Eklipso: La maldición de las Siete Lunas

Luna del Presagio

🌒

Segunda semana del Equinoccio

Siete campanadas anuncian el comienzo del día en todo el reino de Asivva.

El cielo permanece negro mientras la nevada constante continúa cayendo.

El rey Fenion se levanta sudoroso tras otra noche de pesadillas y recoge la jarra de cerveza abandonada en la mesa. Al llevársela a los labios, ve la negra quemadura en su mano y se estremece al recordar el fuego consumiendo su carne hasta el hueso. Un fuego distinto a cualquier otro que dejó una cicatriz distinta a cualquier otra.

Dirigiendo su mirada al espejo colgado en la pared, el rey observa su reflejo. Un rostro mucho más envejecido de lo que debiera. Un ojo de un azul apagado observándose; el otro, brutalmente arrancado, dejando un hueco de piel cubierto de cicatrices.

El breve golpe en la puerta lo saca de su ensimismamiento y agarra el parche de terciopelo azul de la mesilla.

—Entra —ordena después de colocárselo.

El sirviente abre la puerta y le hace una nerviosa reverencia.

—Majestad —dice con la mirada clavada en el suelo—. Ha llegado un pergamino con el sello oficial.

El rey estira la mano sin preámbulos y el sirviente le entrega el pergamino. Rompiendo el sello de cera, el rey lo estira y, a medida que lo lee, una vena se hincha en su frente. Su rostro se torna rojo, haciendo que el nerviosismo del sirviente aumente.

—¡Necios! —exclama con furia arrugando el pergamino—. ¡Malditos necios sin cerebro!

—¿M-Majestad?

El rey centra su único ojo en el sirviente que ve la locura arremolinándose en las profundidades azules.

—¡Lárgate!

El sirviente hace otra torpe reverencia y desaparece lo más rápido que puede.

El rey se dirige con paso airado a la puerta que conecta con su habitación y la abre de golpe.

—¿Querido, ocurre algo? —pregunta sobresaltada la reina Rasha con ese falso tono meloso que lo irrita tanto.

A la luz de las velas, la belleza de la mujer sentada en el tocador, con su cabello castaño dorado cayendo rizado sobre su refinado vestido de terciopelo añil y sus astutos ojos hazel, sigue siendo deslumbrante a sus cuarenta y un equinoccios. Desgraciadamente, a él lo deja tan frío como el primer día.

—He recibido un mensaje del Consejo de Lores —explica el rey—. Creen que este es un año auspiciado y desean una celebración "especial".

La reina lo observa con una ceja levantada y el rey retuerce la tela de su túnica fantaseando con que es su cuello.

—Quieren que Czarina vaya al Feridae.

—¿Qué tiene de especial esa lamentable prisionera? —se burla la reina.

El rey resopla hastiado de verse forzado a dialogar con su esposa.

—No te hagas la tonta, Rasha. Llevo años luchando con los Lores para mantenerla encerrada, intentando hacerles entender el riesgo que nos supone su mera existencia —pasa sus manos con frustración por su despeinado cabello rubio canoso—. Pero cada año que pasa y ella no es más que "una lamentable prisionera", les da la razón. Creen que la mantengo encerrada por pura crueldad.

—Entonces diles que está enferma —sugiere la reina con arrogancia—. O que su encierro la ha convertido en una salvaje no apta para convivir con otros; no sería del todo una mentira.

—Claro, la haré ver aún más como una pobre víctima que perdió la razón porque la encerré desde que era un bebé —ironiza el rey—. Eso me ganará su respeto.

La reina abre su joyero repleto de joyas de toda clase y selecciona un collar de zafiros.

—Eres el rey, deberían respetarte y obedecerte por ese simple hecho.

—¡Yo no soy un maldito Wyvern! —grita el rey perdiendo una vez más la batalla por contener su cólera—. ¡No seré un tirano que gobierna con puño de hierro al pueblo que juré liberar!

—Llegas un poco tarde para eso, querido —responde la reina con una azucarada sonrisa—. ¿Hace cuánto que no ves en la mirada de tu pueblo admiración o adoración? ¿No te has fijado en el miedo y recelo que muestran ahora al verte? Es obvio que cada vez tu imagen se acerca más a la de ellos.

Apretando los puños con fuerza, el rey se gira, consciente del escaso control que le queda y, antes de hacer algo que en el fondo no lamentaría, abandona la habitación con un portazo.

—Czarina.

La voz de Madele provoca que Czarina parpadee y enfoque su vista en la vieja niñera de cabello castaño oscuro salpicado de canas. Inquietud cruza por el rostro de la mujer al encontrarse sin querer con los ojos opacos de la chica.

—Ya he terminado —anuncia retirándose con la excusa de guardar la aguja y el hilo que acaba de usar para remendar la túnica añil que lleva Czarina.

La túnica, gastada y raída, poco importa los arreglos que se le hagan.

Mientras Czarina desciende del taburete junto a la lucerna de aceite, la puerta se abre. Las hijas de Madele, Elirain y Kailani, entran en la habitación rebosantes de emoción.

En cuanto se fijan en ella, detienen su alegre charla sobre las maravillas del Feridae.

—Tienes suerte, Rina —dice Kailani observándola de arriba a abajo con la nariz arrugada—. No tienes que preocuparte por ser hermosa; sin embargo, mi hermana y yo tenemos que cuidar nuestro aspecto y modales —levanta la falda de su túnica añil que, aunque no de tela fina, es de mejor calidad que la burda lana de la de Czarina—. Todo para ser atractivas y poder conseguir un buen esposo, y mientras tú puedes verte... así.

—Kailani, no digas esas cosas —la regaña Madele.

Elirain carraspea, consciente del intercambio de miradas ceñudas de su madre y su hermana, y le sonríe vacilante a Czarina.

—Kailani ya tiene diecinueve solsticios; este será su último Feridae antes de convertirse en una adulta y tener que buscar esposo.

—Qué curioso —responde Czarina—. Este es el Feridae en el que yo alcanzaré la mayoría de edad.

Un penoso silencio invade la estancia. Los aniversarios del nacimiento de Czarina son, por lo general, un tema espinoso.




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