Eklipso: La maldición de las Siete Lunas

Luna del Ascenso

🌓

Tercera semana del Equinoccio

Los preparativos para el viaje mantienen a los sirvientes del castillo corriendo de un lado a otro durante el día y cayendo exhaustos en sus camas a altas horas de la noche.

Desvelada, Czarina reposa los brazos en la barandilla del balcón de la Torre. Su mirada vuelve una y otra vez a la fortaleza encaramada sobre un peñasco que, congelado y cubierto de nieve, parece un pequeño reino de hielo suspendido en el mar.

Un espeso humo gris se arremolina alrededor de la imponente estructura, haciendo contraste con su negrura y la del cielo. El chisporroteo de las llamas fantasmales, blancas y grisáceas, danzando en los braseros de piedra, sigue una cadencia hipnótica.

Snakora se parece a su señor: distante, misteriosa y antinatural.

Y como él, fue encajada a la fuerza en el reino. Aceptada a regañadientes.

Esa es la mayor diferencia entre Czarina y el Basilisko.

A pesar de que ambos son de la especie que más odian los mortales.

Él consiguió poder en un reino que lo desprecia. Ella sigue mirando el horizonte en busca de respuestas.

Vhagar suelta un bajo aullido.

—¿Deberíamos confiar en él? —pregunta acariciando su preciado colgante de ópalo negro—. Al menos no le contó al rey mi escapada a la Muralla.

Vhagar gira la cabeza en un gesto inequívoco.

—Tienes razón —susurra—. Tú eres el único digno de mi confianza.

La adorable bestia frota su hocico contra su mano.

Volviendo la vista a la fortaleza, Czarina rememora su historia.

Casualmente, Snakora se construyó el mismo año en que ella fue confinada de manera definitiva en la Torre. Cuando tenía casi siete equinoccios.

Y la razón detrás de su creación fue él.

Lord Velkan no había celebrado aún once equinoccios y ya se había convertido en leyenda.

Nacido fuera de Asivva y marcado por un oráculo: el Basilisko. Un híbrido destinado a unificar a todas las razas ofídicas bajo un poderoso clan dominado por una mente colmena.

El mismo día que esa profecía fue expuesta, su padre tuvo que huir con él y pagar el precio de cruzar el Velo de Lúmina. Ni siquiera eso los detuvo.

Cuando un grupo de aeternos atravesó por primera vez la protección del reino para asesinarlo, todo cambió. Los mortales se vieron forzados a abrir los ojos a una terrible verdad: la amenaza no se había extinguido. Por eso se fundó la Guardia del Umbral y se otorgó el título de Guardián del Velo.

Y por eso un pequeño Velkan, destacando entre hombres adultos, fue enviado a entrenarse en una fortaleza remota.

Czarina observa las llamas de Snakora sintiendo una punzada de algo entre respeto y celos. El Basilisko no solo creció; se convirtió en algo que los mortales no pueden controlar.

La fortaleza en la distancia parece observarla también, como si el tiempo y el destino se
alineasen para este momento.

El silencio del balcón, interrumpido solo por el viento gélido que azota la Torre, parece anunciar el inicio de algo inevitable. Un cambio que amenaza con arrastrarla hacia un mundo de intrigas, secretos y poderosos enemigos.

Pero en vez de miedo, Czarina siente anticipación.

El camino de su libertad solo puede construirlo ella.

Una luz anaranjada parpadea en la ventana, un destello fugaz que parece despedirla, antes de que desaparezca en las sombras de su lúgubre habitación.

Un puño golpea la mesa con fuerza.

—¡Esos malditos bastardos no me han dejado otra opción! —exclama el rey.

Sentados frente a él en el estudio, la reina y Groet comparten una mirada.

—No podéis dejarla salir de esa Torre —declara llanamente la reina—. No podéis permitir que descubran lo que nos hemos esforzado tanto en ocultar.

—¡¿Y QUÉ DEMONIOS PRETENDEIS QUE HAGA?! —ruge tirando todo lo que está en su escritorio.

Sin sobresaltarse por los cada vez más comunes estallidos de su marido, Rasha responde:

—Querido, seguro que se nos ocurre algo.

—¡Ya lo he intentado todo! —el rey se deja caer en la silla, vencido de pronto, y suelta el aire con un desánimo casi infantil—. Simplemente no les importa. Este año no cederán. Han realizado la votación y eso significa que no puedo negarme, no sin provocar una rebelión en las Cortes.

—Sois el rey, vuestra voluntad...

—Otros eran reyes y, sin embargo, una rebelión acabó con ellos —la interrumpe Fenion, agotado—. Subestimas el poder del pueblo a pesar de lo mucho que os ha beneficiado.

El silencio se apodera del estudio donde solo resuena el tic-tac del reloj.

—No tenemos otra opción —sentencia el rey—. Czarina irá al Feridae y conocerá a los Lores.

—Estoy segura de que si me dejas hablar con ellos, podría convencerlos de alguna manera.

El rey suelta una carcajada sin pizca de humor.

—¿Les ofreceréis vuestros favores, mi reina? ¿A cuál? No me digáis que, como otras mujeres del reino, tenéis ese tipo de fantasías perversas con el Basilisko.

Los labios de Rasha se curvan en una mueca de asco antes de presionarlo:

—Debemos...

—No hay manera —la corta de nuevo Fenion, su expresión oscureciéndose aún más—. No con el problema del Velo agravándose cada día —suelta un resoplido—. La ven como nuestra última esperanza. ¡Insensatos!

La reina lo mira alarmada.

—¿Y qué pasará?

El rey le dirige con su único ojo una mirada cargada de sarcasmo.

—¿Debo sacar una bola de cristal y haceros una predicción, querida mía?

—¿Dejaréis que los Lores descubran la verdad? —pregunta la reina ignorando su burla—. ¿Les contaréis lo que ocurrió el día que tomasteis la decisión de encerrarla permanentemente?

Groet se rasca ruidosamente la cabeza, queriendo pero sin saber cómo intervenir.

—No sé —suspira Fenion—. Primero quiero hablar con Ransom y Winslow.

Rasha suelta una carcajada incrédula.




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