Eiden

Prólogo

"El encierro no siempre necesita llaves; a veces basta con culpa".

Pájaro enjaulado

A través de mi ventana observo la luna llena, inmóvil y pálida, vigilando desde lo alto un cielo negro y desierto. Su luz se filtra como un susurro prohibido, recordándome todo lo que existe más allá de estas paredes.

Mi padre bloqueo esta ventanas para protegerme.
O al menos, eso fue lo que dijo.

Desde entonces, vivo atrapada.
Como un pájaro enjaulado que aprendió a llamar hogar a su prisión.

Cierro los ojos cuando una brisa helada logra colarse por la abertura. Sonrío, dejándome engañar por la fantasía de estar en el patio trasero, entre las flores que mi madre ha cuidado con devoción durante meses. En mis pensamientos, corro. Respiro. Existo sin miedo.

La puerta de mi habitación se abre de improviso.

Me alejo de la ventana y me acerco a mi padre, sintiendo cómo el peso de la realidad vuelve a caer sobre mis hombros.

—Mi pequeña Jade, deberías estar durmiendo —dice, acariciando mi cabello con una ternura que no logra ocultar la vigilancia.

—No podía dormir —susurro.

—Tu madre y yo iremos a la iglesia a entregar nuestros votos. Asegúrate de acostarte y mantenerte alejada de la ventana —advierte, con un tono suave que no admite desobediencia.

Besa mi cabeza antes de marcharse. Minutos después, el sonido de la puerta principal cerrándose rompe el silencio de la casa.

Se han ido.

El insomnio me devora. Me revuelvo en la cama durante lo que parece una eternidad, hasta que una idea peligrosa germina en mi mente. Desciendo en silencio hacia la cocina y me detengo frente a la puerta trasera.

Nunca he salido sola.
Nunca me lo han permitido.

Mis manos tiemblan y pican al tocar la manija. Las advertencias de mis padres golpean mi cabeza como martillos: no salgas, no mires, no preguntes. Aun así, reúno el poco valor que tengo y giro el seguro.

El clic suena demasiado fuerte.

La noche me envuelve de inmediato. El frío acaricia mi piel y una sonrisa involuntaria nace en mis labios al sentir por primera vez el aire libre recorriendo mi cuerpo. Descalza, corro sobre el césped hasta llegar a las flores del rincón del patio. Las toco con cuidado. Son reales, son suaves y hermosas.

Y entonces como si el destino me odiara, lo escucho.

Pisadas.

La luna parece brillar con mayor intensidad. Me incorporo bruscamente, segura de que escucharé la voz de mi madre regañándome por salir sin permiso. Pero no es ella.

Una figura se alza al otro lado del patio.

No se mueve.
Solo observa.

Mi respiración se vuelve errática. Por su silueta, deduzco que es un chico. Mis piernas se niegan a responder, nunca había sentido una mirada así. No aquí. No dentro de mi refugio.

Una ráfaga de viento levanta mi vestido de dormir, dejándo mi parte baja expuesta por unos segundos. Veo como el reflejo plateado de la luna revela una media sonrisa torcida en su rostro.

Un grito ahogado escapa de mis labios.

Él avanza.

—Tal como lo pensé… —masculla—. Eres hermosa.

Su voz es baja, profunda, demasiado cercana que eriza mi piel. Siento el pánico recorrer mi cuerpo como veneno.

Mi mente grita una sola palabra: corre.
Pero mi cuerpo permanece inmóvil, traicionándome.

De pronto, el sonido de un auto apagándose rompe el silencio.

La figura retrocede y se camufla con las sombras, como si nunca hubiera estado allí.

Aturdida, giro la cabeza y veo a mis padres acercándose por el costado de la casa. El miedo me devuelve el movimiento. Entro corriendo, cierro la puerta con seguro y subo a mi habitación antes de que noten mi ausencia.

—Está dormida —dice mi padre desde la puerta.

—Déjala descansar —susurra mi madre.

Esa noche no volví a cerrar los ojos.

No por la culpa.
No por la desobediencia.

Sino porque, en lo más profundo de mí, supe una verdad que me heló la sangre:
aquel encuentro no sería el último.

Y por primera vez, la jaula ya no me parecía suficiente para mantenerme a salvo.



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En el texto hay: juvenil, suspenso, romance oscuro

Editado: 09.01.2026

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