saqué mi teléfono del bolsillo y revisé la hora: 1:27.
Asumí por la hora que ya estaban dormidos, con cuidado de no hacer ruido caminé hasta las escaleras, apenas pise el primer escalón la luz de la lámpara de pie junto al sofá se encendió, mi cuerpo se tenso.
—¿Es lindo irte de casa y volver como si nada? –la voz de mi madre hizo que mi cuerpo se relajara, giré la cabeza y me sorprendí. —¿Te sorprende? Yo creí que no te importaría. –dejó escapar una sonrisa más amarga que el llanto.
Su rostro estaba cubierto de moretones, sus ojos estaban hinchados, uno de ellos estaba morado y cerrado, su labio estaba partido, debajo de su nariz había sangre seca, su cuello tenía marcas de dedos y rasguños.
—¿Te duele por tu madre? ¿Ahora te duele? ¿Dónde estabas? ¿Por qué no estabas aquí? ¡¿Por qué?! –preguntaba con enojo, el labio le temblaba. —¡Mira lo que me hizo por tú culpa!
Miré arriba de las escaleras viendo si él venía, mi mandíbula y manos estaban apretadas, sus palabras lo único que hacían era enojarme.
—No te preocupes por él, después de que me dejó así por tu culpa salió de casa. –dijo con calma, y esa calma me irritó más.
—¿Mi culpa? ¡¿Mi culpa?! –elevé la voz. —¿Es mi culpa que te golpee? ¿Es mi culpa que estés así? ¿Es mi culpa que lo hayas conocido y traído aquí? –con cada pregunta me acercaba a ella hasta estar a solo unos pasos. —¿Es mi culpa? ¡¿Acaso esa es mi maldita culpa?! Tú fuiste quien lo trajo, tu eres quien lo deja golpearme a su antojo, tu permites que me robe ¡Tú me robas por él!
Mi voz se quebró y terminó convirtiéndose en un grito.
—¡Dejaste que me partiera el maldito brazo! ¡Dejaste que me echara de casa! ¡Dejas que haga lo que se le antoje y aún así dices que es mi culpa que te golpee! ¡¿Por qué sería mi maldita culpa cuando eres tú quien le permitió desde un inicio que actúa a sus anchas?!
—¡Tú eres el culpable! ¡Tú debes protegerme! ¡Soy tu madre!
Mis hombros cayeron, dejé escapar una pequeña risa rota echando la cabeza hacia atrás, dejé que las lágrimas salieran, ya estaba harto y cansado. De ella, De él. De esta vida de mierda que tengo que llevar, miré a mi madre.
—¿Entonces soy tu escudo? –mi voz salió más baja de lo que esperaba. —¿Por eso no dejas que me vaya de casa? ¿Por eso me robas? ¿Porque mientras yo este aqui el no te golpeara? –dejé escapar un suspiro cansado. —Dime la verdad mamá ¿Acaso me amas o solo me utilizas?
El silencio cayó entre nosotros, asentí, lo sabía y aun así lo pregunte.
En el mundo no puede existir una madre que ame a sus hijos y los haga pasar por el infierno en vida, por lo menos, yo creo que no.
Ella me agarró del borde de la ropa, sus manos tenían sangre por lo que mancho la ropa. Me limité a verla, sus manos temblaban, de sus ojos salían lágrimas.
—Lo siento, lo siento, lo siento, lo siento. –murmuraba una y otra vez mientras agachaba la cabeza. —Yo realmente te amo hijo. –me abrazó aferrándose a mi ropa.
Cerré los ojos, era la primera vez en mucho tiempo que era abrazado por ella, casi había olvidado lo que se sentía que me abrazara, y era doloroso, malditamente doloroso.
Dolía porque realmente extrañaba su abrazo.
Dolía porque quería que sus palabras fueran verdad.
—Te amo, te amo, te amo mucho hijo, no me vuelvas a dejar ¿si? ¿si? por favor, por favor hijo, tu madre siempre te ha amado.
No respondí, respiré hondo, con la única mano sana aparté sus manos de mi y subí a mi habitación, cerré la puerta con seguro, tiré mi mochila en algún lugar de la habitación y me dejé caer al suelo. Las lágrimas comenzaron a salir sin fin.
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No supe cuánto tiempo había pasado hasta que dejé de llorar, suspiré, me levanté del suelo, tomé ropa, salí de mi habitación y entré en el baño.
Me miré en el espejo, tenía los ojos rojos e hinchados, lágrimas secas en las mejillas y una expresión cansada en el rostro.
Rebusque entre las gavetas del baño en busca de alguna bolsa para no mojar el yeso, pero no encontré nada más que vendas, gasas, alcohol y apósitos.
Me quité la camisa y con ella cubrí por completo el yeso. Me terminé de desnudar y me metí a bañar. El agua caliente cayó sobre mi cuerpo, cerré los ojos concentrándome en el sonido del agua.
Sentía la mente y cuerpo cansados, solo quería dejar de pensar, de sentir, de existir.
No se cuanto tiempo me quedé bajo la ducha, pero cuando salí de la ducha el espejo estaba empañado, pasé mi mano por el espejo quitándole esa capa de agua. Me miré en el espejo, los moretones en mi cuerpo ya comenzaban a volverse verdes.
Me sequé el cuerpo, me vestí y regresé a mi habitación. El reloj marcaba las 3:58 de la madrugada. Me dejé caer sobre la silla frente al escritorio, encendí la pequeña lámpara y me quedé mirando mis libros regados.
Tomé uno de mis cuadernos y lo abrí, quería adelantar las tareas que habían dejado. El ruido en mi cabeza poco a poco comenzó a disminuir y sin darme cuenta la luz del sol ya se filtraba por las cortinas.
Me dolía la mano, me había concentrado tanto que terminé escribiendo demás. Me levanté de la silla y me recosté en la cama mirando el techo. Mi teléfono vibró varias veces, lo tomé, era un mensaje de June.
“¿Qué haremos hoy?” “¿Picnic?” “¿Café?” “¿Caminata?” “¿Parque de diversiones?”
Me quedé mirando los mensajes por un momento, le respondí con un: “Estaré ocupado el fin de semana, June.”
No quería salir. No quería explorar. No quería hacer nada.
June no es mi niñera, ni mi terapeuta, mucho menos mi salvadora. No tiene porque estar conmigo todo el tiempo en el que me sienta mal.
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Editado: 10.06.2026