Eklipso: La maldición de las Siete Lunas

Luna del Abismo

🌔

Cuarta semana del Equinoccio

Tres días de viaje.

Tres incómodos, fríos y humillantes días.

Su paciencia puesta a prueba hasta el extremo.

Feroces aullidos resuenan en la profunda oscuridad, apenas rota por las antorchas del camino nevado.

Hasta que la senda se termina.

El Puente de Asterión se alza como un coloso de piedra blanca sobre un abismo que parece listo para tragarse a cualquiera lo suficientemente tonto como para cruzarlo.

La comitiva avanza en un murmullo contenido: carruajes y carretas alineados como piezas de un ritual, el ejército del rey escoltando a cada paso de los caballos.

Ni el crujido de la madera ni el roce de los cascos perturban el silencio autoimpuesto. La niebla surge desde el abismo, serpenteando entre los arcos del puente, y por un instante los contornos de la comitiva se disuelven: hombres y caballos, carruajes y estandartes envueltos en sombras que avanzan al unísono.

La prisión rodante en la que viaja se tambalea precariamente sobre las ligeras ruedas al cruzar la piedra pulida, provocando los rebuznos del cansado animal que la empuja.

Y mucho más atrás, una sombra silenciosa se mueve entre la bruma, siguiendo cada empuje del carro, invisible pero innegablemente presente.

Czarina casi no puede creerlo cuando finalmente aparece ante sus ojos.

Lo llaman luna, aunque es un óvalo.

Un óvalo que, en lugar de roca, polvo y cráteres, está hecho de esencia vital.

Su resplandor rojo parece cortar el cielo extendiéndose en líneas imperfectas como una aurora.

A pesar de que lo ha observado cada día desde el balcón de la Torre, es mucho más impresionante estar debajo de su brillo.

Distraída por el hermoso cielo, no se da cuenta de que han entrado en la ciudad hasta que el rey desliza la cortina trasera del carruaje con un chirrido y sonríe con maldad.

La gente emocionada por el nuevo Feridae ha dejado sus casas para reunirse en las calles y vitorear a la Comitiva Real.

El Feridae es la época del año en la que el rey es adorado.

Sus bruscos cambios de humor, sus estallidos y hasta su impredecible crueldad son olvidados a cambio del recuerdo de sus heroicidades.

—¡Ya viene el rey! —grita una voz.

—¡Qué viva el rey Fenion! —vitorean muchas voces en respuesta.

Un murmullo de asombro y expectación recorre la multitud en cuanto el carruaje Real entra en escena. La reina y el rey apartan las cortinas y saludan a su pueblo, recibiendo su afecto con una regia inclinación.

Entonces, las miradas incrédulas se posan en la jaula y después en el burro.

El silencio se impone durante lo que parece un instante eterno.

Hasta que unas ligeras risitas se convierten en grandes carcajadas.

—¡Ahí viene la Princesa de lo Extinto! —grita una voz aguda, esta vez como una burla.

La multitud estalla en una especie de coro que oscila entre la risa y el desdén.

Algunos golpean con la mano los barrotes de la jaula cuando pasa cerca de ellos; otros se apartan con una mueca de repulsión, o le hacen gestos ofensivos.

Oculta por su capucha, Czarina soporta su desprecio en silencio. Plenamente consciente de las tres miradas que, clavadas en ella, evalúan cada mínimo movimiento.

Abusar de otros, especialmente de los que nacen en un nivel elevado pero han caído, es un comportamiento típico de ellos.

El corazón de los mortales es un nido de podredumbre.

No puede esperar compasión de esos seres.

—¡Princesa de lo Extinto!, ¡Princesa de lo Extinto!

El coro de humillantes gritos la acompaña hasta que abandonan la ciudad, siguiendo el sendero que lleva al castillo.

Lo que antiguamente era conocido como el Reino de Nidhogg, ahora es la Corte Dione.

Quien lidera la Corte es Lord Ransom Gastrell. Amigo de la infancia de Fenion, quien luchó a su lado con fiereza en la guerra para liberar Asivva de la tiranía de los Wyvern.

Bajo un cielo oscuro veteado de rojo, las puertas del Palacio de cobre bruñido en las que ondean los estandartes rojos con símbolo de llamas que fulguran enredándose entre sí, se abren para recibir a la comitiva Real.

A través de los barrotes, Czarina observa al rey y la reina saludar tensamente a Lord Ransom. A pesar de ser solo un año menor que el rey, parece mucho más joven que él. Su cabello marrón canoso en un corte elegante, su barba pulcramente rasurada y su túnica prístina completan su porte. Su esposa, Lady Delia, con su larga melena pelirroja en un intrincado recogido cubierto por un velo de seda adornado por rubíes, sonríe con frialdad a su lado.

Y detrás de ellos, sus hijos mellizos: Helas y Dianthe, pelirrojos igual que su madre.

El rojo de la Corte destaca no solo en el cielo, sino en el pelo y los atuendos de la familia Gastrell, que, siguiendo la regla de Asivva, visten de elegante granate.

—Bienvenidos a la Corte Dione —saluda Helas cuando llega su turno con una sonrisa que se hiela en cuanto su mirada choca con la jaula de Czarina.

El horror grabado en las caras de sus hijos llama la atención de Ransom, que, al seguir la dirección de sus miradas, frunce el ceño.

—¡¿Has perdido el juicio?! ¡¿Cómo se te ocurre traerla así?!

Fenion no se inmuta ante la indignación de su viejo amigo.

—Es mi prisionera. Puedo hacer con ella lo que me plazca. ¿O te pondrás en mi contra también por esta?

La pulla da en el blanco. Lord Ransom aprieta con rabia la mandíbula a la vez que Lady Delia agarra el brazo de su hijo para contenerlo.

—Es decisión del rey lo que hace con sus prisioneros —pronuncia con tono altivo.

A pesar de la insistencia de su madre, Helas no puede apartar la vista de la jaula.

—Pero, madre...

—Silencio —lo corta, con una mirada de advertencia.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.