Efímero

Capítulo 2

Capítulo 2 | Carmín traicionero 

Mis padres y yo nos encontramos sentados alrededor de la mesa del comedor. Hay una tensión palpable y un silencio incómodo. Y todo es por mi culpa.

-¿Y tú... cómo te sientes?- pregunta mi padre, con miedo a cagarla. Es un hombre serio, y apenas en algunas ocasiones ha sido capaz de demostrarme el amor que siente por mí. No le culpo, sé que es difícil tanto para él como para mi madre esta situación.

Yo suspiro entrecortadamente. No sé exactamente qué quiere que le conteste.

-Yo... me siento bien- titubeo mirando mis manos entrelazadas sobre la mesa de comedor.

-Quiero que te vea otro doctor- murmura mi madre con sus ojos vidriosos- Te harán pruebas y seguro que Kendra esta vez se ha equivocado- añade, pero todos sabemos que son simples mentiras que quiere formarse en su cabeza para alargar algo más sus esperanzas.

-No quiero pasar por más estudios, mamá- digo evitando que las lágrimas broten por mis ojos. Sería profundizar más este tema y es algo que no quiero. Solo quiero ir a descansar.

-Pero Kendra debe de estar equivocada cariño- intenta convencerme para que su pequeña esperanza también se convierta en la mía.

-¡Ella no está equivocada mamá!- contesto levantándome con un tono de voz algo duro que hace que mis padres sufran un sobresalto- Voy a morirme- comienzo a decir más bajo- Y no se puede hacer nada- añado casi en un suspiro mientras bajo la mirada al suelo.

Mi madre se levanta y me abraza con fuerza, como si así pudiéramos reconstruir todos los pedazos rotos en los que nos rompimos tras recibir esa noticia. Mi padre se levanta y nos rodea con sus fuertes brazos a ambas.

-Solo quiero pediros algo- añado y ellos se apartan para que pueda recuperar el aliento- Quiero que lo que me está pasando no sea nuestra conversación cuando comamos, o cuando cenemos. Si quiera la vuestra cuando no estéis conmigo... no quiero que nos torturemos antes de tiempo- digo apenas en un hilo de voz y las lágrimas que amenazaban salir acaban rodando por mis mejillas. Pompidou se percata y comienza a exigirme que le coja en brazos, y así hago.

-Está bien, princesa- dice mi madre mientras abraza con los ojos hundidos a mi madre- Ahora deberías descansar.

Yo asiento con la cabeza y hundo mi nariz en el pelaje de Pompidou. Ando con él en mis brazos, pues sé que si le dejo en el suelo de igual manera me perseguirá, y me dirijo a mi habitación.

Me coloco un suave pijama y tras lavar mis dientes, me tumbo en la cama y Pompidou a mi lado.

Intento cerrar los ojos para que el sueño acuda pronto a mí, pero no sucede así, como me imaginaba. Aunque para mi sorpresa, no es la imagen de Kendra dándome la mala noticia la que no me deja dormir, si no la impecable sonrisa de aquel fotógrafo y su manera de pedirme... esa cita.

Una tenue luz que se cuela por las rendijas de mi ventana consigue que abra poco a poco los ojos, y los besos locos de Pompidou hacen que se me abran del todo. Le abrazo con fuerza, y el primer pensamiento triste del día acude a mí.

-Pocos días más podré levantar así- le dije a Pompidou como si él pudiera entenderme. Las primeras lágrimas del día rodaron por mis mejillas.

Seco mis lágrimas y me levanto de la cama y bajo a la cocina persiguiendo el aroma a tortitas.

-Buenos días cariño- me saluda mi madre mientras cocina- He preparado tortitas.

-Se huele por toda la casa- le contesto, sentándome en una silla de la cocina con una pequeña sonrisa.

-He ido a comprarte tus nuevas medicinas- murmura sin mirarme. Yo tuerzo el gesto a pesar de que no me ve, no quiero hablar de eso- Es para que no te duela nada.

Yo asiento con la cabeza y mi madre las pone a mi alcance para que vea cuando tengo que tomarlas. Oh... son más de la cuenta. Tres por la mañana, dos tras comer y cinco a la noche. Y dos pastillas son de emergencia por si los dolores aumentan más de lo debido. Y dos inhaladores para recuperarme si me siento mal.

Aunque no quiero pasarme mis últimos días tan medicada, sé que Kendra me lo ha recetado porque es lo mejor.

Mi madre se gira para llevar las tortitas al comedor y noto sus ojos entumecidos, aunque prefiero hacerme la tonta para no volver a hablar del tema.

Comenzamos a desayunar en silencio, solo oyendo los ladridos de Pompidou exigiéndome que le de comida.

-Tienes la tuya, Pompidou- dice mi madre como si Pompidou le entendiera. La verdad es que acostumbramos ambas a hablarle.

-Esta tarde voy a salir- comento como si fuera normal en mi vida. Mi madre frunce el ceño.

-Hija, en tu estado...- comienza a decir con una voz amable y conciliadora.

-No es lo mejor- continúo, interrumpiéndola, pues sé cómo va a terminar su frase- Mamá, tengo 25 años, déjame ser alguien normal el poco tiempo que me queda- digo con una voz semi rota- Esto para mí también es difícil.

Ella asiente con la cabeza, con cierto dolor al oír mis palabras.

-¿Con quién?- pregunta prestándole más interés de lo que yo quiero.

-Con una amiga que conocí ayer paseando a Pompidou- en cierto modo es verdad, aunque esa amiga tiene una barba y unos ojos que encandilan a cualquiera.




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